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La película de la semana

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INVASION OF THE BODY SNATCHERS ( DON SIEGEL, 1956)

La invasión de los ladrones de cuerpos” es una película americana de serie B de Ciencia-ficción y de terror.

Narra una invasión extraterrestre en la que esporas provenientes del espacio exterior dan origen a vainas, de las que surgen copias idénticas de seres humanos. La intención de estos extraterrestres es reemplazar a toda la raza humana por copias carentes de cualquier tipo de sentimiento.

Con una tensión creciente, se descubre que los habitantes del pequeño pueblo de Santa Mira están siendo sustituidos por réplicas que nacen en unas misteriosas vainas, sin procedencia verificable; una invasión implacable e invisible.

Se debe tener en cuenta que está rodada en plena Guerra Fría. En esta época muchas de las películas de invasiones extraterrestres eran, en realidad, propaganda anticomunista: los invasores provenían de Marte, el planeta rojo, carecían de individualidad y golpeaban a los Estados Unidos con una manifiesta maldad.

Posteriormente se hicieron tres versiones más de esta película.

TRAILER DE LA PELÍCULA: https://www.youtube.com/watch?v=x3cZJ3iURzk

DONALD «DON» SIEGEL (1912-1991)

Fue un montadordirector y productor estadounidense. Destacado por su colaboración con el actor  Clint Eastwood.

Su filmografía es muy extensa y entre sus películas, las más conocidas son “El seductor “ (1970), “Harry el sucio” (1971) y la “Fuga de Alcatraz” (1979).

Profesora: Elena Galay.

 

ÁGORA (ALEJANDRO AMENÁBAR, 2009)

“Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar” (Hipatia de Alejandría)

Siglo IV. Egipto está bajo el Imperio Romano. Las violentas revueltas religiosas en las calles de Alejandría alcanzan a su legendaria Biblioteca. Atrapada tras sus muros, la brillante astrónoma Hipatia lucha por salvar la sabiduría del Mundo Antiguo con la ayuda de sus discípulos. Entre ellos, los dos hombres que se disputan su corazón: Orestes y el joven esclavo Davo, que se debate entre el amor que le profesa en secreto y la libertad que podría alcanzar uniéndose al imparable ascenso de los cristianos.

Alejandro Amenábar, un ateo confeso.

El famoso director de “Tesis”, ópera prima, le puso ese nombre porque nuestro mundo es una plaza, traducción griega del título de la película, donde todos pueden debatir sin usar la violencia.  Realmente Hipatia no murió a la edad tan bella y deseada de la actriz Rachel Weisz. Fue pagana y neoplatónica hasta los sesenta años que fue asesinada por una turba descontrolada a favor de la facción política liderada por el obispo Cirilo. Hipatia se había puesto del lado de un nuevo gobernador que llegó a Alejandría, Orestes, provocando la animadversión de los seguidores de Cirilo, los cristianos. Por tanto, y así lo confirmó Amenábar, no se trató realmente de un crimen por motivos religiosos, sino por motivos políticos. Incluso el director utilizó la fuente del físico Carl Sagan cuando la astrónoma fue atacada con conchas de moluscos, cuando históricamente fue perseguida y asesinada con cascotes de tejas de construcción. Con esto el director quiso reforzar la idea del dogma contra la ciencia, la fe contra la razón.

Profesor: Javier Alcutén (Departamento de Latín)

 

LOS PÁJAROS (ALFRED HITCHCOCK, 1963)

Alfred Hitchcock es uno de los cineastas más importantes de todos los tiempos. Su nombre va ligado a títulos tremendamente populares, por todos conocidos, en los que destaca un sofisticado uso del suspense (lo que le valió el título de maestro del género). Además, Hitchcock, preocupado por una narrativa que atrapara al espectador desde el comienzo y no lo soltara hasta el final, lo estaba también por el alarde técnico; y muchos de sus títulos más recordados hicieron avanzar al cine en diferentes aspectos: montaje, planificación, efectos especiales…

La sombra de una duda, La soga, Psicosis, Con la muerte en los talones, Vértigo o Frenesí son, por derecho propio, clásicos del cine a los que podríamos unir Rebeca, Recuerda, Crimen perfecto, Encadenados o Marnie la ladrona. Leyendo el interesante libro, que desde aquí os recomendamos, El cine según Hitchcock, consistente en una extensa entrevista que el cineasta François Truffaut realizó al genio inglés (Hitchcock fue nacido en Leytonstone, Londres, desarrollando su carrera en Inglaterra, antes de transformare en el cineasta más prestigioso e importante de Hollywood), se tiene la sensación de que la grandeza de sus películas se debe a la tremenda ambición y afán de superación y perfeccionismo que tenía este creador, tremendamente crítico y analítico para con su propia obra y con un profundo respeto hacia ese público que solía llenar las salas para disfrutar de las fascinantes y sorprendentes historias que contaba el artífice de El hombre que sabía demasiado.

De su extensa filmografía, La sombra de una duda, Psicosis y Los pájaros (película que hemos seleccionado en esta ocasión) son quizás las películas que él mismo consideraba más perfectas (lo que no deja de ser un asombroso ejercicio de modestia dado el nivel de otros títulos como, por ejemplo, Cortina rasgada).

Hitchcock eligió una novela breve escrita por Daphne du Maurier en 1952 para crear una de las películas más influyentes de la Historia del Cine: Los pájaros. La primera genialidad de Los pájaros radica en su ambigüedad genérica, en ese tono propio de una amable comedia romántica que, repentinamente, derivará hacia los terrenos del cine de terror en su vertiente más catastrofista; si bien los elementos melodramáticos tendrán una constante presencia, perfectamente ensamblada en la trama, a lo largo del metraje. A partir de Hitchcock, esta diversidad genérica de la que hablamos va a ser perfectamente rastreable en creadores tan innovadores como David Lynch (Blue Velvet), Takashi Miike (Audition) o, más recientemente, Christopher Nolan (Dunquerke), pero en una película como Los pájaros, estrenada a finales de la década de los 60, la mezcolanza de tono resultaba tremendamente rompedora.

Técnicamente, Los pájaros también marcó un antes y un después. La idea de una apacible población que, repentinamente, padece el masivo ataque de bandadas de pájaros asesinos, ocasionando desastres de tamaña espectacularidad (recuérdese, a manera de ejemplo, la famosa escena en la que estalla la gasolinera) está sustentada en una serie de efectos especiales (maquetas, sofisticados muñecos, transparencias…) que adelantaron la concepción del cine moderno, que algunos cifran en la obra de George Lucas y Steven Spielberg (de hecho, Tiburón fue una película tremendamente influida por este gran clásico del cine de Hitchcock).  Además, la conjunción del uso de tomas largas (Hitchcock fue un innovador respecto al uso del plano secuencia, tal y como dejó claro en títulos clave como La soga, Encadenados o Psicosis) y frenético montaje, necesaria para lograr la espectacularidad de sus escenas, que contribuyen de decisiva manera a hacer de este título una película perfectamente disfrutable hoy por hoy, por un uso de la narrativa audiovisual y una concepción de la puesta en escena decididamente actual.

La violencia explícita (manifiesta en los ataques de las aves) y el tan manido “gore” (recuérdese el plano detalle del cadáver sin ojos al fondo del pasillo) , también están presentes en la película, siendo un elemento arriesgado en aquel entonces, pues el cine destinado al gran público estaba todavía lejos de parámetros que comenzaban a ser explorados por películas de bajo presupuesto, procedentes del cine más independiente, como La noche de los muertos vivientes (del mismo año de producción que la película de Hitchcock).

Además de todo lo dicho, Los pájaros planteó un novedoso uso del sonido, optando por la ausencia total de música orquestal (el habitual Bernard Hermann descansó en esta ocasión). El diseño y la edición de sonido se centró, sobre todo, en la recreación del canto de los pájaros, que en algunos momentos llega a encrespar al espectador, contribuyendo a la creación de una atmósfera de angustia y tensión extrema.

Hitchcock fue también genial a la hora de concebir su propuesta sin entrar a dar explicaciones racionales, respetando así una de las reglas de oro del cine fantástico más actual, y logrando con ello uno de los clímax finales más perturbadores de todos los tiempos, con un último plano mítico, que cierra con broche de oro una de esas películas que nadie debería perderse y que, desde aquí, os proponemos para este fin de semana.

Profesor: Alberto Jiménez. (Departamento de Lengua Española y Literatura)

 

CARTA DE UNA DESCONOCIDA (MAX OPHÜLS, 1948)

Un desfile de negros carruajes bajo una lluvia espectral abre este prodigio narrativo, orquestado por Max Ophüls, que adapta una novela de Stephan Zweig. La cámara de Ophüls (siempre movida con la elegancia de un vals vienés) se inmiscuye en el interior de una lujosa casa en la que un apuesto personaje (Louis Jourdan en el papel del pianista Stephan Brand, uno de los mejores trabajos de su carrera) va a comenzar a leer una sentida misiva que da título a una de las historias de amor más hermosas jamás plasmadas en la gran pantalla.

La belleza de Carta de una desconocida no reside en un juego convencional de pulsiones satisfechas; al contrario, la adaptación que Ophüls hizo de la  novela de Zweig destila esa hermosura conmovedora que se desprende de la derrota y del fracaso: ilusiones frustradas, ansias truncadas, alegrías insatisfechas animan el melancólico blanco y negro de unos impecables 86 minutos de metraje.

Pocas veces el cine ha retratado tan bien el misterio del amor. Nunca una película ha reflejado de manera tan acertada el mundo de las pasiones ocultas, los sentires que no manifestamos (prodigiosa esa Joan Fontaine, encarnando el personaje de Lisa, que vive en secreto su tormento emocional), porque, ante todo, Carta de una desconocida es una película de silencios, acorde con su estética clásica, de contenida discreción. Ophüls expone lo terrible desde esa elegancia que siempre otorga el dominio de lo clásico, conduciendo al espectador (atrapado, sin poder desviar el interés ni un ápice) hasta uno de los finales más desoladoramente hermosos de la Historia del Cine (de nuevo los carruajes negros, otorgando a la película una cierta estructura circular, de historia que se repite, eterno retorno de lo inefable, “deja vu”).

Max Ophüls, cineasta de origen alemán que desarrolló su carrera entre su país de origen, Francia (país al que se exilió tras el ascenso del nazismo al poder) y Estados Unidos (Carta de una desconocida es una producción norteamericana), empezó su carrera en el mundo del teatro (fue actor); de ahí el mimo y la importancia que siempre otorgó a los personajes de sus películas. Sin embargo, consciente de las diferencias existentes entre cine y teatro, Ophüls siempre estuvo preocupado por lograr un estilo propio, una estética personal, perfectamente reconocible en Carta de una desconocida, configurada por  tomas largas, uso de los planos con grúa y cuidado tanto en la puesta en escena (bellísima en la película que aquí estamos tratando) como en la utilización de la banda sonora (de hecho, para enfatizar dicho aspecto, Ophüls transformó en pianista al escritor de la novela original de Zweig).

Su filmografía cuenta con películas como La tierna enemiga (1936), La conquista del reino (1947), Almas desnudas (1949) o La ronda (1950), otro de sus trabajos más recordados, con el que obtuvo el premio BAFTA a la mejor dirección, siendo Lola Montes (1955) su última película.

Así las cosas, Max Ophüls es uno de esos nombres propios del cine que demuestran con su quehacer que arte e industria, en ocasiones, se unen y obran el prodigio, pues, gracias a una envidiable capacidad para la narración (como ya hemos dicho, Carta de una mujer es un ejemplo impagable de progresión narrativa) gracias a técnicas cinematográficas innovadoras para su época (de ahí que se haya llegado a comparar con Orson Welles) logró transmitir y crear una serie de sensaciones y emociones humanas, profundamente humanas.

Profesor: Alberto Jiménez. (Departamento de Lengua Española y Literatura)

 

AMANECER. (FRIEDRICH WILHELM MURNAU, 1927)

En sus orígenes, el cine era un arte silente. La incorporación del sonido (que va a dotarlo de la actual naturaleza audiovisual) resulta posterior, siendo El cantor de jazz, producción de la Warner estrenada el 6 de octubre del año 1927, la primera película considerada sonora, dado que incluía sonido grabado en directo: las canciones interpretadas por Al Jolson, el protagonista de la película. Tan solo un mes antes era estrenada Amanecer, película dirigida por el alemán Friedrich Wilhelm Murnau que incluía un sistema de sonido denominado Movietone que aportaba música y efectos generados en postproducción. Así las cosas, Amanecer es un estimable ejemplo de los intentos de avance que el cine, desde sus orígenes, siempre ha llevado a cabo; un clásico en blanco y negro (el color sería otro de esos avances) que nos habla de la transición hacia los nuevos cauces de expresión que el cine conoció en la siempre interesante y reveladora década de los 20.

Podemos dividir el cine de Murnau en dos etapas. La primera, ligada a su Europa natal, donde va a dirigir películas de incuestionable calidad como Nosferatu, El último o Fausto, demostrando su talento para la narración cinematográfica (tengamos en cuenta que el cine era un arte joven, en busca de normas y convenciones capaces tanto de emocionar como de hacer avanzar la historia) y para la creación de ambientes.

La segunda etapa, ligada a Estados Unidos, a la incipiente industria del cine norteamericano, en la que va a dirigir cuatro interesantes películas (cerrando su carrera con la ambiciosa y espléndida Tabú) de las que la elegida en esta ocasión, Amanecer, es la primera de ellas (con la que, por cierto, consiguió el reconocimiento que siempre otorga el Oscar).

Técnicamente, Amanecer es un prodigio: tengamos en cuenta que, en su época de producción, el uso de maquetas, los trucos de montaje, la iluminación y los movimientos de cámara (la película cuenta con algunos de los travellings más bonitos de la Historia del Cine) eran riesgos artísticos que el genio alemán supo manejar y solventar estupendamente, creando, sobre todo en sus primeros e inolvidables minutos de metraje, una de las atmósferas más inquietantes, hermosas y perturbadoras de su filmografía (Romanticismo traducido en imágenes, con esa imponente luna como telón de fondo de una aventura erótica que parece inversión del lorquista Romance de la casada infiel).

Amanecer arranca recordándonos el cine de ese Murnau tenebrista, gracias al tratamiento que hace tanto del tema de la mujer fatal como del tema del doble, pero, poco a poco, la película adquiere el tono festivo, divertido, entrañable, de las comedias románticas de Hollywood, para concluir con un retorno a la gris desesperación de la que, finalmente, volveremos a salir con uno de los “happy ends” más bonitos de la Historia del Cine, dando sentido al título de la película: ese amanecer que disipa las sombras. Así las cosas, Amanecer está concebida como un viaje de ida y vuelta hacia el horror, pudiéndose interpretar como una reflexión acerca de la vida: ese don que disfrutamos a lo largo de un camino bordeado por abismos. La sombra que siempre acecha, tal que esa hermosa mujer, seductora pero vestida de negro, que parece abandonar, en la parte final del metraje (¡qué bonito plano, por cierto!), poco antes del rayo de luz, sus propósitos frustrados, buscando ya nuevos fines.

Amanecer es como la vida. Tragicómica. Una hora y cuarenta y cinco minutos de sonrisas y lágrimas, de luz y oscuridad. Murnau “made in Hollywood”.

Profesor: Alberto Jiménez. Departamento de Lengua Española y Literatura.

 

EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE. (JOHN FORD, 1962)

Iniciamos este apartado de nuestra página web dedicado al cine otorgando el honor de inaugurar la sección al, por muchos, considerado mejor director de todos los tiempos: John Ford.

“La diligencia”, “El hombre tranquilo” (película que en España también se estrenó y se conoce como “La taberna del Irlandés”), “¡Qué verde era mi valle!” o “Centauros del desierto” se encuentran entre algunos de los más célebres trabajos de este gran artista nacido en una granja de Cape Elizabeth (Maine) y que tenía la discreción como principio estético.

    

En efecto, John Ford pertenece a esa cada vez más singular estirpe de cineastas que no utilizan la cámara para llamar la atención sino que entienden el encuadre como un vehículo perfecto para llevar a cabo un ejercicio de contemplación de la acción, de donde se desprende una emotiva naturalidad. Así las cosas, su cine sabe a pedazo sincero de vida, la pantalla cinematográfica desaparece, se transforma en una ventana a través de la cual nos asomamos para ser testigos mudos de lo que acaece. La mirada de John Ford es la de un enamorado de lo cotidiano, con sus alegrías y sinsabores, sin necesidad de adornos innecesarios. Mímesis en movimiento, ya sea en color o en blanco y negro.

  

Él mismo, en obvio ejercicio de modestia, se reconocía como un director de películas del oeste; y quizás en este ejercicio de humildad radique la clave de su fascinación por lo inmediato, por esa paisajística norteamericana que supo plasmar en una larga catarata de títulos. “Fort Apache”, “Río Grande”, “El gran combate”, “Las uvas de la ira”, “Mogambo” son algunas de sus muchas creaciones, pero, por la originalidad de su propuesta y por la sencillez con la que mezcla los géneros, elegimos la estupenda “El hombre que mató a Liberty Valance” como recomendación cinematográfica para esta semana.

Si algo sorprende en este clásico de Ford es su naturaleza impredecible, al ser una película del oeste que se transforma en película de suspense; un “western” que es todo un policiaco o, lo que es lo mismo, aunque al revés, cine negro viajando al oeste (mezcla curiosa que, quizás, tuviera presente Ridley Scott al combinar el “noir” y la Ciencia Ficción en otra película mítica, “Blade Runner”).

Pero, claro, esta inusual combinación tiene su lógica de ser, pues el universo cinematográfico de Ford, al retratar la vida, escapa de los límites de los géneros. Así las cosas, la mezcla no sólo se antoja posible sino que se antoja necesaria, disfrutando de la misma como siempre se hace de una historia bien planteada y bien contada, con sus dosis de claros y de oscuros, con su mezcla de humor y de tragedia: es decir, fórmula perfecta, como esa vida que siempre retrata Ford, con un James Stewart y un John Wayne impecables en sus estelares papeles (Stewart y Wayne, quienes aparecen en la siguiente fotografía, fueron dos grandes actores, con unos caracteres muy marcados, ideales para los roles que en esta película desempeñaron).

Ya sabéis que no es de recibo desvelar la trama y las sorpresas de una película (hoy en día se utiliza una palabra horrenda, “spoiler”) y, obviamente, no lo vamos a hacer aquí. Nos limitaremos a decir que en “El hombre que mató a Liberty Valance” os vais a encontrar un crimen, un misterio, un pueblo que encierra secretos y, sobre todo, un elaborado juego de espejos y perspectivas en el que, como años después ocurriera en “Twin Peaks” (la fantástica serie de David Lynch) las cosas no son lo que parecen.

“El hombre que mató a Liberty Balance”. Gran clásico de Ford, obra maestra del maestro, película diferente, original, inigualable, para disfrutar a solas o en compañía, para comenzar a asomarnos (en caso de no haberlo hecho ya) al universo de Ford, de la mano de Stewart y Wayne, con una fotografía y una partitura maravillosas que otorgan un envoltorio de oro a este emocionante canto a la hermosura de la cotidiano.

Profesor: Alberto Jiménez. Departamento de Lengua Española y Literatura.   

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