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La película de la semana

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Blog del AMPA

Blinded by the light (Gurinder Chadha, 2019)

Blinded by the light nos cuenta una historia real basada en la vida de Sarfraz Manzoor, un joven de 16 años, nacido en Inglaterra, pero de familia pakistaní.

Javed es el personaje de la película en el que se basa su historia. Su familia es muy estricta respecto a sus costumbres y para Javed es complicado encontrar el equilibrio entre su familia y la vida fuera de su comunidad.

Esta película nos cuenta los conflictos que surgen en la adolescencia, la relación entre padres e hijos durante estos años. Aunque aquí nos muestra la comunidad pakistaní en Inglaterra, estos conflictos son comunes en todas las culturas, por lo que todos nos podemos sentir identificados. El protagonista lucha por encontrar su propio camino, poder mantener las costumbres de su familia, pero también integrarse en la Inglaterra de los años 80.

Javed vive en Luton, una ciudad cerca de Londres, donde nunca ocurre nada. La vida de Javed transcurre entre el instituto, donde sufre acoso y no está integrado, y trabajos precarios para ayudar a su familia en una época de gran crisis económica en la Inglaterra de Thatcher. También nos muestra los problemas de racismo y xenofobia que surgieron en Inglaterra y que continúan hoy en día.

Pero todo cambia cuando descubre a Bruce Springsteen. De repente todo tiene sentido, se siente identificado con sus letras, llenas de carga social y humana. Le ayudan a resolver los conflictos que por los que está pasando. Encuentra la fuerza para mostrarse al exterior como realmente se siente. Conoce a una chica, cambia su forma de vestir y es capaz de enfrentarse a su familia para poder lograr lo que quiere ser en el futuro.

Sin ser un musical, la música está presente durante toda la película, integrándose en los sucesos que va viviendo nuestro protagonista. Es una película entretenida, para pasar un buen rato e indispensable para los fans de Bruce Springsteen.

Selección y reseña: Beatriz Mínguez (Departamento de Matemáticas)

Yesterday (Danny Boyle, 2019)

¿Qué sería del mundo si nadie se acordara de los Beatles? Un apagón eléctrico a nivel global provoca que las canciones del probablemente más famoso grupo del mundo desaparezcan de la memoria de todos los habitantes del planeta, con la excepción del protagonista, Jack, un músico que no ha conseguido alcanzar el éxito y que se arrastra por festivales sin mucha fortuna, apoyado por su eterna fan y amiga Ellie.

A punto de abandonar su carrera musical, hacer suyas estas canciones podría ser la única oportunidad de triunfar pero… ¿habrá alguien más que las recuerde?

Himesh Patel, conocido sobre todo por su papel en la serie británica East Enders y Lily James, a la que ya vimos en La Cenicienta (2015), son la pareja protagonista de esta historia que comienza en una pequeña localidad de Inglaterra, y que nos plantea cómo ser felices persiguiendo nuestros sueños o incluso dejando de perseguirlos.

En Yesterday, todos los que conocemos al cuarteto de Liverpool podremos disfrutar de nuevo de sus canciones, y aquellos que, como los habitantes de este mundo alternativo, nunca los han escuchado, no se podrán resistir ante la melancolía de Yesterday, o el ritmo de Help!, demostrando que las buenas melodías atrapan desde la primera nota, incluso a Ed Sheeran, que realiza un cameo.

Danny Boyle, director de la premiada Slumdog Millionaire (2008), nos deleita con esta comedia que se aleja de la oscuridad de buena parte de sus anteriores films, creando una película sencilla, divertida, emotiva y bienintencionada, que nos hace salir del cine con una sonrisa y que, sin duda, podrá iluminar una lluviosa tarde del otoño que ya está aquí.

Selección y reseña: Patricia Chavarrías (Departamento de Lengua Española y Literatura)

Michael Colins (Neil Jordan, 1996)

 

La película de esta semana se centra en un largometraje ambientado en el siglo XX(cumpliéndose un siglo del proceso que narra). Se trata concretamente de la película Michael Collins, dirigida por el irlandés Neil Jordan en 1996.

Irlanda ha sido llevada al cine en innumerables ocasiones  por diferentes autores, uno de ellos sería Robert Flaherty con su magistral Hombres de Aran (1934), aunque en seguida nos encontraríamos con John Ford en El delator (1935) o Luces de rebeldía(1959) de Michael Anderson, sobre el tema de la lucha por la independencia irlandesa o El hombre tranquilo (1952) en un tono relajado y de un humorismo costumbrista como décadas después nos encontramos en Café irlandés (1993) o La camioneta (1996).  

Siguiendo con el costumbrismo podemos seguir desde el punto de vista de la Irlanda rural con El Prado (1990), Un viaje desde el corazón (1998), Escapada al sur (1991), El baile de agosto (1998) u Ondine (2009) (conectando estas tres últimas con el mundo mítico y mágico tan presente  en  la “isla esmeralda”) hasta llegar a la Irlanda urbana con Dublín (o en ocasiones Belfast) como telón de fondo; algunos ejemplos en este sentido serían el musical The commitments (1991), Desayuno en Plutón (2005) o Once(2009), relacionadas las tres con el mundo de la música (aspecto sin el que no se entenderían bien  la cultura y el carácter de esta isla).

La Irlanda de mediados del siglo XX aparecería muy bien retratada en ejemplos como Círculo de amigos (1994), Las hermanas de la Magdalena (2002) o Los chicos de San Judas (2003).  Las dos últimas analizarían algunos de los episodios más oscuros de la Iglesia Católica en la sociedad irlandesa.

Mención aparte  merece una obra maestra, ambientada en el siglo XVIII, que desarrolla parte de su trama en Irlanda, no es otra que la magnífica Barry Lyndon dirigida en 1975 por el genial Stanley Kubrick.

Volviendo de nuevo a largometrajes relacionados con la independencia de Irlanda y su conflicto con el Reino Unido, citaré una serie de  ejemplos significativos como Cal (1984),  Requiem por los que van a morir (1987), Agenda oculta (1990), Juego de lágrimas (1992), En el nombre del padre  (1994),  En el nombre del hijo (1996),  The boxer (1997), Domingo sangriento (2002), Omagh (2004) o 71 (2015).

Finalmente la emblemática La hija de Ryan (1970) de David Lean o El viento que agita la cebada (2006), de Ken Loach, nos llevarían de nuevo al conflicto de los años de la independencia que retrata Michael Collins.

 

Irlanda (y su proceso de independencia) es en este caso el tema que nos ocupa.

Para entender mejor el origen de dicho conflicto, su desarrollo y el proceso de independencia posterior,  deberíamos quizá hacer un viaje en el tiempo a aquella isla que no controlaron los romanos, seguir por  la Irlanda de los “cinco reinos” en los albores de la Edad Media que floreció culturalmente con sus monasterios,  vivió  invasiones y asentamientos vikingos,  pasando por las distintas invasiones anglonormandas e inglesas del siglo XII al XVII  que culminaron en el saqueo y represión de la época de Cromwell (hacia 1650). A continuación se sucedería la anexión y explotación de los siglos XVIII y XIX por parte del Imperio Británico, dejando a su suerte a la desdichada Irlanda  durante “la Gran Hambruna” de 1845-1849.

Ejemplos como el de Wolf  Tone a finales del siglo XVIII o Daniel O´Connell  y Charles Stewart Parnell en el siglo XIX, pondrían los cimientos de la futura independencia del siglo siguiente con el Levantamiento de Pascua de abril de 1916, que desembocaría tres años después en el inicio de la rebelión que se desarrolló el 21 de enero de 1921 al 11 de julio de 1921 y que tras una guerra civil posterior de casi un año, consiguió finalmente convertir a la “isla esmeralda” en  una  República Independiente.  

Es en este contexto donde nos encontramos con la figura de Michael Collins (1890–1922), revolucionario irlandés, soldado y político, figura líder en la lucha irlandesa de principios del siglo XX por la independencia y finalmente Presidente del Gobierno Provisional del Estado Libre de Irlanda desde enero de 1922 hasta su asesinato en agosto de ese mismo año.

El film fue apreciado por los críticos en cuanto a su forma narrativa y estructura, aunque fue bastante cuestionado por los historiadores debido a algunos errores e imprecisiones históricas, sobre todo en lo relativo a las relaciones sentimentales del protagonista  con  Katty Kiernan (interpretada en la presente película por Julia Roberts).

La Historia y su plasmación en el largometraje, han sido relacionados de manera muy interesante en un artículo del profesor  y  escritor Ramón Luque. Citando sus palabras:  “Todo esto se encuentra latente  en el film de Jordan, aunque quizás sea la  propia figura de Collins, un “modernizador” de la lucha nacionalista, la que mejor representa los nuevos tiempos que corrían para la causa irlandesa en la época en la que transcurre este filmAl lado de la trama política,  se desarrolla la  historia “sentimental”, protagonizada por el triángulo que forman Collins, su compañero Harry Bolland y Kitty Kierman, amiga de ambos y prometida de Collins.”

Siguiendo con los planteamientos de Luque  y pasando a aspectos puramente cinematográficos,  Jordan intenta camuflar con sendos homenajes a Jules et Jim  y El padrino… Efectivamente, mediante esa visión “moderna” del amor, Jordan se acerca a Truffaut, y con ciertos montajes paralelos que alternan romance y violencia, el director irlandés homenajea a Coppola.

Para acabar, reseñar la ficha cinematográfica citando por supuesto a su director NeilJordan (Sligo, Irlanda, 1950) autor de obras ya señaladas como Juego de lágrimas, Desayuno en Plutón u Ondine, y autor también de En compañía de lobos, Nunca fuimos ángeles, Entrevista con el vampiro, El fin del romance o la más reciente La viuda.

En cuanto al reparto, intérpretes de primera fila como Liam Neeson o Julia Roberts, al lado de punteros actores irlandeses como Stephen Rea (habitual en los castings de Jordan), Aidan Quinn o el británico (aunque de raíces irlandesas) Ian Hart, además de “secundarios” de primer nivel.

El equipo técnico completa magistralmente este largometraje fundamental dentro del género que nos ocupa.

Selección y reseña: Pedro Vizcaíno (Departamento de Geografía e Historia)

La historia interminable (Wolfgang Petersen, 1984)

Si en nuestra sección literaria (El Libro de la Semana) te he recomendado la excelente novela de Michael Ende, aquí voy a hacer lo propio con la adaptación cinematográfica que durante la década de los 80 dirigió Wolfgang Petersen, de homónimo título: La historia interminable.

Debes tener en cuenta que hace más de treinta años los efectos especiales digitales no tenían la presencia protagónica que ostentan en el cine actual, por lo que el cine de fantasía, ambientado en mundos exóticos y rico en personajes extraordinarios, necesitaba de elaborados decorados y sofisticados efectos especiales de maquillaje. La historia interminable, que no hace muchos años volvió a reestrenarse en pantallas grandes (demostrando lo bien que había resistido al paso de los años), fue uno de los grandes éxitos de aquella década; un tremendo espectáculo que, abalado por la calidad del original literario, convocó frente a la pantalla a grandes y pequeños. Aquella historia, en la que un niño que sufría acoso se refugiaba en las páginas de un libro mágico, gustó y emocionó a públicos de distintas edades, formando parte de una serie de películas no menos loables que conformaron algunos de los mejores intentos cinematográficos por acercarse al género de la fantasía heroica y del cuento maravilloso: Legend, Cristal oscuro o Krull fueron otras de las propuestas de aquel entonces.

Llama la atención que, de todas ellas, tan solo la película de Petersen conoció dos continuaciones que, con desigual fortuna, adaptaban pasajes de la novela de Michael Ende que habían quedado fuera de esta primera producción, por cuestiones de complejidad argumental y coste económico (si bien es cierto que, recientemente, la magnífica Cristal oscuro ha conocido una estupenda precuela, en Netflix, en forma de serie). Como ya te he explicado en nuestra sección literaria, la extensa novela de Ende es tan elaborada como ambiciosa, y resultó todo un acierto para el gran público (aunque decepcionó en parte a muchos entusiastas de la novela) la simplificación sufrida.

Como curiosidad, te dejo el enlace al tema musical de la película, todo un clásico de la canción pop, interpretado por Limahl y que, hoy por hoy, ha sido reutilizado, a manera de homenaje, en la tercera temporada de “Stranger Things”.

Selección y reseña: Alberto Jiménez

The perfeccionists (Elizabeth Allen, 2019)

The perfeccionists es una serie de la que, por el momento, tan solo han sacado la primera, y maravillosa, temporada.

Realmente estamos ante la “continuación” de Pretty Little Liars (Pequeñas mentirosas), ya que se cuenta como siguen las vidas de Alison y Mona; si bien deberéis ver la serie para descubrir que más hay en común, es decir, qué personajes aparecen o no respecto de la otra serie.

Personalmente, The perfeccionists me ha gustado muchísimo, puesto que es tan emocionante (o más) que Pequeñas mentirosas, aunque no tan conocida, por lo que, con estas líneas y sin desvelaros nada más, os invito a que la descubráis.

Pensad que el verano es muy largo, y las vacaciones son un momento perfecto para disfrutar de ambas series.

¡Feliz verano!

Selección y reseña: Daniela Castro

Pequeñas mentirosas (Marlene King, Chad Love)

Pequeñas mentirosas es una serie que cuenta la historia de cinco chicas, una de ellas, Alison Dilaurentis, ha desaparecido. Un año después de su misteriosa desaparición, a sus amigas, Aria, Hannah, Spencer y Emily les empiezan a llegar unos mensajes amenazantes de alguien llamado A.

Al principio, creen que es su amiga Alison, pero luego se dan cuenta de que eso es imposible, y ahí empiezan las investigaciones que, poco a poco, irán desvelando el misterio. Pero nada es fácil, todo se irá complicando. Durante su aventura, las amigas vivirán las más tensas experiencias de sus vidas…

¿Queréis saber más? Pues… ¡a ver la serie!

Selección y reseña: Valeria Martínez (2º ESO. Grupo B)

Creepshow (George A. Romero, 1982)

Complementando en esta ocasión nuestra libresca sección (en la que os recomendamos la versión en cómic de esta película) os recomendamos Creepshow, una de las más originales películas del cine fantástico de la década de los 80 y uno de los trabajos más logrados de su director: George A. Romero (a quien en la foto podéis ver, a la izquierda, acompañado de su amigo Stephen King).

Creepshow (versión cine y versión tebeo) parecen alimentarse mutuamente, en tanto en cuanto la película de Romero juega constantemente con el lenguaje de la viñeta gráfica (composición, uso del color…) y la novela gráfica de Bernie Wrightson lo hace con el lenguaje del cine. Ambos trabajos se basan en una serie de breves historias de tipo “pulp” concebidas por el gran escritor Stephen King (otro de los nombres de oro del género, con novelas ya míticas como Carrie, El resplandor o El misterio de Salem’s Lot).

Con Creepshow vais a pasar un buen-mal rato, dada su perfecta mezcla entre humor y terror, por su desenfado, ligereza y envidiable sentido del ritmo. Las cinco historietas que conforman el metraje (envueltas por un prólogo y un epílogo inolvidables) son cinco pequeñas obras maestras del género, pudiendo destacar, a manera de curiosidad, la presencia del propio Stephen King como protagonista en una de ellas.

Destacable resulta también la última de las historietas, por la contundencia de sus “insectívoros” efectos especiales, creados por Tom Savini (otro de los grandes), genio y figura del cine de terror tal y como demuestran sus trabajos en Zombi, Viernes 13: capítulo final (que fue en realidad la cuarta parte de la saga), o El día de los muertos.

En España, si la memoria no me falla, la película se estrenó con un montaje diferente (y con una historia eliminada, casualmente la protagonizada por King). Sin embargo, hoy por hoy, podréis disfrutar de ella en la perfecta edición en DVD o Blu-Ray.

Su éxito ocasionó una segunda (e incluso una tercera, menos conocida) parte, de inferior calidad, y ya no vinculada a los nombres de Romero y King, que, no obstante, tenía en su parte medial un fragmento sumamente recomendable.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

Mad Max (George Miller, 1979)

En 1979 una película australiana de bajo presupuesto se convirtió en uno de los mayores éxitos de la Historia del Cine. Mad Max nos planteaba una trama sencilla, sustentada en la eficacia dramática de la venganza, en la que un joven policía decide vengarse de una desalmada banda de motoristas por una serie de motivos que aquí no desvelaré.

George Miller ambientó su película en los límites de un futuro postapocalíptico, imaginando un mundo al borde de la eclosión, en crisis, ausente de valores, donde la violencia va imponiéndose como principio rector. El poco dinero con el que se contaba para esta producción todavía no permitía el diseño de producción que, posteriormente, y a raíz del éxito mundial de esta primera entrega, lució la saga, cuya última entrega, protagonizada por Tom Hardy y Charlize Theron, llegó a acaparar un buen puñado de Oscars, siendo incluso nominada en las categorías más importantes (película y director) de los codiciados premios de Hollywood.

Pero Mel Gibson (a quien Miller confió el papel en virtud del aspecto desaliñado con el que se presentó al “casting”, tras una relierta) fue el primer Mad Max, comenzando a constituir su meteórica carrera como estrella del cine, ofertando una interpretación impecable gracias a ese aspecto frágil que contrasta profundamente con el despiadado vengador en el que acaba transformándose.

La dirección de Miller es, simplemente, magistral. Su estilo visual, clásico y contenido, hace un uso hermoso y elegante del formato panorámico, donde destacan unos cuidados encuadres que contribuyen a realzar la bonita fotografía. En la mayoría de los momentos (sobre todo en su impecable tramo final) apenas hace falta el diálogo. Pura narración cinematográfica, con sabor a “western”.

Destacables también resultan la edición de la película (su inteligente montaje contribuye a dotarla de un ritmo endiablado, que se antoja puro cómic) y su mítica banda sonora, que acaba cerrando con broche de oro esta obra maestra del cine fantástico.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

Zelig (Woody Allen, 1983)

Leonard Zelig es producto de una infancia violenta y frustrante. Vive en un pisito alquilado con  sus  padres absorbentes y severos. El apartamento está pegado a una cancha de bolos, cuyos usuarios se quejan continuamente de los ruidos de la familia. Leonard se acostumbra desde niño a no protestar nunca, a aceptar los abusos  y a asumir su nimiedad. Acata los castigos indiscriminados siempre que lo encierran en el armario. Cuando sus padres están muy enfadados, todo es peor, llegan a encerrarse con él…

La comedia que presentamos esta semana es una sátira terrible. El personaje, un judío retraído e intrascendente, trata de encajar en la sociedad sumergiéndose en ella, perdiendo su verdadera identidad. El autodesprecio le lleva a diluirse para intentar no destacar, a aniquilarse para no sobresalir, una sátira de este mundo cada vez más totalitario que debería hacernos meditar. Zelig es una película que descoloca, incluso dentro de la filmografía de su director. Una película divertidísima que esconde un profundo mensaje acerca del peligro de renunciar a nuestro verdadero ser, de someternos al poder que impera, de llevarnos dejar por la corriente.

Leonard tiene la extraña facultad de transformarse y tomar la apariencia de quien esté a su lado. Si está al lado de un chino, adquiere al instante rasgos asiáticos; si está justo a un obeso, sus mejillas se hinchan hasta parecerse a su vecino. Así, por momentos, Zelig es negro, indio, griego, mexicano, italiano, republicano, demócrata, irlandés, judío y nazi.

Esa capacidad camaleónica llama la atención de toda la comunidad científica. Así conocerá a la doctora Fletcher (Mia Farrow), de la que se enamora perdidamente, y que trata de poner fin a su rara enfermedad en tronchantes escenas de diván. Paradójicamente, su curación lleva aparejada una maldición. Al ser raro y curioso, pero adaptable –manejable-, deja de tener la notoriedad y simpatía del público y de los advenedizos. Al convertirse en sí mismo, Leonard ya tiene una identidad, y deja de ser interesante. Se convierte en prescindible.

Una comedia hilarante que hace reflexionar sobre la trayectoria vital de un hombre. ¿Debemos dejarnos llevar cobardemente por la corriente que nos arrastra? ¿Es justificable el temor a destacar, o a ser solo uno mismo, si el premio es la nada? ¿Nos hará felices –suficientemente felices- ser una marioneta que encaja sin estridencias en el engranaje, o debemos rebelarnos? Tras el visionado, tal vez cambie tu forma de pensar.

Concebido como un falso documental (Allen ya lo ensayó en Toma el dinero y corre, pero ahora rueda en blanco y negro), la cinta trata de transmitir a toda costa un ambiente verosímil. Para conseguir el efecto de envejecido del material se emplearon viejas cámaras de los años veinte, antiguos objetivos y equipos de sonido de la época. Además, se recrearon escenas insertando a Zelig en documentos reales antiguos (mucho verán con pasmo que lo que les pareció genialidad en Forrest Gump, es un procedimiento ya ochentero) y así, lo vemos compartir plano con Josephine Baker o James Cagney (no diré más, porque la película debe mostrarse sola, y las sorpresas son constantes y agradecidas). Hasta tal punto se intentó recrear una atmósfera vintage, que los rollos originales se arrugaron y pisotearon en estudio para simular el paso del tiempo.

Woody Allen, para entonces famoso por Bananas o El dormilón, ya tenía el Oscar con Annie Hall y había rodado Manhattan. Se propuso rodar a la par Comedia sexual de una noche de verano y esta comedia. La primera pasó inadvertida, Zelig fue un éxito de crítica y público.

Selección y reseña: Miguel Ángel Aragüés (Departamento de Lengua Española y Literatura)

Pequeño gran hombre (Arthur Penn, 1970)

La película de esta semana se centra en el siglo XIX en Norteamérica (y de nuevo, como hace unas semanas, con los indios) pero ahora al “Lejano Oeste”. Recordemos que esta sección comenzó con un “Western”, El hombre que mató a Liberty Valance (1962), después llegó otro como Centauros del desierto (1956).

El hecho de escoger un “Western”, y concretamente éste, está basado en mostrar, por un lado, uno de los géneros clásicos del Cine y que a la vez se centra, curiosamente, en un periodo histórico concreto (demasiado concreto incluso) abarcando así una cronología de aproximadamente poco más de 50 años o casi un siglo, si incluimos las exploraciones de Lewis y Clark a principios del siglo XIX. Por otro lado, el largometraje elegido, obedece a la visión que éste ofrece del “Far West” desde un punto de vista más auténtico, más didáctico y también más crítico, en definitiva más real.

El género cinematográfico que nos ocupa nace también (o casi) con el Cine. El primer “western”, The great train robbery (El gran robo al tren) de Edwin S. Porter es una producción muda que data de 1903. Desde entonces se han sucedido con mayor o menor profusión los ejemplos de éste género según la década del siglo XX que los ha llevado a la pantalla. Hacer aquí una relación de los principales ejemplos sería poco menos que imposible, así que destacaré que aparte de los años del “Cine Mudo”, el “Cine del Oeste” se desarrollaría con gran profusión desde fines de los años 30 a mitad de los 70 pasando así desde el cine más “clásico” al más crepuscular o vanguardista.

Cómo no destacar a John Ford (que ya rodó “westerns” antes del “Sonoro” como El caballo de hierro, 1924), autor de los primeros largometrajes citados, además de otras obras como La diligencia (1939), Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948) o El sargento negro (1960), por destacar solo algunas obras emblemáticas del género.

Algunos otros directores destacados del género en estos años serían Raoul Walsh, Howard Hawks, Anthony Mann, Sam Peckinpah…

En los 60 aparecería, el ya citado “Spaguetti Western”, personal “subgénero”, iniciado por Sergio Leone, maestro del género hacia mitad de los 60 y primeros 70; y más tarde el propio Clint Eastwood, también como director en obras más personales. Nos encontraríamos más adelante con obras “crepusculares” posteriores (Forajidos de leyenda, 1980, o Silverado, 1985).

Se ha hablado también de “resurrección” del “Western” ¿acaso se había ido? A partir de ejemplos como Bailando con lobos (1990) o Sin Perdón (1992). Lo que sí es cierto es que el tratamiento del género a partir de ahí es distinto. No obstante esas visiones “distintas” se dan ya desde el “Spaguetti western” y concretamente desde la época del largometraje que es el objeto de la presente reseña.

El mundo de las series televisivas también es inabarcable, aunque aquí solamente citaré La conquista del Oeste o la magistrales Deadwood o Into the West.

Siguiendo en la gran pantalla, algunos de los últimos ejemplos del género son Apaloosa (2008); el “remake” de Valor de Ley (2010) de los hermanos Cohen o Los odiosos ocho (2015) de Tarantino. Curiosamente esta semana nos encontramos Los hermanos Sisters, de Jacques Audiard, recién estrenada en la cartelera.

Si nos centramos más en las películas “de indios” que en las “de vaqueros”, (esto es, desde el punto de vista de los nativos americanos), tenemos ya muestras de “indios del Este” (El Nuevo Mundo, El último mohicano) analizadas en otra ocasión; o Flecha Rota, Yuma, Los que no perdonan o Gerónimo como algunos ejemplos de películas “indios del Oeste”.

Volviendo a la película que hoy nos ocupa, aparecen varias constantes (y ambientes) del “Lejano Oeste” (pistoleros, fanáticos de la Biblia, comerciantes, buscadores de oro, el 7º de Caballería, y como no, los indios, en este caso los Cheyennes-las tribus de las praderas), pero el tratamiento que hace Arthur Penn es diferente. En otras obras de aquellos mismos años como El hombre de una tierra salvaje, 1971(que inspiraría décadas después El renacido, 2015) o Las aventuras de Jeremiah Johnson de Sidney Pollack (1972) es patente la visión alternativa del Oeste americano.

La vida desde el punto de vista de los “Cheyennes” (los “Seres humanos”) es la predominante y la figura del general Custer, por ejemplo, está muy lejos de aquella Murieron con las botas puestas (1941) de Raoul Walsh, interpretada por Errol Flynn. Por tanto, el largometraje de hoy, estaría más dentro de ese “Cine de indios”, al que me he referido más arriba.

La película se apoya en la novela de Thomas Berger (publicada en 1964) del mismo título, que sigue con bastante fidelidad.

En la obra de hoy, también se observa, la magnífica reconstrucción de dicha época en lo referente a escenografía (ambientes, vestuario, vida material, mentalidades, etc). No apareciendo “pulcros vaqueros bien afeitados y de tergal que al final se quedan con la chica y matan al malo”, sino imágenes que podríamos encontrar en fotografías de la época.

Para acabar, hablar del buen hacer de un director como Arthur Penn (La jauría humana, 1966; Bonnie and Clyde, 1967; El restaurante de Alicia, 1969). Dustin Hoffmann, que ya había protagonizado El graduado (1967) y Cowboy de medianoche (1969) y del que tampoco tenemos espacio para hablar de su magistral trabajo posterior. Faye Dunaway (que también intervino en Bonnie & Clyde) y fue una de las actrices de referencia en los años 60 y 70. Richard Mulligan, hermano del director Robert Mulligan, aparece en el papel del loco General Custer. Destacar especialmente, el papel del actor amerindio Chief Dan George, premiado, y que intervendría en alguna producción posterior. El resto de actrices y actores de reparto contribuyen a dignificar esta “fábula” o “cuento del Oeste” que sería Pequeño Gran Hombre.

Selección y reseña: Pedro Vizcaíno (Departamento de Geografía e Historia)

Hacia rutas salvajes (Sean Penn, 2007)

Hay placer en los bosques sin hollar
hay éxtasis en las costas solitarias
hay sociedad, donde nadie se inmiscuye,
junto al hondo mar, y música en su rugido;
no amo menos al hombre, sino más a la naturaleza».
(Lord Byron)

Con estos versos de Lord Byron arranca la historia que nos trae esta película. Dirigida por Sean Penn, y basada en el libro “Into the wild” (1996), del  alpinista y escritor norteamericano Jon Krakauer. Éste a su vez se inspiró en la verdadera historia de Chris Mc Candless, que conocimos a través de un artículo de la revista Outside en 1992, y que despertó gran interés y curiosidad entre sus lectores. Además, Eddie Vedder (vocalista de Pearl Jam), escribió una acertada BSO, que supuso su estreno como artista en solitario.

La película narra como Chris, apodado por él mismo Alexander Supertramp, un joven recién graduado en la Universidad y con una vida aparentemente normal y feliz, decide  deshacerse de todas sus pertenencias, romper drásticamente la relación con su familia, y emprender un viaje en solitario desde Virginia hasta las inhóspitas tierras de Alaska. Alex considera este viaje como una desintoxicación de la civilización, y una búsqueda de la  libertad absoluta. Tras atravesar varios Estados, por fin llega a Alaska, el fin de su viaje. Allí, Alex busca la forma de sobrevivir en medio de la naturaleza salvaje y hostil que tanto amaba, y que se convirtió en su peor enemiga. Con poco más que un rifle, un par de navajas y un puñado de libros, pasa varias semanas, escribiendo el diario que Krakauer convertirá en esta apasionante historia de inesperado desenlace.

Son varias las referencias literarias que aparecen en la película. No en vano, Alex era gran admirador de autores como Jack London (Colmillo blanco, La llamada de lo salvaje) o  H. D. Thoreau (Walden) que claramente le influyeron a la hora de iniciar su aventura.

Hacia rutas salvajes, sin ser una gran producción, atesora  una gran belleza y acompaña a una reflexión sobre la libertad, lo salvaje de la naturaleza y la  búsqueda de la identidad personal.

Selección y reseña: Marta Moreno (Departamento de Geografía e Historia)

Loving Vincent (Dorota Kobiela, 2017)

Dentro del cine de animación, Loving Vincent pasará a la historia como la primera película pintada al óleo. Se rodó primero como un filme convencional con actores de carne y hueso que se utilizó para la base de la animación, pero luego, en lugar de recurrir a un dispositivo tecnológico, 125 pintores con formación académica pintaron a mano, al estilo de la última etapa impresionista de Van Gogh, los 65000 fotogramas que configuran el largometraje final.

Uno de los mayores retos a los que se enfrentaron fue el de conseguir el dinamismo necesario para mostrar el desarrollo de la acción sin que pareciese un mero pase de diapositivas pero respetando el espíritu original que permita reconocer la obra. A esto contribuyó, sin duda, el estilo característico del pintor, con trazos largos o arremolinados del estilo de La noche estrellada o Campo de trigo con cuervos.

La película narra, en un estilo que recuerda en buena medida a Ciudadano Kane, las circunstancias que rodearon al suicidio de Van Gogh. Un año después de su muerte, el cartero Roulin le pide a su hijo Armand que entregue la última carta del artista dirigida a su hermano Theo. Con esta excusa Armand visita a las personas que lo trataron a lo largo de su vida y cuyos rostros son sobradamente conocidos porque el pintor los retrató: el mencionado cartero y su familia; Père Tanguy, que le proporcionaba los útiles de pintura; el doctor Gachet y su hija Marguerite; Adeline Ravoux, que estaba a cargo de la pensión donde vivía,…De esta investigación surgen una serie de interrogantes que se quedan sin una respuesta concluyente: ¿Por qué se disparó en el abdomen? ¿Sentía el doctor Gachet envidia de su talento? ¿Quién era el joven que atosigaba al artista? El objetivo de la película no es el de obtener respuestas definitivas a estas preguntas, sino el de intentar plasmar la realidad del mundo contemplada a través de los ojos del genio holandés.

Selección y reseña: Ana Bellé (Departamento de Innovación Educativa)

El último Mohicano (Michael Mann, 1992)

El largometraje que nos ocupa, supondría el paso del periodo tradicionalmente conocido como Edad Moderna a la Contemporánea en las divisiones de la Historia Universal. Estas clasificaciones, por supuesto, son arbitrarias, y la etapa en la que se desarrollan los hechos evidencia también el periodo de los conflictos coloniales que se desarrollarían en los siglos siguientes y aun comenzarían en el anterior.

En este caso viajamos a la Norteamérica colonial, la de las “Trece colonias” previas a la Independencia y, concretamente, dentro de lo que en la historiografía inglesa se conoce como “French Indian wars” (GuerrasFranco-Indias), que sería el conflicto paralelo al europeo conocido como “Guerra de los Siete Años” (su equivalente americano por tanto). Es también, una “película de indios”, pero del Este, no “del Oeste”, por tanto no sería correcto clasificarla como un Western.

Este género (o subgénero) dentro del cine ha sido tratado, evidentemente, casi en su totalidad por el norteamericano, pudiéndose incluir en este apartado también películas ambientadas en momentos inmediatamente anteriores y posteriores a la Independencia de E.E.U.U., es decir, situadas en la 2ª mitad del siglo XVIII. Destacaré curiosamente obras que tratan épocas previas a ésta (las colonias norteamericanas en el siglo XVII) como El nuevo mundo (2005), La letra escarlata (1995) o El crisol (1996), interpretada esta última también por Daniel Day-Lewis.

Aunque no llevado el periodo que nos ocupa a la pantalla de manera tan profusa como la Guerra de Secesión, la 2ª Guerra Mundial o el propio western, detallar aquí una lista de títulos ocuparía más espacio del que tenemos, así que citaré solo algunos ejemplos. Se pueden descubrir las dos primeras versiones del título que nos ocupa ya en el cine mudo (1912 y 1920 respectivamente) u otras obras del estilo como América (1924) de Griffith. Ya en el sonoro nos encontramos con la versión de George B. Seitz (1936), del clásico de J. F. Cooper, referencia cinematográfica directa para el que hoy tratamos. Otras obras a destacar serían Corazones indomables (1939) de John Ford, The Howards of Virginia (1940) de Frank Lloyd, o Los inconquistables (1947) de Cecil B. de Mille. Ya en los últimos 30 años aparecería la injustamente valorada (y a mi juicio una de las obras maestras del género) Revolución (1985) de Hugh Hudson o la más conocida y maniquea, además de argumento más simple (y con algún que otro error histórico) El Patriota (2000) de Mel Gibson.

En cuanto a la pequeña pantalla también se han producido series desde los años 50 aunque destacaré únicamente dos de los últimos años como The crossing (2000) sobre el cruce del río Delaware por George Washington y la posterior batalla de Trenton, y en segundo lugar la magnífica John Adams (2008) “biopic” del 2º presidente de EEUU.

Es hora de citar ya la obra literaria que supone la base del largometraje que hoy nos ocupa; se trata por supuesto de la obra homónima del escritor norteamericano James Fenimore Cooper(1789-1851), publicada en 1826. Es el segundo libro de la pentalogía Leatherstocking Tales y el más conocido. The Pathfinder, publicado 14 años después en 1840, es su secuela. En la trama serían de destacar algunos aspectos como que muchas de las escenas de la película de 1992 no aparecen en el libro; en particular, algunos personajes que sobreviven a los acontecimientos de la novela mueren en la película, y a la inversa. También destacar que el escritor confundió a los mohegan y los mahican o mohicanos. La primera tribu sobrevive y actualmente tienen sede en Connecticut. La presente película, se basó, según Mann, más en la versión filmada de 1936 que en el libro de Cooper.

Volviendo a aspectos cinematográficos me centraré en lo interpretativo, fundamental, evidentemente en el presente largometraje. Para empezar nos encontramos con el oscarizado Daniel Day-Lewis (del que ya hemos señalado algún título). Por citar algunos ejemplos relacionados con contenido histórico: The Bounty, En el nombre del padre, Gangs of New York o Lincoln. La protagonista femenina, Madeleine Stowe, ha intervenido en películas como Revenge, Doce monos, La hija del general o Cuando éramos soldados.

Otros intérpretes han sido el activista indígena Russell Means, el actor cherokee Wes Studi (Bailando con lobos, Gerónimo) o Steven Waddington (que ha intervenido también en producciones de corte histórico).

Me remitiré ahora a un comentario de Blog de Cine en su día: “…el encargado de hacer revivir ese tiempo pasado fue el diseñador de producción Wolf Kroeger, “Lady Halcón” (1985), y que cuidaría hasta el mínimo detalle varias culturas, como la europea, la iroquesa, la hurón, la mohicana… y debería reconstruir el fuerte William Henry, y de encontrar los maravillosos bosques y montañas de Carolina del Norte para aparentar lo que en verdad eran los bosques del norte de Nueva York.

El operador Dante Spinotti, que colaboraría en el futuro con Mann en varios títulos, realiza uno de los mejores trabajos de su carrera, con una magnífica utilización del scope para extraer de los maravillosos escenarios toda su belleza, y con un uso muy fluido de la cámara”. (Adrián Massanet-Blog de Cine).

Por supuesto no podemos terminar sin mencionar a la maravillosa banda sonora. : “…en realidad es una versión del tema ‘The Gael’, de Dougie MacLean, incluido en su álbum ‘The Search’. Ahora, la adaptación de ese tema a cargo de Trevor Jones, es uno de los que cualquiera puede identificar a las pocas notas”. (Adrián Massanet-Blog de Cine).

También el grupo irlandés Clannad (hermanos de Enya) y el músico escocés Phil Cunningham colaborarían en dicha banda sonora.

¿Qué más se puede decir? Sencillamente que estamos ante una buena representación de lo que sería una película de acción, tensión, amor… brillante puesta en escena y por supuesto un alto rigor histórico con buena acogida de crítica y público. Ingredientes que no siempre coinciden en el cine (y menos en el “histórico”). Para no perdérsela.

Selección y reseña: Pedro Vizcaíno (Departamento de Geografía e Historia)

La piel que habito (Pedro Almodóvar, 2011)

En esta ocasión voy a hablarte de una de las películas que más me gustan de Pedro Almodóvar. Si bien Todo sobre mi madre, Mujeres al borde de un ataque de nervios o Volver son algunos de los títulos más estimados por público y crítica, yo quiero destacar la calidad de La piel que habito por la capacidad de Almodóvar a la hora de adaptar las características de su universo cinematográfico a uno de los subgéneros del cine de terror más extremos que han aparecido en los últimos años: el “porn torture”.

Esta curiosa variante, no para todo tipo de públicos, sustenta su impacto en la plasmación del dolor (físico y psicológico), teniendo una especial relevancia todo lo relacionado con la modificación corporal extrema. Si bien algunos referentes podemos encontrarlos en cinematografías exóticas como la japonesa (así en la magistral Auditon, de Takashi Miike), fueron fundamentalmente dos películas norteamericanas las que popularizaron el género entre el gran público: Saw y Hostel (ambas transformadas en sagas tras el éxito de sus primeras entregas).

Almodóvar, quien en más de una ocasión había manifestado su deseo de llevar a cabo una película de género, pero con un toque diferente (el buen conocedor de su filmografía recordará el homenaje al “giallo” italiano en Átame), jugó con los parámetros susodichos ocasionando una elegante pieza de puro morbo, visualmente ligada a su manera de entender el cine (las películas de don Pedro son quizás las más reconocibles por su marcada estética), apostando por la sugerencia antes que por la explicitud.

No obstante, si echamos la vista atrás, observaremos que no es ésta la primera ocasión en la que Almodóvar apuesta por un subgénero ligado al terror; así las cosas, Matador hacía propias las características más reconocibles del cine de asesinos en serie.

En La piel que habito, el director de la reciente Dolor y gloria, justificando su calidad de autor, supera una vez más las convenciones genéricas. Antonio Banderas y Elena Anaya protagonizan una “horror movie” difícil de identificar como tal. Al igual que ocurre con otros autores de reconocido prestigio (a vuela pluma, me vienen Lynch o Lars von Trier a la cabeza), la película pertenece por méritos propios a un género tan único como diferente: “un film de Almodóvar”.

Selección y reseña: Alberto Jiménez

El sabor de las cerezas (Abbas Kiarostami, 1997)

Esta reseña va a ser un tanto especial, puesto que voy a aprovechar la película que he elegido para hablarte de algunos aspectos concernientes a la industria cinematográfica que creo que te pueden interesar.

El primer concepto del que quiero hablar, y que está directamente relacionado con El sabor de las cerezas, es el del cine independiente (del que me imagino que algo conocerás). Como espectadores, estamos acostumbrados a películas de considerable presupuesto que suelen distribuirse en grandes salas comerciales avaladas por una también considerable campaña publicitaria.

Estas películas, en la mayoría de ocasiones, están facturadas en los estudios norteamericanos de Hollywood (una de las dos grandes industrias del cine a nivel mundial, junto con Bollywood, que se circunscribe a la India y cuyos productos no suelen ser distribuidos en Europa), y sus propuestas creativas (tanto a nivel temático como a nivel estético) suelen estar muy controladas por los grandes estudios. Es un cine, que no tiene porqué ser de baja calidad, si bien está pensado como producto de fácil consumo.

Sin embargo, existe un cine marginal, con tremendas dificultades de distribución y exhibición, llevado a cabo sin el apoyo de la gran industria. Películas de bajo presupuesto, pero hechas con mucho esfuerzo, ingenio y trabajo, que suelen en ocasiones obtener los grandes premios de los festivales cinematográficos más importantes del mundo (Cannes, Venecia, Berlín, San Sebastián, por citar algunos).

El director que hoy nos ocupa, Abbas Kiarostami, pertenecería a este curioso ámbito. De hecho, El sabor de las cerezas obtuvo la Palma de Oro del prestigioso Festival de Cannes.

Kiarostami es uno de los pocos directores capaces no solo de hacer películas en Irán (su país de origen) sino incluso de haberse labrado un nombre en la cinematografía mundial. Tienes que pensar que, generalmente, las industrias cinematográficas de peso suelen ir ligadas a la bonanza económica de un país (y también a sus libertades sociales y políticas). Así las cosas, Irán es una de las consideradas cinematografías marginales. ¿Cuántas películas iraníes has visto? ¿Suelen exhibir cine iraní en la sala comercial más cercana a tu casa? Quizás sí que en televisión hayas podido disfrutar de alguna de las creaciones que citaré a continuación, pues ciertos ciclos de cadenas de carácter cultural o programas (hubo uno muy famoso, ya desaparecido, que emitió A través de los olivos, otra de las películas de Kiarostami) especializados en cine emiten de vez en cuando títulos “difíciles de ver”.

Kiarostami quizás sea el más conocido cineasta iraní, pero sería injusto no citar a Mokhsen Makhmalbaf (El silencio es una de sus más bonitas creaciones) y sus hijas Samira Makhmalbaf (una de las realizadoras más interesantes del país, con verdaderas obras maestras como La manzana) y Hana Makhmalbaf (autora de Buda explotó por vergüenza). También tendríamos que añadir los nombres de Yafar Panahi y Bahman Gobadi, quienes junto con Kiarostami conformarían la Nueva Ola del cine iraní, que comenzaría su difícil andadura a partir de los años 80. De Yafar Panahi destacaría El espejo (una de las más originales propuestas de la cinematografía de los años 90), y de Bahman Ghobadi, a pesar de su dureza, te recomendaría ver Las tortugas también vuelan (ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebatián en el 2004).

El sabor de las cerezas es una película diferente. Una película que nos habla de la monotonía de la vida a través de ese coche que deambula sin descanso por los desérticos parajes fotografiados por la poética cámara de Kiarostami. Si estás acostumbrado a ese cine en el que la trama se desarrolla sin freno, con sorprendentes giros de guión, con mucha acción y escaso diálogo, con El sabor de las cerezas descubrirás todo lo contrario.

El estilo de Kiarostami es contemplativo. La cámara es mero testigo de lo que va acaeciendo durante los márgenes que un “tempo” decididamente lento deja para que los personajes hablen. El sabor de las cerezas es un drama psicológico confeccionado con elementos mínimos. Los paisajes de Teherán, el coche, su conductor (un tipo decidido a quitarse la vida) y los diversos pasajeros a los que decide subir a bordo (uno de los cuales le explicará el maravilloso sentido que la vida puede tener, dando de paso coherencia al título de esta película tan especial, en una de las escenas más hermosas, y a la par discretas, de la cinematografía de las últimas décadas).

Kiarostami no es un cineasta acostumbrado a llevar a cabo trabajos por encargo, es lo que suele considerarse un autor; es decir, un director de cine que impone sus gustos y sus deseos a los intereses crematísticos de la industria del cine. Un creador, un poeta de la imagen, que opta por la cámara y la luz antes que por la pluma y la palabra.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

La joven de la perla (Peter Webber, 2003)

La película de esta semana nos lleva a la Holanda del siglo XVII, el “Siglo de Oro” holandés.  La base argumental es la novela del mismo nombre de la escritora norteamericana Tracy Chevalier. El desarrollo de la trama se plasma en esta realización de manera magistral con una recreación que nos transporta a aquel momento (luces, vestuario, mentalidades, interiores y exteriores).

En el ámbito británico aparecerían Cromwell, Matar a un rey, Restauración, El contrato del dibujante, El libertino, con Johnny Depp , Belleza robada o las series The first Churchills, By the sword divided, Charles II: The Power and the Passion o The devil´s whore. Mención aparte merece la magistral Winstanley, de Kevin Browlow y Andrew Mollo.

Francia es uno de los países que lógicamente más ha abordado (o ha sido tratado por otros) su “Grand Siecle”. En primer lugar nos encontraríamos un subgénero en torno a la obra capital de Dumas, Los tres mosqueteros, y su trilogía. Señalar todas estas producciones (dentro y fuera de Francia), ya desde el Cine Mudo sería imposible aquí. Destacar que muchas de ellas son intentos de dudosa calidad que en la mayoría de los casos demuestran no conocer (o ¿despreciar?) la obra citada.

En otro sentido, una obra capital la tendríamos en La prisse du pouvoir par Louis XIV, de Rossellini. En las últimas décadas nos encontraríamos con Cyrano, Toutes les matins du monde (ambas interpretadas por Gérard Depardieu), Le roi dance (estrenada en España como La pasión del rey), Le bossu o la brillante Marquise (o series de los años 70 como Richelieu, Le cardinal de Velours, su secuela Mazarin o más recientes como Richelieu, la pourpre et le sang o las centradas en los primeros años de Luis XIV, La reine et le cardinal, Le roi, l’écureil et la couleuvre o L’allé du roi, por citar quizá las más significativas.

Italia cuenta con producciones como Galileo de Liliana Cavani o la serie que puso en escena la novela de Manzonni I promessi espossi (Los novios) realizada por la RAI. En Alemania nos encontraríamos con la serie El aventurero Simplicissimus (basada en la obra de Grimmelshausen) o el largometraje más reciente Krabat o el molino del diablo.

La referencia a la Norteamérica de la época estaría representada por producciones como La letra escarlata, El crisol (ambas basadas en obras de Hawthorne y Miller respectivamente) o El nuevo Mundo, en torno a la Virginia colonial. Un título fundamental en torno a la Guerra de los Treinta Años” es El último valle, de James Clavell, protagonizada por Michael Caine y Omar Sharif.

En el ámbito hispánico destacaré algún ejemplo interesante como El rey pasmado, 1991, de Imanol Uribe (Akelarre, 1983 al que podemos añadir Alatriste, 2006…) además de series que recreen estos siglos (El Pícaro, 1974).

Tendríamos también las películas “de piratas”, el siglo XVII en el este de Europa, etc…

Pero ¿qué hay del “Siglo de Oro holandés”? Citaré algunos títulos La kermesse heroica, Los biopics de Rembrandt o la más reciente, de Peter Greenaway, La ronda de noche (aparte del largometraje que hoy nos ocupa, claro).

Por supuesto, podría haber seguido la línea de películas sobre artistas, y más concretamente sobre pintores. Cité ya algunas sobre el periodo renacentista, pero añadiré referencias ahora sobre las figuras de Brueghel, Caravaggio, Artemisa Gentileschi, Goya, Van Gogh, Toulouse- Lautrec, Klimt Pollock, Picasso, Frida Kahlo, Warhol, Antonio López o Turner.

Volviendo a dicho largometraje, recordemos que imagina una posible historia en torno al famoso cuadro del gran Jan Vermeer de Delft (1632-1675), La joven de la perla que se encuentra en el Mauritshuis de La Haya. Hay que destacar que el título del cuadro es más reciente y que tal vez no se trate de una perla, sino de un pendiente de plata, según las últimas investigaciones del astrónomo y artista Vincent Icke, ya que en el inventario más antiguo (1676) se habla de Retrato al estilo turco o Joven con turbante.

Siguiendo con aspectos puramente cinematográficos, citaré a su director Peter Webber, realizador de Hannibal, el origen del mal o la más reciente Emperor (2012).

En cuanto a sus protagonistas, su referencia es mayor, ya que han probado su buen hacer en otras películas de recreación histórica incluso como Valmont, Shakespeare in love o El discurso del rey (en el caso de Colin Firth) o Las hermanas Bolena (en el caso de Scarlett Johansson). Por supuesto su aparición en otros largometrajes como El diario de Bridget Jones o Lost in translation (respectivamente) por citar solo algunas películas de referencia en sus prolíficas carreras, es solo un apunte.
Completan el reparto Cillian Murphy (El viento que agita la cebada, Desayuno en Plutón), o Tom Wilkinson (The Full Monty, Sense and sensibility, o Shakespeare in love) por citar algunas de las incontables apariciones de este último intérprete.

Finalmente destacar la fotografía de Eduardo Serra, aspecto clave en una producción sobre Vermeer que nos transporta a esta obra de arte (pictórica y cinematográfica) que es La joven de la perla, cual si fuese un cuadro de Pieter de Hooch o del propio Vermeer.

Selección y reseña: Pedro Vizcaíno

Bienvenidos al norte (Danny Boon, 2008)

Bienvenidos al norte (2008) es una película francesa dirigida y protagonizada por Dany Boon. Dany Boon es un humorista, actor y director francés. Ha participado como actor en películas como Feliz Navidad o Astérix y Obélix al servicio de su majestad. Como director su gran éxito es Bienvenidos al norte, la segunda película con más espectadores en las salas de cine francés con más de veinte millones (la primera fue Titanic). Este proyecto de Dany Boon nace desde su faceta de humorista, campo en el que había explotado en sus espectáculos muchas de las diferencias y tópicos característicos de su región de nacimiento, Paso de Calais. Estos clichés serán aprovechados en su comedia Bienvenidos al norte.

La acción se desarrolla en Bergues, una pequeña población del norte de Francia, perteneciente al departamento de Paso de Calais. Con alrededor de 4.000 habitantes es un encantador pueblo fortificado rodeado de murallas y canales, donde destaca la silueta de su campanario. Desde lo alto de este edificio, se puede observar una hermosa vista de los campos que rodean la localidad.

El protagonista de la película Philippe Abrams debe trasladarse allí sancionado por haberse hecho pasar por minusválido para conseguir el traslado a uno de los codiciados puestos de la costa Azul. Philippe y su mujer sólo conocen el norte a través de clichés y estereotipos que los habitantes de Bergues irán transformando poco a poco.

Philippe irá cambiando su percepción sobre su nuevo destino laboral y sus compañeros de trabajo pasando desde el rechazo absoluto hasta sentirse uno más de ellos. Durante ese camino infinidad de situaciones de un humor sencillo basado en los malentendidos y un brillante optimismo vital acompañan al espectador en el descubrimiento del olvidado norte.

Dany Boon con esta comedia retorna a la tradición y a la sencillez del cine francés destacando los valores del mundo rural y planteando un antagonismo entre el Norte y el Sur. El Norte, gris y lluvioso, se convierte en un paraíso agrorural donde se despiertan en el protagonista valores como la verdad, la amistad y la sencillez de la vida. Por contra, el luminoso y optimista sur de Francia (escenario habitual de las comedias francesas) despierta los valores negativos de Philippe: la mentira, el engaño o la depresión de su esposa.

Esta oposición Norte- Sur y el uso de los estereotipos de esta comedia serán la base del gran éxito cinematográfico del cine español reciente, la comedia Ocho apellidos vascos (2014), que sigue la misma línea constructiva adaptándola a los localismos españoles.

Selección y reseña: Sebastián Solana (Departamento de Lengua Española y Literatura)

Figuras ocultas (Theodore Melfim 2016)

Esta película es del año 2016. Su director es: Theodore Melfi y las actrices protagonistas son: Tarajil Henson, Janelle Monae y Octavia Spencer. Fue galardonada con los Óscars de 2017 a: Mejor Película, Mejor actriz de reparto (Octavia Spencer) y Mejor Guión Adaptado.

En ella se cuenta la historia de tres mujeres afroamericanas matemáticas (Dorothy Vaughan, Mary Jackson y Katherine Johnson), con una inteligencia fuera de lo común, que trabajaron como científicas en la NASA en los años sesenta.

En esta película no sólo se narra todo lo que hicieron las tres mujeres, favoreciendo la carrera espacial de EE.UU. contra la Unión Soviética, sino que se pone en evidencia las difíciles situaciones por las que tuvieron que pasar, tales como la disgregación racial.

La NASA las utilizó por la escasez de científicos masculinos que había en ese momento, pero a pesar de su valía, seguían teniendo que pasar por pruebas constantes, desde las aparentemente frívolas como su aspecto impoluto de “mujeres perfectas” hasta otras más profundos como los controles y humillaciones que debían sufrir por causa de su raza.

Dicha disgregación racial las llevaba a tener que pasar por situaciones tan extremas como las de utilizar distintos baños que las mujeres blancas y la de ser controladas hasta el punto de tener que atravesar una distancia considerable para ir a dichos baños y volver a su puesto de trabajo en un tiempo récord (aunque parece que dicha situación no fue real-como dice Katherine Johnson-sino que cuenta que ella utilizaba el baño para blancos, desafiando así a las leyes de Jim Crow).

La película cuenta una historia interesante, sacando a la luz las figuras de estas tres mujeres que como tantas otras han sido olvidadas. Pero dicha historia también resulta entretenida y nos sumerge no sólo en la HISTORIA con mayúsculas, sino en la intrahistoria, en sus vidas cotidianas, mediante las cuales conocemos su lado más personal y familiar.

Es justo decir también que estas figuras quizá no hubieran brillado tanto en la época que les tocó vivir, si no hubieran tenido el respaldo de sus compañeros de vida, quienes saltándose las pautas del comportamiento que se esperaba de ellos, apoyaron a sus mujeres en sus decisiones profesionales. Asimismo, también tuvieron la suerte de ser respaldadas fundamentalmente por un jefe (Al Harrison, interpretado en el film por Kevin Costner) que comprendió su situación bastante mejor que algunas de sus compañeras.

Estas tres mujeres demuestran que la decisión y la valentía pueden mover montañas. Ellas lograron vencer todo aquello que estaba en su contra, como los prejuicios raciales y de género, pero también tuvieron la suerte de ser valoradas y ayudadas por sus compañeros de viajes masculinos y por haber sido contratadas para tareas que normalmente desempeñaban los hombres, precisamente porque debido a la situación social que produjo la Segunda Guerra Mundial, había escasez de científicos y dicha situación llevó a los mayores responsables de la NASA a contratar mujeres, porque realmente lo que importaba en ese momento eran los cerebros, por encima de la raza o el sexo.

La narración de toda la historia está en clave de película y mezcla tanto lo profundo como lo más superficial, acabando en el clímax del exitoso viaje al espacio (orbitando sobre la tierra) del astronauta americano John Glenn en 1962, gracias a los cálculos de Katherine Johnson.

En definitiva es agradable de ver, entretenida (a pesar de la duración de más de dos horas) y realmente interesante conocer unos hechos bastante cercanos en el tiempo, que demuestran lo que todavía queda por hacer respecto a la igualdad de género (a lo que se añade aquí la desigualdad racial) donde por desgracia las mujeres deben sobresalir diez veces más que los hombres para ser valoradas y aun siendo reconocido y aprovechado su talento, con frecuencia se las oculta quizá por el miedo atávico de muchos hombres a ser ensombrecidos.

Selección y reseña: Avelina de Pablo (Departamento de Lengua Española y Literatura)

Los inmortales (Russell Mulcahy, 1986)

“Solo puede quedar uno” es sin duda la frase más recordada y la primera que le viene a la cabeza a cualquiera que haya visto Highlander, títulada en España Los inmortales. Esta película de 1986, dirigida por Russell Mulcahy y que tiene como protagonistas a Christopher Lambert, Sean Connery y Clancy Brown transporta al espectador a un mundo de acción y fantasía con una serie de ingredientes que con el tiempo la han consolidado como una película de culto y que ha dado lugar a una saga continuada por diversos títulos, además de una serie de televisión y de anime.

 

Cuando se inicia con las escenas de lucha libre en el Madison Square Garden neoyorquino, poco imagina el espectador que en breves se va a ver sumergido en lo que va a ser una constante a lo largo de toda la película: las transiciones entre el pasado y el presente. Así, desfilan ante nuestros ojos flashes de las hermosas colinas de las tierras altas de Escocia para pasar a duelos con espada en la ciudad de Nueva York y el inicio de una investigación policiaca que nos lleva a descubrir la identidad del protagonista: el anticuario Russell Nash que es en realidad Connor MacLeod.

“Soy Connor MacLeod del clan MacLeod. Nací en 1518 en el pueblo de Glenfinnan en las orillas del Loch Shiel. Y soy inmortal…”

Conocemos así quiénes son “los inmortales”: seres que viven entre nosotros y que solo pueden morir si la cabeza se separa de su cuerpo y atados entre sí por un destino. Cuando se complete el número de elegidos lucharán entre ellos hasta que “solo quede uno”, que será el ganador del premio final. Ese momento ha llegado.

“Del amanecer de los tiempos venimos. Hemos ido apareciendo silenciosamente a través de los siglos hasta completar el número elegido. Hemos vivido en secreto luchando entre nosotros por llegar a la hora del duelo final, cuando los últimos que queden, lucharán por el premio. Nadie jamás ha sabido que estábamos entre vosotros…hasta ahora.”

La película tiene actuaciones sobresalientes como la de Sean Connery en su papel de Ramírez, el español de origen egipcio, Espadero Mayor del rey Carlos I y un “malo” de los que se recuerdan, porque es de los “malos de verdad”: El Kurgan. La escena en la que aparece en pantalla este gigantesco inmortal de las estepas rusas enfundado en su armadura es de las que se quedan en la retina. La acción nos traslada además por diferentes momentos históricos vividos por el protagonista y la reflexión sobre lo que implica la inmortalidad y la pérdida de los seres amados.

Por si esto fuera poco, aún hay un elemento más que es imposible dejar pasar: una banda sonora que quedará para siempre en la memoria. Tanto la música compuesta por Michael Kamen como los temas de Queen recogidos en A Kind of Magic hacen, como ha señalado la crítica, que la música inspirada en diversos aspectos de la película trascienda el tiempo. Cada vez que escucho “Who Wants to Live Forever” en la voz de Mercury me traslada a los bellos paisajes de Escocia y al recuerdo de Heather, la esposa de Connor que muere en sus brazos sin haberle dado hijos y que le pide que haga una última cosa por ella: encender una vela el día de su cumpleaños.

No sé que más puedo decir para recomendar esta película, sin duda un referente para los amantes del género épico, ciencia ficción y fantasía que supera con creces lo que han sido su secuelas. Nunca me he cansado de verla, y mucho menos, de escucharla.

Selección y reseña: Ana Belén Arnauda (Departamento de Geografía e Historia)

Elizabeth (Shekhar Kapur, 1998)

La película de esta semana nos lleva al siglo XVI, concretamente a la Inglaterra renacentista. La era de las “monarquías autoritarias”. Época convulsa y por tanto de transformación, germen de la pujanza y futuro predominio británico.

Elizabeth I Tudor, figura estelar y polémica a la vez donde las haya, ha sido considerada por cronistas, escritores e historiadores varios (“Gloriana”, “La reina virgen”, la “mujer sin hombre”, etc) y tan admirada como denostada (en este último caso sobre todo en el mundo católico).

Isabel de Inglaterra, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, nació en 1533. Después de una infancia y juventud difícil (fue apartada de la Corte), subió al trono a la muerte de su hermana María en 1558. Tras hacerse con el poder efectivo gracias a algunos partidarios fieles y varios burócratas eficaces, inició una época de esplendor para su país hasta su muerte en 1603.

En cuanto a su puesta en escena en la pantalla, podríamos hablar de que, igual que dentro del género bélico nos encontramos el “subgénero” de la “Guerra de Vietnam”, dentro del cine “de época” y más concretamente coincidiendo con la Inglaterra renacentista, nos encontraríamos el “subgénero” Tudor. Varias son las muestras de este cine tanto en la grande como en la pequeña pantalla.. Desde las inolvidables series de los 70 de la BBC (Las seis esposas de Enrique VIII y su secuela Elizabeth R), hasta la excesiva e hipervalorada Los Tudor o la más reciente y recomendable Wolfhall y desde el cine mudo La ejecución de María Estuardo o ya en los años 30 La vida privada de Enrique VIII, hasta la secuela de esta Elizabeth que hoy nos ocupa. Por supuesto la más reciente muestra de este “subgénero” sería María, reina de Escocia de Josie Rourke, trama ya llevada al cine en 1936 y 1971 anteriormente.

Concretamente, la figura de Isabel I de Inglaterra ha sido tratada en numerosas ocasiones (Bette Davis, Glenda Jackson, Hellen Mirren…) y en este caso Cate Blanchett (ganadora de 2 “Oscars”) que no desmerece en absoluto, y menos acompañada por figuras de la talla de Joseph Fiennes, Geoffrey Rush, John Gielgud o Fanny Ardant.

El largometraje se centra en los años del ascenso al trono y primeros del reinado de la soberana, recreados magistralmente en lo relativo al ambiente de la Corte (aposentos, edificios, vestuario, música) y vida cotidiana en general, sin embargo cuenta con varios fallos:

Dudley no traicionó a la reina ni se convirtió al catolicismo; su boda (de la que la reina estuvo informada en todo momento) fue posterior. La institutriz de Elizabeth era bastante mayor que ella. La pretendida boda de la reina no fue con el duque de Anjou sino con su hermano más joven François (niños ambos, sin embargo, durante los años en que se desarrolla la película). William Cecil no era de edad avanzada cuando Elizabeth comenzó su reinado. La ejecución del duque de Norfolk ocurrió más tarde. No hay indicios tampoco de que Walsingham estuviese implicado en el asesinato de María de Guise. El obispo Gardiner murió antes de que Isabel llegara al trono, con lo cual no pudo intervenir en un complot contra ella.

Desajustes aparte, es un largometraje que refleja muy bien la atmósfera y época de la que habla, ayudados por la fotografía magistral de Remi Adefarasin (que sugiere en ocasiones cierto ambiente tétrico, “gótico”), el magistral vestuario, diseñado por Alexandra Byrne, la inspirada banda sonora de David Hirchsfelder (reproduciendo y sobre todo recreando sonoridades renacentistas) y por supuesto el buen hacer del director Shekhar Kapur además, del formidable reparto ya citado.

Selección y reseña: Pedro Vizcaíno (Departamento de Geografía e Historia)

 

Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975)

Una película del gran director Akira Kurosawa, que narra la expedición rusa del capitán Vladimir Arseniev, para explorar y cartografiar la taiga asiática rusa. El capitán y su patrulla se encuentran con Dersu Uzala, un cazador que vive con lo justo y preciso, y que toma del bosque y de los animales no más que lo que necesita. Dersu habla, escucha y entiende al viento, los árboles, los gritos de las bestias. Los soldados al principio se ríen de él, pero luego aprenden con Dersu y saben que sin Dersu, es imposible sobrevivir en la estepa siberiana.

Memorable es la escena del encuentro primero con los militares en el campamento, como la supervivencia del capitán Arseniev y el cazador en plena tormenta. Para recordar las sentenciosas frases del propio Dersu, que se convierten en la mejor universidad para sobrevivir en un medio hostil.

Para reflexionar las última escenas, cuando el ferrocarril, la civilización llega a la selva virgen y la cambia, y cuando Dersu, espíritu libre, pero ciego, intente vivir en la ciudad.

Cuando anden por el monte, después de ver Dersu Uzala, griten en un día de niebla “Dersu, Dersu”, a ver si alguien les responde “Capitán, capitán”…Eso es lo que gritamos hace casi cuarenta años, mis amigos y yo, cuando en alguna acampada con los scouts, andábamos en medio de la fría niebla. Todavía, cuando me encuentro, con alguno de ellos, después de años, nos saludamos así: “Dersu, Dersu…”, contestando el otro “Capitán, capitán…”.

Os puedo decir, que fue Oscar a la mejor película en habla no inglesa, en el año 1975, que a pesar de tener cuarenta y tres años es en color, y que en Zaragoza, durante años, cuando no había DVD, ni videos, cuando la volvían a reestrenar, las salas se llenaban. ¡Qué peliculón!

 

Aprendo todo cuanto necesito saber y tengo todo cuanto necesito tener” (Dersu Usala).

Selección y reseña: Francisco Javier Murillo Esteban (Departamento de Geografía e Historia)

Rocky (John G. Alvidsen 1976)

El boxeo ha sido siempre un deporte tremendamente cinematográfico. Desde los albores (The Champion, de Charles Chaplin), el dramatismo que genera el cuadrilátero y sus inmediaciones ha seducido a un buen puñado de cineastas que han facturado clásicos del calibre de Marcado por el odio, Toro Salvaje, Cinderella ManThe Set – Up (posiblemente una de las mejores películas del género) o Million Dolar Baby.

En 1976, tras unos cuantos esfuerzos por hacer realidad un sueño hecho guión, vio la luz una película modesta que inmediatamente se transformaría en un clásico moderno. Un por aquel entonces joven Sylvester Stallone, quien al parecer llevaba una buena temporada paseando la historia de Rocky bajo su brazo por diversos estudios, se vio avocado al estrellato tras incluso recaer en él la responsabilidad de protagonizar la película.

Stallone todavía estaba a años de transformarse en un género cinematográfico en sí mismo (una película de Stallone), y Rocky tampoco era la primera entrega de la franquicia hipervitaminada de la que, hoy por hoy, podemos disfrutar. Esta primera entrega, que ganó unos cuantos Oscar (incluido el de mejor película), era un emocionante melodrama que hablaba de superación y de “sueño americano”.

La historia del muchacho desarraigado que, con esfuerzo y tesón, venciendo toda adversidad, puede hacerse un lugar en el difícil mundo del boxeo mantenía un cierto paralelismo con las pretensiones e intentos del propio Stallone por triunfar en el no menos difícil mundo del cine. La carismática interpretación de Sly (arropado por un elenco no menos convincente, conformado por Talia Shire, Burgess Meredith, Carl Weathers o Burt Young), las convenientes dosis de romance y violencia, su final verosímil (que aquí, por si acaso, no desvelaré) y, sobre todo, la impagable partitura compuesta por Bill Conti hicieron de Rocky una de esas películas por las que el espectador desarrolla una simpatía especial; uno de esos títulos, tremendamente populares, que han pasado a formar parte de la cultura colectiva. Más que una película, Rocky es un icono.

Si de manera aislada, Rocky es una película genial, no menos lo es acompañada de toda la saga (cuya última entrega, Creed II, acaba de estrellarse en nuestros cines, y que en breve reseñaremos en nuestra sección de “pasaporte cultural”). La personalidad de Stallone y el inesperado éxito de esta primera entrega pusieron en marcha la maquinaria de Hollywood y, poco a poco, aquel aspirante a campeón del mundo se transformó en, prácticamente, un superhéroe del ring que debía enfrentarse a tremendas bestias, acercándose, por momentos, al tebeo y a la literatura “pulp”, olvidándose (quizás por fortuna) de sus clásicos orígenes melodramáticos.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (departamento de Lengua Española y Literatura)

Largo domingo de noviazgo (Jean-Pierre Jeunet, 2004)

La película elegida en esta ocasión se ambienta en un periodo crucial de nuestra reciente Historia, la 1ª Guerra Mundial. 

El tema que nos ocupa (aparte del largometraje de Jean-Pierre Jeunet, del que tratamos en el presente comentario) fue abordado ya en el cine mudo con películas de propaganda y realistas documentales como los reunidos en “El heroico cinematógrafo”, producido en 2002 por Laurent Veray y Agnès de Sacy; la cómica “Armas al hombro” (1918) de Charles Chaplin o “Alas” (1927) primer film que ganó un Oscar a la mejor película.

Ya en los inicios del sonoro tendríamos “Sin novedad en el frente” (1930), “Adiós a las armas” (1932) o “La Gran Ilusión” (1937). En los años 50 se retomaría el género de manos de una segunda revisión de “Adiós a las armas” y el magistral “Senderos de Gloria”, las dos de 1957. En los años 70 y 80 nos encontraríamos con “Johny cogió su fusil”, “El barón rojo” (ambas de 1971) o “Gallipoli” (1981) y ya en las últimas décadas con “Capitán Conan” (1996), “Feliz Navidad” (2005) o “Caballo de guerra” (2011). Citando así algunas de las principales películas sobre el tema.

Algunos de estos largometrajes estarían apoyados en novelas (y experiencias personales) de grandes escritores como Erich Mª Remarque o Ernest Hemingway teniendo así, la mayoría de los mismos, un carácter antibelicista y sirviendo de esta manera, para denunciar lo absurdo de la guerra.

En este caso, la película se basa en la novela “Amor eterno” publicada en 1991, de Sébastien Japrisot, que sigue con bastante fidelidad. Todo esto convierte a la presente obra no solamente en una cinta de trasfondo bélico, sino (y sobre todo) en un apasionado romance de intriga detectivesca.

El presente largometraje ofrece también, una cuidadísima reconstrucción de la época en lo referente a escenografía (edificios, interiores, vestuario, vida material, maquinaria, etc), apareciendo imágenes que parecen sacadas de fotografías coetáneas, pero no solo eso, sino que Jeunet en su ya característico estilo minucioso, en algunas escenas juega a rodar, reproducir secuencias del cine mudo (haciendo así a un homenaje al “cine dentro del cine”).

Todo esto se encuentra aderezado por la magistral fotografía de Bruno Delbonnel (que nos sugiere en ocasiones los tonos de las fotografías antiguas) y la inspirada banda sonora dirigida por Angelo Badalamenti.

Finalizaré haciendo una breve reseña cinematográfica del citado director Jean-Pierre Jeunet (“Delicatessen”, 1991; “La ciudad de los niños perdidos”, 1995; “Amélie”, 2001); siempre pendiente de ese detallismo minucioso tanto en la recreación material (sobre todo mecánica) ya aludida, como en el meticuloso desarrollo de la trama.

Cómo olvidar además a la magnífica Audrey Tautou, protagonista por supuesto, de la ya citada “Amélie”, “El código Da Vinci” (2006) o “Coco avant Channel” (2009) entre otras.

El resto son formidables actrices y actores de reparto, la mayoría franceses (Marion Cotillard, Dominique Pinon, André Dussollier o Tcheky Karyo), aunque sin olvidar a Jodie Foster.

Todo este elenco contribuye por tanto, a engrandecer esta obra maestra del cine reciente que es “Largo domingo de noviazgo”.

Selección y reseña: Pedro Vizcaíno

Tomates verdes fritos (Joan Avnet, 1991)

El encuentro casual en un geriátrico entre un ama de casa desesperada y una anciana que ha sobrevivido a todos sus seres queridos es la excusa para meternos de lleno en una historia inolvidable ocurrida en los años 30 en plena depresión económica en un pueblecito de Alabama, Whistle Stop.

Ninny, que así se llama la viejecita, relata a su nueva amiga Evelyn las historias cotidianas( y no tan cotidianas) compartidas con los habitantes de la pequeña población sureña , con sus problemas de esclavitud, alcoholismo, violencia, machismo, maltrato, racismo , feminismo, pobreza e , incluso , canibalismo. Historias que ayudarán a Evelyn a superar sus problemas de falta de confianza en sí misma ( genial la escena en que Evelyn, llena de rabia, golpea el coche de dos mujeres jóvenes y guapas que le habían usurpado su plaza de aparcamiento en un supermercado).

La guionista y escritora, Fannie Flag, recibió muchas negativas antes de poder adaptar su novela al cine, y fue candidata al Pulitzer y además nominada al Oscar al mejor guión adaptado.

El reparto es excelente, mayoritariamente femenino, y , quizás por eso, el secreto de esta película reside en que nos encontramos ante una historia entrañable sobre dos mujeres ( Idgie y Ruth ) que van alimentando y tejiendo un tapiz, fruto de su amistad y de su amor, que consigue conquistarnos a través de su historia vital. “Towanda”, el grito de guerra de Idgie, representa el sentimiento de libertad y de lucha contra las injusticias , de rebelión contra las reglas e imposiciones de la sociedad que la envuelve y de superación de todas las adversidades que se encuentran en la vida.

Esta película es, en resumen, una historia preciosa sobre la amistad y el amor, una mezcla de comedia negra, humor y melodrama , una fábula contra el racismo y la violencia de todo género y un canto al feminismo, a la mujer.

Os la recomiendo, os gustará.

Selección y reseña: Teresa Gómez

 

Superlópez (Javier Ruiz Caldera, 2018)

Esta película está basada en el cómic creado por Jan, ‘Superlópez’, que narra la historia del superhéroe del mismo nombre, proveniente del planeta Chitón.

La historia narra los orígenes del héroe español, cuando un bebé alienígena aterriza en Cataluña. Protagonizada por Dani Rovira y dirigida por Javier Ruiz Caldera, esta exitosa película se acaba de estrenar.

Nacido como parodia del Superman de DC Cómics, las historietas de Jan giran en torno a Jo-Con-Él, un bebé que tras colarse en un cohete acaba en la tierra adoptado por el matrimonio López. Crece como un humano más pero intentando controlar sus poderes, además de dedicándose a luchar contra el mal. Como adulto, trabaja en una oficina de Barcelona mientras ejerce como superhéroe a escondidas bajo el nombre de Superlópez .

En la gran pantalla, muy recomendable para público de todas las edades, mezclando la risa fácil, los personajes extremos, el bueno por antonomasia, su antagonista y los logros, cual epopeya que ensalzarán la figura del héroe que venciendo cualquier situación complicada conseguirá salvar su mundo actual, la Tierra, y el planeta donde aún viven sus padres. No pudiendo ser de otra forma, tendrá presencia el amor, motor para el buen discurrir y final de la historia, y escaparate de reacciones y conductas tiernas, loables y cómicas a la vez.

Selección y reseña: Mar Castro

Paseo por el amor y la muerte (John Huston, 1969)

La segunda película que nos traslada a la Edad Media este curso, es una de las realizaciones menos conocidas (y no por ello menores) del genial John Huston (1906-1987). Es la primera vez que nos visita este genial creador norteamericano de origen irlandés (nacionalidad que adoptó desde 1964) De su filmografía destacan clásicos como El halcón maltés, El tesoro de Sierra Madre, Cayo Largo, La jungla de asfalto, La reina de África o El hombre que pudo reinar. Otras obras igualmente magníficas serían, La roja insignia del valor, Molin Rouge, Moby Dick, Los que no perdonan, Vidas Rebeldes, El juez de la horca o Dublineses.

Al analizar La Papisa Juana, ya hubo una relación filmográfica de películas cuya trama se sitúa en algunos momentos de la Edad Media, aunque más bien en su primera etapa. Algo más tratado ha sido el periodo bajomedieval. En este caso los ejemplos han intentado ser más serios o cuando menos, huir de los lugares comunes ya citados. Procede por tanto, citar ahora algunos títulos cinematográficos que recrean estos siglos finales de la Edad Media.

En primer lugar aparecen las numerosas visiones de Juana de Arco, destacando aquí la magnífica versión del director Jacques Rivette. Relacionadas con el hecho de la Guerra de los Cien años nos encontramos así mismo, las películas basadas en las obras de Shakespeare como Enrique V, Campanadas a Medianoche o Ricardo III.
Destacaré por otro lado, largometrajes no demasiado conocidos y sin embargo interesantes como El flautista de Jacques Demmy, La pasión de Beatriz de Bertrand Tavernier o El misterio de Wells, o las más recientes y mediocres En tiempo de brujas o Black Death. Producciones curiosas nos encontraríamos también en el cine alemán como La ramera errante, o Dos Pasos sin cabeza (esta última sobre un corsario de la Hansa) o en el cine escandinavo como Flukt (Escape). Siguiendo en el este ámbito del norte de Europa por supuesto destacaré una obra maestra no solo de la Historia en el Cine, sino de la Historia del Cine como El séptimo sello de Ingmar Bergman. Otro magnífico clásico del Cine contemporáneo cuya acción se sitúa a finales de la Edad Media, sería El nombre de la Rosa.


Incluso en el género del cine fantástico, aparecen dos curiosos viajes en el tiempo: la producción neozelandesa Navigator (en la que un grupo de mineros ingleses, en la época de la Peste Negra, llegan a los confines del Mundo) y la norteamericana Timeline, (esta última de un grupo de arqueólogos a la Francia del siglo XIV).

Finalmente en el cine español no se han prodigado ejemplos de este tipo, pero recordaré la irregular El libro de Buen Amor. En los últimos 30 años nos encontramos series como la interesante Requiem por Granada, Pedro el Cruel o también la reciente Isabel; las dos últimas con aciertos y algún que otro fallo de puesta en escena y/o guión.

Volviendo al largometraje de esta semana, basado en la novela de H. Koningsberger, constituye una pequeña joya, que como si de una sutil miniatura se tratase, nos sumerge en la turbulenta y a la vez delicada Francia bajomedieval. Todos los grupos sociales de final del Medievo aparecen en este “retablo cinematográfico”. Las postrimerías de la Edad Media y su crisis ante nuestros ojos. Las miserias, las supersticiones, la violencia… pero también la poesía, la esperanza, la vida. La “jacquerie” (revuelta campesina) y su posterior represión de otro lado, el amor cortés, la música, el lirismo…

Campesinos y caballeros, religiosos y laicos, místicos y comediantes, feudo y ciudad, almas puras y ambiciones desalmadas.

Eros y Thanatos: Amor y muerte.

Desde el punto de vista cinematográfico también un lujo.

A la cuidada ambientación y unos acertados diálogos, se le unen la fotografía de Ted Scaife y la música de Georges Delerue.

Por otra parte, y en lo relativo a las características interpretativas, la presentación de Anjelica Huston (hija del director) de amplia trayectoria, en esta obra se completa con Assaf Dayan, (hijo del político y militar Moshé Dayan) y de actores de reparto como Anthony Corlan, John Hallam o Eileen Murphy, además de la breve intervención del propio Huston como señor del castillo.

Unas hojas del “otoño de la Edad Media”, como diría el maestro Huizinga, que vuelan ante nosotros al estilo de una “road movie” a pie y a caballo.

En definitiva, una más que recomendable cita cinematográfica cuya reseña no podía faltar en la “Película de la semana”.

Selección  y reseña: Pedro Vizcaíno (Departamento de Geografía e Historia)

 

Blancanieves y los siete enanitos (Walt Disney, 1937)

Comenzamos el año con la primera película de animación que reseñamos en este espacio. Todo un clásico: Blancanieves y los siete enanitos. Aunque, como directores, aparecen acreditados David Hand, Wilfred Jackson, Lary Morey, Ben Sharpsteen, William Cottrell y Percival C. Pearce, no creo que se sientan molestos al ligar el nombre de Walt Disney, uno de los grandes creadores cinematográficos del siglo XX, a esta película clave en la carrera de su productora, que abrió una novedosa puerta en la industria del séptimo arte, acercando al gran público posibilidades de narración cinematográfica ajenas a la plasmación de la inmediata realidad. El cine de animación, tan asumido hoy por hoy, tuvo que hacerse su hueco y, sin duda, Disney contribuyó de manera decisiva a popularizar la tendencia con esta preciosa película, plagada de inolvidables escenas, que obtuvo el reconocimiento de la industria gracias al Óscar honorífico que se le brindó.

Blancanieves y los siete enanitos es uno de los primeros largometrajes de dibujos animados de la Historia del Cine. Además, sentó las bases de una de las tendencias ususales del género: el uso de las narraciones folklóricas, que tan buenos resultados ha dado en otros títulos también de Disney como La bella durmiente, La sirenita o Frozen.

No obstante, no debemos olvidar que, en otras ocasiones, Disney ha adaptado clásicos literarios no pertenecientes a la cuentística popular como El jorobado de Notre Dame o La bella y la bestia, atreviéndose incluso a hacer un curioso acercamiento al trágico universo de Shakespeare con El rey león.

Terribles madrastras, bosques siniestros, abandonadas princesas y amables enanos son algunos de los muchos elementos (la mayoría de ellos, en contra de lo que suele creerse, absolutamente terroríficos) que os encontraréis en esta obra maestra sustentada en una no menos admirable música que sabe conjugarse a la perfección con un estilo de animación artesanal (¡qué hermoso uso del color el de esta película!) hoy por hoy en desuso (lo que hace de esta película una joya todavía más hermosa y singular, una pieza de arte de vanguardia que quizás deba su sentido escapista a su gestación durante el periodo de entreguerras).

Una adolescente que renuncia a su naturaleza por satisfacer sus deseos (La sirenita), una madre asesinada por un anónimo cazador (Bambi), una señorona que no duda en sacrificar una tierna camada de perros por lucir un abrigo de pieles (101 dálmatas)… El cine de Disney puede leerse desde una curiosa perspectiva ligada al gusto del arte por la crueldad (no ausente, obviamente, en la película que os proponemos), sin embargo, también es cierto que nunca debéis olvidar que un beso de amor verdadero puede incluso rescataros de las garras de la misma muerte.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

La mejor oferta (Giuseppe Tornatore, 2013)

Virgil Oldman (Geoffrey Rush) está considerado como el mejor agente de subastas. Compra, tasa y vende obras de arte para las que tiene un ojo clínico que le permite distinguir lo auténtico de lo falso. De carácter excéntrico, por ejemplo posee una cantidad ingente de guantes para evitar que la gente le toque, es un sibarita en el comer, en el vestir y en el beber.

Sin embargo en lo sentimental se revela temeroso y apocado y se rodea de cosas bellas para poner una distancia emocional con las personas. Este desapego trata de compensarlo con su obsesión oculta: con la ayuda de Billy Whistler (Donald Sutherland) ha reunido de forma un tanto ilegal una colección privada de retratos maestros de mujeres que disfruta en una habitación escondida de su casa, el único sitio donde, en realidad, se siente seguro o donde quizás puede bajar la guardia y mostrarse vulnerable.

La acción comienza cuando Claire Ibbetson (Sylvia Hoeks), una misteriosa heredera, se pone en contacto con él para que subaste una gran colección de antigüedades y de obras de arte que le han legado sus padres junto a una desvencijada villa. Cuando Rush va a visitarla, Claire no se quiere mostrar, pues sufre de agorafobia, y así se desencadena una historia en la que nada es lo que parece y por la que nos va conduciendo Tornatore de forma sutil, y en parte tramposa, por el camino del amor redentor, que luego no lo es, de la venganza y del misterio al más puro estilo de Hitchcock. También merece ser destacada la banda sonora de un venerable Ennio Morricone, leyenda viva de la música para el cine.

Selección y reseña: Ana Bellé (Departamento de Matemáticas)

La jungla de cristal (John McTiernan, 1988)

Cuando se me planteó la posibilidad de escribir una reseña de una película para la biblioteca de nuestro instituto se me pasaron por la cabeza varios títulos muy diferentes y me pregunté qué películas veía yo en mi época de alumno de instituto. Inmediatamente me vino al pensamiento La Jungla de cristal III y ese policía, ese tal John McClane. Y como todo tiene un principio, pensé en reseñar el inicio de esta saga de acción que tan popular fue en la década de los años noventa.

La Jungla de Cristal es el nacimiento de Bruce Willis como héroe de acción en una larga carrera a la que sigue sumando títulos y títulos de importancia. Antes de convertirse en héroe de acción Bruce Willis destacaba en la serie de televisión norteamericana Luz de luna, en la que hacia gala de su cara bonita y de su buena presencia, pero muy lejos de lo que se podía considerar un héroe de acción en ese momento.

El papel de John McClane fue ofrecido a actores de la talla y trayectoria de Frank Sinatra, Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Burt Reynolds, Nick Nolte, Robert De Niro, Charles Bronson, Richard Gere, Don Johnson, Richard Dean Anderson, Tom Berenger, Harrison Ford o Mel Gibson. Sin embargo, en una arriesgada pero acertada decisión se optó por Bruce Willis a cambio del nada desdeñable sueldo de cinco millones de dolares. La decisión fue complicada, ya que el actor seguía con el rodaje de la serie Luz de luna y por la noche continuaba su jornada laboral para rodar esta película.

La Jungla de cristal parte de una idea o argumento muy sencillo: un rascacielos de cristal de la ciudad de Los Ángeles, la torre Nakatomi (este escenario de rodaje es, en realidad, la misma sede de la 20th Century Fox, la productora de la película) es secuestrado por una banda de terroristas con tan mala suerte de que dentro, aburrido en una fiesta a la que se ve obligado a acudir, se encuentra un policía de Nueva York, John McClane, que luchará sin descanso por acabar con todos los secuestradores y, sobretodo, por salvar a su mujer.

Un argumento demasiado sencillo para una película tan recordada treinta años después… entonces, ¿qué es lo que hace especial a la Jungla de cristal? Para entenderlo debemos tener en cuanta el cine de acción que se realizaba en esas fechas. Películas de acción como Rocky IV (1985) y Rambo III (1988) protagonizadas por Sylvester Stallone o Conan el Bárbaro (1982) o Predator (1987) protagonizadas por Arnold Schwarzenegger mostraban héroes que eran auténticas montañas de músculos pero no muy dados a hablar ni a mostrar debilidad alguna. John McClane es diferente; es un hombre inseguro (es un héroe que teme subir a un avión), con problemas familiares (la relación con su mujer está a punto de romperse) y preocupaciones cotidianas (no se encuentra a gusto en la fiesta a la que se ve obligado a acudir). Es un héroe cercano y muy humano con el que el espectador tiene facilidad para empatizar.

A partir de la Jungla de cristal el cine de acción y sus héroes cambiaron para siempre por lo que se suele considerar a Bruce Willis en su papel de John McClane el iniciador de un nuevo héroe circunstancial y humanizado, y ese es uno de los valores de esta saga en la historia del cine de acción.

Selección y reseña: Sebastián Solana (Departamento de Lengua Española y Literatura)

La mujer del cuadro (Fritz Lang, 1944)

Richard Wanley, (un genial Edward G. Robinson, icónico gangster en las mejores cintas de cine negro, pero aquí un hombre común) es  un profesor de psicología de mediana edad con una vida decente, monótona y ordenada. Alterna las tardes entre las conferencias universitarias, las reuniones familiares y las charlas con los amigos en el club. Todo cambia cuando su mujer y sus hijos parten de vacaciones, y Richard se queda de rodríguez…

Una noche, volviendo a casa, se queda prendado de un retrato de mujer que divisa a través de un escaparate.

Aquí es cuando entra en escena Alice Reed, la mujer fatal (la gélida Joan Bennet con la que compartirá escenas un año más tarde en Perversidad). Alice invita a Richard a su apartamento, Richard decide aceptar y entonces los acontecimientos se precipitan: una discusión, un cadáver, chantaje, suicidio….

Atrapado entre su sentido de la moralidad y la necesidad de salvar el pellejo, Richard usa sus conocimientos de criminalística para tratar de borrar las huellas del desastre: los objetos del crimen y las huellas dejadas en su comisión, cualquier pista involuntaria que apunte a la pareja. Mientras, la policía estrecha el cerco.

Fritz Lang elabora su film como un artesano, y marca el ritmo a base de relojes y espejos, todo rodeado de una atmósfera oscura, opresiva, y bajo una omnipresente lluvia. Un clásico del cine negro espléndidamente construido pero que sobrepasa las convenciones del género: El criminal conoce las reglas del juego pero es un hombre corriente, incluso torpe en ocasiones, y la femme fatale derrapa entre la manipulación y la candidez. Quizás la presencia inusual de estos personajes desorientó a parte de la crítica, aunque tampoco ayudó demasiado que su estreno coincidiera en cartelera con otras joyas canónicas del género: Laura de Otto Preminger, Perdición de Billy Wilder y Tener y no tener de Howard Hawks.

Quien visione el film por primera vez se sorprenderá ante la profundidad del debate psicológico que Lang impone al protagonista -un poco de pimienta para el encorsetado cine negro de preguerra- que le hace dar bandazos entre la ética de lo moralmente aceptable (lo convencional, lo correcto, la rutina del buen padre de familia) y el deseo profundo de aventura y riesgo que encarna la misteriosa mujer.

Una película que no decepciona. Difícilmente puede hacerlo porque, por si fuera poco, el genial  genial austriaco nos ofrece dos desconcertantes finales.

Selección y reseña: Miguel Ángel Aragüés (Departamento de Lengua Española y Literatura)

Todos lo saben (Asghan Fashadi, 2018) 

El director de esta película es el iraní Asghan Fashadi (1943), quien ha recibido numerosos premios, como un Globo de Oro o dos Óscars por The Salesman y por Yodai e Nadir az Simin. Entre otras obras de este autor podemos citar Historia de una ciudad o Vil altitud de la que fue guionista.

La película Todos lo saben es una coproducción entre España, Francia e Italia y fue rodada durante el verano de 2018 en un pueblo español que refleja la esencia castellana. Sus actores también son españoles: Penélope Cruz, Javier Bardén, Ricardo Darín, Inma Cuesta, Bárbara Lennie…

Podemos considerarla un thriller psicológico, cuyo argumento empieza cuando Laura viaja con sus hijos (un chico y una chica ) pero sin su marido, desde Argentina a España (donde nació) para acudir a la boda de su hermana. Tras unos primeros días felices, se produce un hecho: el secuestro de la hija de Laura, de forma desconcertante y que va a trastocar el devenir de los acontecimientos.

A partir de la desaparición, se producen una serie de hechos que desconciertan al espectador (fundamentalmente personajes cuyas vidas pasadas generan numerosos recelos y que nos llevan a pensar que cualquiera puede ser el secuestrador).

El film puede considerarse largo, pero mantiene la atención del espectador de forma constante. La psicología de cada uno de los personajes se puede conocer a lo largo de todo el proceso de la historia. El ambiente en el que se desarrolla también contribuye al desarrollo del argumento, convirtiéndose en un personaje más de la trama.

El final, en su episodio principal, se resuelve de la forma esperada; sin embargo la historia va a tener consecuencias agridulces. Y lo más intrigante es que lo que todos creemos que saben no es lo importante, porque todos saben algo distinto de lo esperado, que no obstante contribuirá a resolver la historia de una manera no trágica. Sin embargo, en el proceso todos quedan salpicados por las heridas del pasado, que deberán cicatrizarse en el futuro y cuya circunstancia presente sólo ha hecho aflorar lo que estaba oculto pero latente y deseando salir a la luz.

Desde mi punto de vista, el secuestro que parece al principio una tragedia, sirve en realidad de catarsis, es como el vinagre que escuece pero cura, liberando de ataduras morales arcaicas prácticamente a todos los personajes (tanto protagonistas como secundarios).

El entramado de la historia es aparentemente el de un thriller, pero a través de este armazón se desgranan las creencias, pensamientos, prejuicios, pecados en general de toda la sociedad que aparecen en ella y particularmente de los personajes directamente implicados.

No es casualidad que se desarrolle en un pueblo, donde determinadas mentalidades suelen estar más arraigadas y donde el pueblo como conjunto se convierte en el juez implacable que señala con el dedo a los que no cumplen las “normas” impuestas. Pero mientras estas normas imperan, también ese pueblo conoce los secretos que se esconden bajo las apariencias. Por eso ocultan aquello que les conviene, manteniendo una mentira como si fuera una verdad. Ocultar la verdad forma parte de sus vidas y al conocerse dicha verdad descubrimos estupefactos que este pueblo que parece casi idílico al principio, no es más que un lugar que ya ha perdido definitivamente la edad de la inocencia, que se enfrenta de forma brutal y general a sus propios fantasmas y del que sospechamos que quizá tras este revulsivo que lo bambolea, vuelva a dormir la siesta, como Vetusta.

En definitiva, creo que la obra ha sido dirigida por mano certera, pero también han contribuido a crear el clima más apropiado los actores que participan, quienes construyen sus personajes de forma impecable, bajo mi punto de vista.

Selección y reseña: Avelina Pablo Urbano (Departamento Lengua Castellana y Literatura)

 

LA PAPISA JUANA (Michael Anderson, 1972)

Nos encontramos en mitad del siglo IX, durante un periodo turbulento de la Historia de Europa.

La Papisa Juana, ¿leyenda o realidad? Se suele admitir que entre los años 855 y 857 una mujer, ocultando su propio sexo, se convirtió en Papa. Esta circunstancia coincidiría con el Papado de Benedicto III durante la usurpación de Anastasio el Bibliotecario.

El hecho, sin embargo, podría también situarse años después, entre el 872 y el 882, coincidiendo así durante el Papado de Juan VIII.

Esta Juana o Joana habría nacido, según unas fuentes, cerca de Maguncia, hacia 822 y se la conoció como Juan el inglés. Su padre habría sido un monje germánico. ¿Hija de un monje?

Todas estas circunstancias puede que nos resulten incoherentes en una sociedad teocrática y patriarcal, pero al fin y al cabo esta situación se desarrolla a mitad del siglo IX, una época confusa y cambiante en lo social y lo político, no solo en la Historia de Europa, sino en la Historia de la Iglesia. Estamos aún lejos del refuerzo del papel que esta institución tendrá a partir de mitad del siglo XI y por supuesto de la “Ecclesia triumphans” de la Contrarreforma. Son los “siglos de hierro” de la Iglesia.

¿Y cómo refleja esto el largometraje? Pues en una obra que muestra con el mayor rigor posible entonces (la producción es de 1972) la información y las leyendas sobre Juana contrastadas hasta la fecha. La recreación de la época (el ambiente rural, la Roma medieval, el vestuario, las costumbres, los comportamientos) de un momento histórico no demasiado conocido.

El reparto artístico, con la espléndida Liv Ullman (pareja y musa de Ingmar Bergman) a la cabeza, Franco Nero (sólido intérprete de la época) y otros “secundarios” de lujo como Olivia de Havilland, Trevor Howard, Maximilian Schell o Lesley-Anne Down, contribuyen a dar solidez y calidad al largometraje, basado en una novela de Donna Woolfolk Cross.

Si a esto unimos la labor del director Michael Anderson (La vuelta al mundo en 80 días, Las sandalias del pescador) y del escritor (como guionista en esta ocasión) Lawrence Durrell, junto con la fotografía de Billy Williams y la música del prestigioso Maurice Jarre, nos encontraremos ante una obra digna, al menos de ser tenida en cuenta como referencia del cine de recreación histórica y más de esta época concreta de la cual no hay demasiadas muestras.

Precisamente algunas de éstas, son aquellas que han hecho incursión en las “películas de vikingos” con algunos interesantes ejemplos (como Ojo por ojo o La venganza de los vikingos de Hrafn Gunnlaugsson y series como El último reino o alguna temporada de Vikingos) en las últimas décadas. En este apartado es de destacar la última incursión en este “subgénero”, dentro del cine ambientado en la Edad Media, la producción Redbad de Roel Reiné (actualmente en cartelera), que precisamente incluye, al igual que alguna de las series citadas, la Francia carolingia en su trama.

Otra temática (o “subgénero”) a destacar, sería el de las películas sobre Papas o figuras ligadas al Papado, con ejemplos como El tormento y el éxtasis,  Amén, Habemus papam, la ya citada Las sandalias del pescador o las series sobre los Borgia, por citar obras de diverso enfoque sobre dicha institución.

Para volver a la película que hoy nos ocupa, destacar  por supuesto, y como versión posterior de la historia que el presente largometraje nos muestra, la producción alemana para la televisión Die Päpstin (La Mujer Papa, 2009) interpretada por Johanna Wokalek y John Goodman, que recrea con más realismo aún y con un metraje mayor,  el hecho histórico que hoy tratamos.

Selección y reseña: Pedro Vizcaíno (Departamento de Geografía e Historia)

 

CON FALDAS Y A LO LOCO (Billy Wilder, 1959)

Continuamos con nuestra cinematográfica sección y lo hacemos con una comedia. ¿Comedia e Historia? ¿Por qué no? 

Lo hacemos además con uno de los títulos emblemáticos y más conocidos de uno de los más emblemáticos y conocidos a su vez directores de la Historia del Cine, Billy Wilder. Si, “Con faldas y a lo loco”.

Los “locos 20”, los años del “charleston” y el jazz, la “Ley seca”, el gansterismo”, la corrupción asociada a la “Prohición” y a la “Burbuja”… tan lejos, tan cerca.

En el Cine, esta época ha sido tratada en numerosas ocasiones. El propio cine de aquella década reproduce su ambiente desde el cómico (Chaplin, Harold Lloyd, Buster Keaton, Laurel y Hardy) hasta el más dramático (“Una mujer de Paris”, “Amanecer”, “Y el mundo marcha”…).

Como el panorama de las películas ambientadas en aquellos años constituiría otra de esas listas interminables, citaré algún título significativo que se centre más bien en el tópico de los “locos años 20” en EEUU y sea similar al largometraje que nos ocupa: El propio título de 1939 “Los violentos años 20”, la segunda película de la saga de “El Padrino”, o “Los Intocables” nos llevan al mundo del hampa, de la mafia. Siguiendo con esto pero enlazándolo con la comedia, nos encontraríamos con “Primera plana” (también de Billy Wilder) “Balas sobre Broadway” (de Woody Allen), o los musicales “Cotton Club” o “Chicago”. La más reciente “The artist”, constituye un homenaje en el fondo y en la forma al tema que nos ocupa.

En el mundo de las series para televisión no podemos olvidar “Boardwalk Empire”.

Por supuesto esta película no se suele encuadrar dentro de “Cine de recreación histórica”, pero el salto de décadas (se rueda en 1959), su ambientación, estética musical, la propia realización en blanco y negro, etc, la situarían ahí sin ningún problema.

Volvemos de nuevo a Billy Wilder (1906-2002). Glosar su carrera y su genio, sería también imposible en el espacio que nos queda. Comedias como “Sabrina”, “El apartamento”, “Un, dos tres”, “Irma la dulce”, pero también dramas como “El crepúsculo de los dioses”, “El gran carnaval”, “Testigo de cargo”, etc nos hablan de la versatilidad este maestro del Cine.

En lo referente a sus protagonistas, ¿qué decir de Jack Lemon, Tony Curtis o Marylin Monroe? Pero no hay que olvidar a actores de reparto como George Raft o Pat O’Brien.

La desternillante trama de enredo, estructurada por la maestría de sus protagonistas, consiguen el efecto deseado, al que se unen la ambientación, la banda sonora y por supuesto los geniales diálogos.

Citar para acabar un dato no siempre conocido,Some Like It Hot” es la versión estadounidense de la película francesa Fanfare of Love (1935) con guion de Peter Thoeren y Michael Logan. Adaptada por el propio Wilder e Ial Diamond.

Selección y reseña: Pedro Vizcaíno (Departamento de Geografía e Historia)

 

CENTURIÓN (Neil Marshall, 2010)

Este largometraje británico muestra con una mezcla de rigor y espectacularidad la peripecia de la IX legión romana en la Caledonia (actual Escocia), en el primer año de gobierno del emperador Adriano,  a principios del siglo II de nuestra era, cerrando el “limes” del Imperio.

Algunos críticos la han tildado de “gore” (hay escenas de batalla  que hablan del intento de conquista de un pueblo independiente por parte de un Imperio), de visión caricaturizada de los pictos (personalmente considero que es un intento de reconstrucción arqueológica de lenguas, modos de vida, mentalidades, etc.).

Sin embargo, algunos detalles imprecisos serían que justamente la IX no sería destruida en Caledonia, sino que fue enviada a la frontera con el  Rhin (como demuestran recientes excavaciones arqueológicas). Por otro lado, el gobernador de Britania Agrícola, “azote de los caledonios”, había muerto unos veinte años antes de la acción narrada.

“Centurión”, en cualquier caso, no es “cine de romanos” al uso, sino “una historia de angustiosa persecución. Una ‘road movie’ a caballo asistiendo a un enfrentamiento bélico que la película observa no como la típica de buenos y malos, sino con respeto por dos pueblos que poseen sus motivos para trenzarse en disputa”- en palabras de Alberto Posso, crítico de “El País”.

Finalmente, tanto por su intento de recrear con rigor  y realismo ciertos aspectos no muy conocidos de la presencia romana en Britania, como por su puesta en escena (fotografía,  tonos azulados rozando el blanco y negro, primeros planos, manejo dinámico de la cámara, etc.), así como su tensión, cierto suspense y lirismo final, merece el visionado esta interesante, reciente, y no muy conocida obra del cine de inspiración histórica.

Selección y reseña: Pedro Vizcaíno (Departamento de Geografía e Historia)

 

GRAVITY (Alfonso Cuarón, 2013)

Desde sus orígenes, el cine ha sentido fascinación por el espacio y sus misterios y enigmas. Ya George Meliés, a comienzos de siglo, adaptó la excelente novela de Jules Verne, Viaje a la Luna, constituyendo una propuesta seminal del género de ciencia fcción. Conforme la técnica audiovisual avanza y mejora, las propuestas cinematográficas se perfeccionan conquistando cimas. 2001: una odisea del espacio, La guerra de las galaxias o Alien constituyen una trilogía referencial de la que bebe la impecable película de Alfonso Cuarón (sobre todo de las propuestas de Stanley Kubrick y Ridley Scott).

Así, sin llegar a la complejidad metafísica de 2001, la película de Cuarón también da pie a una lectura en clave existencial, en la que el ser humano debe hacer frente a sus miedos y temores, al abismo sombrío de lo que hay más allá de lo que conocemos. El misterio de la vida y de la muerte se articulan en un producto lleno de tensión, capaz de provocar el mismo terror atávico que el clásico de Scott, en el que el espacio se antoja un hábitat adverso para nuestras vidas.

El ser humano frente a lo incognoscible, a solas, con sus dudas, sus temores, sus esperanzas… Precioso plano final el de una Sandra Bullock mirando ese cielo enigmático, esa infinita nada de la que venimos y en la que desaparecemos, aferrados por gravedad a un pedazo de galaxia al que hemos llamado Tierra.

Gravity es una película mística, si bien ajena, como ya he sugerido anteriormente, a la complejidad conceptual de, por obvias similitudes, el 2001 kubrickiano. La película de Alfonso Cuarón está más cerca de la llaneza emotiva de los versos de San Juan de la Cruz, posée la singular virtud de conmover a través de un minimalismo envidiable.

Con escasos elementos, Cuarón va mucho más allá de otros angustiantes ejercicios de estilo (recuérdese, al respecto, Open water), alumbrando un corpus fílmico que pone al espectador cara a cara con sus dramas personales, sus demonios, sus angustias existenciales, sus hijas perdidas…

Gravity es una película de belleza musical, donde el sonido y la luz se alían con los actores (o, debería decir, su actriz), sus voces, sus expresiones, sus movimientos, para crear un ritmo perfecto, conmovedor, sinfónico, que nos habla de lo que sólo a través del arte puede decirse.

Está hecha con lágrimas de musa, pertenece a ese lugar en el que lucen las estrellas y al que, posiblemente, sólo llegaremos cuando nos apaguemos, cuando nos desprendamos de toda gravedad.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Depatamento de Lengua Española y Literatura)

 

GRAN TORINO (Clint Eastwood, 2008)

Gran Torino constituye una de las obras cinematográficas más completas de Clint Eastwood. Dirigida y producida por él, también supone una de sus últimas apariciones como protagonista en la gran pantalla, en la que puede considerarse una actuación magistral gracias a la cual consigue que su personaje conquiste al espectador.

El título de la película está directamente relacionado con un coche, el bien más preciado del protagonista, Walt Kowalsky. El Gran Torino representa el pasado de este anciano trabajador de la industria del automóvil estadounidense, un viudo que no tiene relación con su familia y que tiene una historia personal de la que se siente orgulloso al mismo tiempo que atado. Representa también una metáfora del estilo de vida, de los valores y de las costumbres de la sociedad norteamericana. El intento de robo de dicho coche desencadena una serie de acontecimientos que trastocan por completo su vida y le hacen cambiar, en cierto modo, su visión del mundo.

La historia narrada en la película está basada en un relato escrito por el autor nobel Dave Johnson y supone una parábola en la que su protagonista va sufriendo una transformación importante. Walt Kowalsky es un personaje difícil, un viejo gruñón. Su participación en la Guerra de Corea (1950-53) le ha dejado una profunda huella que le impide avanzar, huella vinculada a la creencia de que los fantasmas del pasado siguen todavía presentes y que los enemigos a lo que se enfrentó en aquel conflicto continúan siéndolo todavía. Por ello sus prejuicios continúan intactos, sobre todo en un momento en el que su vecindario, antes ocupado por “buenos y fieles norteamericanos” está siendo “invadido” por inmigrantes, la mayoría de ellos pertenecientes a la etnia hmong. Esta realidad provoca que esas costumbres y valores típicamente norteamericanos se vayan mezclando, diluyendo, enriqueciendo, a pesar de que el protagonista no sea capaz de verlo.

En un principio el desarrollo de la película sorprende ya que Clint Eastwood representa a un personaje sin pelos en la lengua y que no tiene inconveniente en mostrar sus prejuicios. Sus intervenciones están impregnadas de palabras malsonantes, de tópicos, de cajas destempladas,  pero uno no debe dejarse engañar por ello. La verdadera esencia de la película es otra, con ella el autor intenta reírse de los prejuicios, pretende mostrar a un hombre protegido con una fuerte coraza con la que aspira a defenderse de los cambios pero que se resquebrajará en el mismo momento en que sus vecinos le muestren algo de afecto. Porque a lo largo de la película se nos van describiendo los principales personajes, los familiares más cercanos de Walt y también a sus vecinos, los hmong, consiguiendo así que el espectador se ponga de parte del protagonista y entienda, en cierto modo, su forma de ser, de actuar, su comportamiento. Incluso se llegan a valorar algunas de sus principales premisas y se entienden todas las decisiones que va tomando a lo largo del desarrollo de la película.

No es mi intención desentrañar la esencia misma de la película pero Clint Eastwood consigue tratar un tema muy actual de una forma  amena e impregnada de humor, un humor un poco negro, en algunas ocasiones, pero que consigue que al finalizar la película no se sepa bien si se ha reído o llorado más. Sólo puedo decir que cuando acabó yo tenía una sonrisa en los labios mientras no podía dejar de llorar.

Selección y reseña: Paula Sebastián (Departamento de Gegrafía e Historia)

BLADE RUNNER (Ridley Scott, 1981)

Blade Runner es una de esas películas consideradas de culto. Está unánimemente reconocida como una de las tres mejores de ciencia ficción de la historia (junto a Metrópolis, de Fritz Lang, y 2001: Una odisea en el espacio de Stanley Kubrick) y para muchos también se encuentra entre las mejores de la historia del cine en general. Personalmente, es la que más me ha marcado. Y por si esto fuera poco, tiene quizá el final más sublime y memorable de todos los posibles, ese monólogo para el recuerdo precisamente sobre el olvido, ese famoso “como lágrimas en la lluvia” donde estalla, como una supernova, toda la lírica concentrada por la gravedad que tiene la propia historia, en un éxtasis capaz de iluminar toda una vida. En definitiva, tan increíble como todas esas cosas vistas por el personaje que “vosotros (los humanos) no creeríais” . Pero tranquilos, no desvelo nada: es mi “visión” viajando por mis palabras.

Pongámonos en situación: está basada en la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, y es uno de esos raros casos en los que la película logra ir mucho más allá que la novela. Se rodó en 1982 pero está ambientada en un futuro que resulta ser prácticamente el de nuestros días: noviembre del 2019 (por tanto, uno de sus atractivos es comparar ese futuro paralelo a nuestro presente). Está dirigida con oficio por Ridley Sott, e interpretada por un solvente Harrison Ford (Deckhard), un espléndido Rutger Hauer (más que nada porque su personaje Roy Batty le viene como anillo al dedo) y otros intérpretes secundarios elegidos con acierto. Pero la magnificencia del film viene dada por una feliz confluencia de sinergias varias, a veces premeditada, a veces casual o improvisada, de profesionales, avatares y peripecias de guión, edición, montaje diseño y rodaje en las que no vamos a entrar. El caso es que salió una Obra Maestra de lo que no iba más que para una simple buena peli. (Algo parecido le ocurrió también, por ejemplo, a Casablanca, incluido su mítico final).

Como sinopsis no diré más que lo que reza el texto tras los créditos :

“A principios del siglo XXI la Tyrrel Corporation desarrolló un nuevo tipo de robot biológico llamado Nexus -un ser virtualmente idéntico al hombre- y conocido como Replicante.

Los replicantes Nexus 6 eran superiores en fuerza y agilidad, y al menos iguales en inteligencia, a los ingenieros genéticos que los crearon.

En el espacio exterior, los replicantes fueron usados como esclavos, en la arriesgada exploración y colonización de otros planetas.

Después de la sangrienta rebelión de un equipo de combate de Nexus 6 en una colonia sideral, los replicantes fueron declarados proscritos en la Tierra bajo pena de muerte.

Brigadas de policía especiales con el nombre de unidades de Blade Runners tenían órdenes de tirar a matar al ver a cualquier replicante invasor.
A esto no se le llamó ejecución, se le llamó “retiro”.

El caso es que esos Nexus 6, con el tiempo, empezaron a desarrollar emociones y consciencia propia, en parte gracias a los implantes de memoria con recuerdos artificiales o, lo que es peor, de otros humanos. Fue una consecuencia imprevista por su creadores que, para remediarlo, los programaron para vivir tan sólo cuatro años, justo cuando empezaban a cobrar consciencia propia (a pesar de almacenar recuerdos de “toda una vida”). La película narra el desesperado intento, tanto más agónico cuanto más sentido, de estos replicantes por reunirse con su creador y prolongar sus vidas
Y es que lo que hace extraordinaria esta película es, por usar un símil, que tiene mil capas como una cebolla, sale de la hondura más fértil, es dulce y te hará llorar, llegando al fondo de las entrañas donde alimenta y te repite, repite, repite, repite… para bien o para mal, hasta que puedas digerir del todo toda su riqueza. Por rizar el rizo, es una película de mil “películas” nunca mejor dicho, mil finas capas, hojas o niveles de lectura uno dentro de otro.


En efecto, para empezar, tiene una estética realmente efectista, posmoderna y cyberpunk, que es toda una experiencia sensorial tanto a nivel visual (basada en los bocetos del mítico Moebius) y sonora (la música de Vangelis, tan mágicamente retro-futurista, tan clásicamente atemporal) que atrapa al espectador desde el primer fotograma y contribuye a crear esa atmósfera envolvente, casi hasta la asfixia, a lo largo de todo el film. Sólo eso contribuye a enganchar a un primer público adolescente que no alcanza a entender muy bien toda su riqueza, pero sin duda planta la semilla de la curiosidad, virtud que a menudo se pierde en la vida adulta.


Luego está la trama en sí, fácil de seguir y que, aunque originalmente fuera planteada como una historia de cómic futurista (recuerden a Moebius), es una mezcolanza armoniosa entre el entretenimiento del cine de acción, la intriga del cine clásico negro, el fatalismo de una gran tragedia griega (pues no deja de ser una revisión del mito de Prometeo), e incluso el romanticismo de una historia de amor… ¿imposible?

Por encima de esa narrativa flotan también elementos del cine más social, con connotaciones más políticas (la eterna lucha entre privilegiados y oprimidos o excluidos, el poder sin control de las mega corporaciones frente a estados semianárquicos, el impacto ecológico del desarrollo, la asimetría entre el hiperdesarrollo tecnológico y el progreso (más lento, o incluso decadente) a nivel moral, ético, político y de justicia social (¿Estamos preparados para el poder que hemos creado jugando a ser dioses? ¿Los sueños de la razón producen monstruos?).


Pero es que luego queda la capa o nivel más existencial y filosófico envolviendo las demás. Se trata de una indagación detectivesca de las grandes cuestiones que atañen a todo ser humano individual y colectivamente. Para empezar, ¿qué nos hace ser humanos? ¿Acaso la materia que nos constituye, la memoria que se pierde “como lágrimas en la lluvia”, la capacidad de sentir emociones, la inteligencia racional, la consciencia, mente o… quizá un espíritu o “alma”? Con todas las implicaciones bioéticas que, como muestra del realismo de la ciencia ficción, el mismísimo Parlamento Europeo ya está debatiendo sobre la posible extensión de algunos de los derechos humanos a futuribles seres con inteligencia artificial, igual que debate esa extensión a ciertos animales. En definitiva, la pregunta por quiénes somos, seguida de eternas cuestiones como de dónde venimos, adónde vamos… ¿Quizá hacia una posmodernidad transhumanista?

Todo ello, por último, aderezado con un rico simbolismo lleno de claves para entender las incógnitas que aparentemente quedan sin resolver, tras solo un visionado, y que hace las delicias de los fans y anima los debates interpretativos en múltiples foros. Pero nada de eso es esencial.
Todo ello sin sobrecargas, con diálogos cortos pero certeros, dejando tiempo para saborearlos pero con ritmo ágil. Resulta ligera y profunda sin ser sesuda. Apta para todos los públicos según su nivel de exigencia o capacidad interpretativa. O, también , para ser vista una y mil veces por un mismo espectador en diferentes épocas de la vida, porque es una película inagotable.

Solo añadir que existen varias versiones de la película en función de variaciones en el montaje (una versión del director, otra de la productora, etc.) donde solo cambian algunos planos o la voz en off, pero no afecta a su esencia, no para el espectador novel. También que recientemente se ha rodado una secuela (Blade runner 2049) con desigual recepción en público y crítica. En mi opinión, sale digna del intento para el riesgo que corría, e iguala incluso a la primera en poder visual y filosófico, pero dista mucho en otros de esos múltiples niveles, y desde luego no tiene ni la banda sonora ni mucho menos el final inigualable de la primera. Sencillamente sobrevive con solvencia a una tarea que le era imposible.


Dejo por último una de sus imágenes más icónicas, para que sirva de enlace con el poema de la semana que me ha evocado: ese pájaro en el pecho símbolo del alma. Y es que quizá la cuestión sobre qué nos hace ser humanos sólo puede ser respondida de manera oblicua, tangencial, en definitiva… ¡poética!. Quizá nuestra naturaleza más profunda sea inefable, sea hacernos nuevas preguntas a cada respuesta, no tener una esencia fija sino creárnosla a cada paso de la existencia. En definitiva: una tarea inacabada.

Selección y reseña: Javier Castán (Departamento de Filosofía)

REBELDES (Francis Ford Coppola, 1983)

Dirigida por Francis Ford Coppola, esta película de 1983 es una adaptación cinematográfica de la novela del mismo nombre de la escritora Susan E. Hinton publicada en 1967. Ambientada en los años sesenta en Tulsa, Oklahoma, nos narra una historia de jóvenes adolescentes en un mundo de desigualdades sociales y bandas rivales marcado por la violencia, donde los protagonistas buscan su propia identidad en una historia marcada por el drama y la amistad. Ponyboy Curtis, un joven huérfano de 14 años, relata sus peleas con una banda rival. En una de esas escaramuzas un chico muere y junto con su amigo Johnny y ayudados por Dallas, se ven obligados a escapar. Por un vuelco del destino, los protagonistas pasan de ser marginados a héroes.

Coppola, director de prestigio ya reseñado en esta página con anterioridad, autor de grandes éxitos y sonoros fracasos en los años ochenta, recibe una carta de unos estudiantes de California donde le instan a convertir el libro (“el más bonito que han leído”) en una película. Él es el elegido y en mi humilde opinión, no pudo haber mejor elección, ya que hace una adaptación magistral de la obra. Ese mismo año, rodó la adaptación de otra novela de la autora: “La ley de la calle”, pero “esto… ya es otra historia”.

¿Por qué la he elegido?

Siguiendo con la idea expresada en el título de “un poema, un libro y una película”, la relación con el poema de Frost elegido “Noting gold can stay” reseñado en la poesía de la semana es clara, ya que este es referente fundamental tanto en la novela escrita como en la película de Coppola. Considerada como una de sus obras más personales, arriesgadas y mejores, no solo sigue de manera magistral el hilo argumental, sino que capta la esencia íntima de cada uno de los personajes a los que cuida con mimo.

La película, que la crítica sitúa a medio camino entre “Rebelde sin causa” y “American Grafiti” supuso además el lanzamiento de una nueva generación de jóvenes actores anónimos que constituyó el germen del llamado “brat pack” (termino traducible como “hatajo de mocosos”) compuesta Tom Cruise, Matt Dillon, Patrick Swayze, Diane Lane, Rob Lowe, Emilio Estévez, Ralph Macchio, y C. Thomas Howell, que en su día empapelaron las carpetas de los institutos de mi generación y muchos de ellos se convirtieron en estrellas. Ellos pusieron cara a Ponyboy Curtis, Johnny, Dallas… Los personajes de la novela cobraron vida para mí en ese momento.

Esta película, al igual que la novela, me transporta a una época “dorada” que como dice el poema de Frost, no he podido retener y que Coppola refleja en las maravillosas puestas de sol y amaneceres que considero seña de identidad del autor. Si no sabes quiénes son los “greasers”, qué le pasa a Ponyboy, quién es Dallas o si simplemente quieres pasar un buen rato te recomiendo ver la película o leer la novela. Si ya has visto o has leído el libro, te invito de nuevo a verla o releerlo… para “seguir siendo dorado” (”Stay gold, Ponyboy).

Ana Belén Arnauda Acero
Profesora de Geografía e Historia

DETOUR (Edgar G. Ulmer, 1945)

“Detour” es uno de esos milagros narrativos que, ocasionalmente, y como quien no quiere la cosa, alumbra el cine. Película mítica del cine negro, estamos ante un paradigma de como la ausencia de recursos fuerza una contención y una sencillez en la puesta en escena y en la planificación que hacen de ella un intenso prodigio narrativo; un latigazo de genio servido en hermoso blanco y negro por uno de esos irrepetibles artesanos que hizo posible la serie B “made in Hollywood”: Edgar G. Ulmer.

Responsable de títulos emblemáticos del cine de terror como “Satanás” y de pequeños clásicos de la ciencia-ficción como “El hombre del planeta X”, Edgar G. Ulmer, de origen centroeuropeo, parece inspirarse en el “Crimen y castigo” de Dostoyevski a la hora de narrar, a manera de flash back, la tensa odisea de Al Roberts (Tom Neal), quien, buscando al amor perdido, acaba emprendiendo un tan casual como inesperado descenso a los infiernos del remordimiento y la culpa. La casualidad como motor de la acción y un ejemplar tratamiento del tema de la mujer fatal en una reflexión en clave de género acerca de los inesperados devenires de la vida.

Sus escasos sesenta minutos de metraje parecen adelantarse al tramo inicial de otro film mítico, “Psicosis”, resultando felizmente casual el interés del maestro Hitchcock por adaptar (intención que nunca llevó a cabo) el ya mentado clásico literario del maestro del realismo ruso.

Profesor: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

GLADIATOR (Ridley Scott, 2000)

Maximus Decimus Meridius mihi nomen est (Me llamo Máximo Décimo Meridio). Esta es la tarjeta de presentación del protagonista de la película Gladiator. El título procede de la palabra latina gladius, que significa “espada”, es decir, gladiator es el que usa la espada.

Ridley Scott es uno de esos grandes directores con películas de culto como Blade Runner o Alien, que en el año 2000 se enfrasca en la aventura de recuperar el género “peplum”, o películas de romanos con Gladiator. El término “peplum” procede de la túnica abrochada al hombro utilizada por los griegos, distintivo de un género ambientado en época clásica. Ardua tarea para el director, por tanto, rescatar un género de películas exitosas, con actores carismáticos y escenarios espectaculares. Todos recordamos la carrera de carros de Ben-Hur con Charlton Heston, los encantos de Cleopatra con Elyzabeth Taylor o las luchas serviles de Espartaco con Kirk Douglas.

Como ya se hablado de Ridley Scott en otras películas, pasemos a Gladiator. El actor Russel Crowe da vida a Máximo, soldado del ejército del emperador Marco Aurelio, el filósofo estoico, que deberá vengar a su familia después de que Cómodo, hijo de Marco Aurelio interpretado por Joaquin Phoenix, matase a su esposa e hijo. La crítica y la buena acogida del público le valió para conseguir cinco de los doce Oscar a los que optó, entre ellos a mejor diseño de vestuario y mejores efectos visuales. Gladiator consiguió que los espectadores pudieran visualizar en un gran formato, como es el cine de hoy en día, una batalla entre germanos y romanos, una naumaquia (batalla naval en el Coliseo) o diferentes luchas de gladiadores al estilo de la pintura de Gêrome “Ave Caesar, morituri te salutant”.

Ahora te voy a contar algunas curiosidades antes de ver la película:
⦁ En la escena de la lucha contra los germanos, Máximo pasa revista montado a caballo con estribos, elemento que todavía no se había inventado en esta época.
⦁ Cuando Máximo lucha contra un tigre “real”, había un veterinario preparado con dardos tranquilizadores.
⦁ Marco Aurelio no es asesinado por su hijo Cómodo, sino que murió víctima de la peste en la batalla de Vindobona.
⦁ En el plano de Roma aparece la basílica de Majencio construida en el año 306 d.C.; siendo Marco Aurelio emperador, la película se data históricamente en el año 180 d.C.
⦁ La escena de la batalla contra los germanos, con atuendo poco acertado para la época, se rodó en un bosque del Reino Unido que iba a ser deforestado. Se concedió el permiso de utilizar fuego real y quemar varias hectáreas.
⦁ Sólo se construyó una parte del Coliseo en Malta. La otra parte se completó digitalmente. Esta es la ventaja que no disponían los grandes escenarios de las “peplum” de los años 60.
⦁ En una escena aparecen candados, otro elemento que no se inventó hasta 1920.

Aún así, por muchos errores y anacronismos que existan en esta película, el director consiguió revivir el cine clásico mezclando el aroma de las antiguas producciones con la tecnología de la actualidad. ¡Ave Ridley!, los que van a ver tu película te saludan…

Profesor: Javier Alcutén (Departamento de Lengua Española y Literatura)

EL SÉPTIMO SELLO (Ingmar Bergman, 1957)

Siglo XIV, en Suecia. El caballero Antonius Block y su escudero regresan de las cruzadas en Tierra Santa. La peste asola toda Europa y, nada más desembarcar, a Block se le presenta la Muerte para llevárselo. Sobrecogido ante la visión, retará a la Muerte a una partida de ajedrez en la cual su vida estará en juego. Mientras jueguen, él seguirá vivo.

El séptimo sello es una de las mejores películas del genial director sueco. El título hace referencia a un pasaje del libro del Apocalipsis, que se utiliza tanto al principio como al final del largometraje. A nivel internacional es considerada una obra maestra del cine. La vida y la muerte, así como el más allá, son los temas abordados en este filme por Bergman. Es una alegoría que nos hace pensar en la vida como un juego contra la muerte, en el que de todas formas vamos a perder (“tempus edax omnium rerum”: el tiempo es devorador de todas las cosas).

Depende de nuestra inteligencia y creatividad ganarle tiempo a la muerte para agregar días a la vida, para encontrar respuestas y sentido a la vida, a todas nuestras inquietudes, enfermedades, injusticias, guerras, hambre, etc.

Las escenas de la partida de ajedrez son memorables y todos los personajes están soberbios. Disfrutad de la película… y de la vida.

Reseña realizada por Javier Alcutén (Departamento de Lengua) con la colaboración de José Luis Lagunas (cinéfilo conocedor del cine clásico).

2001: UNA ODISEA ESPACIAL (Stanley Kubrick, 1968)

Stanbley Kubrick es uno de esos nombres que deben escribirse con mayúscula en la Historia del Cine. Su obra no sólo es un constante intento por lograr mejoras de carácter técnico (uso de nuevas cámaras y lentes, iluminación, efectos especiales…) sino, también, una reflexión acerca de la condición del ser humano en circunstancias diversas.

En vida, llegó a ser un creador mítico, que controlaba exhaustivamente sus producciones. Su perfeccionismo llegaba a extremos legendarios (no es éste el espacio para hablar del aluvión de anécdotas que, al respecto, salpican sus rodajes), ocasionando incluso décadas entre una y otra película, siempre esperadas con impaciencia por los aficionados.

Pero, dentro de su impagable carrera, si hubiera que destacar un título tan mítico y enigmático como el propio Kubrick, éste sería 2001: una odisea espacial; para muchos especialistas, la mejor película de todos los tiempos.

2001 supuso una renovación en el campo de la ciencia ficción tanto a nivel temático como estético. Stanley Kubrick ambicionaba hacer la mejor película del género, motivo por el que se alió con Arthur C. Clarke, con quien desarrolló una apasionante historia acerca del tema de la evolución del hombre. La plasmación de la novela de Clarke en imágenes acentuó el carácter ambiguo de una trama a la que Kubrick supo dotar de un tono místico y poético que hicieron de la película un fascinante corpus artístico sobre el que todavía se debate, escribe y especula.

Kubrick facturó una película técnicamente impecable, redefiniendo un género tradicionalmente ligado a los parámetros de la serie B. Si su temática iba más allá de las tramas manidas de invasiones alienígenas y aventuras espaciales, su sentido de la estética conducía al género ante las puertas de la superproducción, constituyéndose así en pieza seminal de las tendencias cinematográficas posteriores.

Así las cosas, fenómenos como Star Wars deben a Kubrick su razón de ser, en tanto en cuanto 2001 manifestó la necesidad de que los efectos visuales tuvieran una importancia capital, siendo capaces de plasmar con credibilidad las fantasías de sus creadores.

Profesor: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

BAILAR EN LA OSCURIDAD (Lars von Trier, 2000)

Iconoclasta y clásico, preciosista y descuidado, Lars von Trier es un género en sí mismo, un director que ha hecho de la provocación, en ocasiones, una marca de estilo y al que, por la variedad de su ya amplia filmografía, resulta difícil de encuadrar. Así las cosas, podemos definir el cine de Lars von Trier (o al menos intentarlo) como una constante tendencia a escapar de la norma, provocando tanto un cuestionamiento de los géneros como una estética metamórfica que recorre un amplio espectro (desde el manierismo de El elemento del crimen hasta la “suciedad visual” de Los idiotas).

Bailar en la oscuridad, hoy por hoy, se encuadraría en la zona medial de su carrera, habiendo dejado atrás las barrocas propuestas estéticas de Europa y cuestionando los principios creativos que él mismo había enumerado en su polémico DOGMA 96 (cuyo máximo exponente sería la ya citada Los idiotas).

Palma de Oro del Festival de Cannes, Bailar en la oscuridad sorprendió a propios y a extraños por su sorprendente uso transgresor del género musical, dotándolo de un inusual poso de amargura. Lars von Trier transforma con mano maestra la tragedia clásica (a él, por cierto, debemos una estupenda versión de la Medea de Eurípides) en elegíaca melodía audiovisual, redefiniendo el cinematográfico número musical tradicional, gracias a la mano de Bjork (impagable su banda sonora), protagonista absoluta de esta película que, hoy por hoy, sigue siendo tan singular como inimitable; un clásico moderno.

Incluso en comedias como El jefe de todo esto, el cine de Lars von Trier supone una mirada incisiva acerca de los perversos comportamientos humanos. La contemplación del mundo provoca un reflejo desesperanzador, donde no existe la cabida para lo amable. La cámara de Von Trier es, siempre, un espectador cargado de cinismo, recreándose en la abyección consustancial al individuo. La sociedad, como infierno, inexorablemente condenada. Asomarse a Epidemic, Rompiendo las olas, Dogville, Melancolía, Anticristo o Nynphomaniac es contemplar un nuevo Jardín de las delicias, asomarse al abismo, bailar en la oscuridad.

Profesor: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura).

 

CENTAUROS DEL DESIERTO (John Ford, 1956)

Para muchos, y para este que recomienda, la mejor película que jamás ha visto: dirección, actuación (memorable John Wayne), secundarios (el reverendo (Ward Bond), el viejo Moss, la jovencísima Natalie Word…, fotografía, música y canciones del lejano oeste…

Los hombres de la frontera luchan y matan por sobrevivir y odian al indio. Los indios luchan por conservar sus tierras y modo de vida, y odian al blanco. No hay medias tintas, la venganza está presente. Son “quijotes” por el gran Cañón del Colorado, indios y emigrantes.

Si alguien quiere ser director de cine, tiene que ver las películas de John Ford. Cuando a otro grande, Orson Welles, le preguntan quienes son los tres mejores directores de cine, éste responde: John Ford, John Ford y John Ford. Es el maestro y el clásico del cine (disfruten viendo: “Ford Apache”, “El hombre tranquilo”, “Qué verde era mi valle”, “La legión invencible”, “Las uvas de la ira”…aquí está todo el séptimo arte).

Los que buscan (The seachers), recorren el salvaje oeste, durante cinco años, en busca de una niña raptada por los sioux, del gran jefe Cicatriz. ¿Después de tanto tiempo, la niña es sioux o querrá volver con su familia? ¿La aceptarán de nuevo los blancos?

Vean la “peli”, disfruten y nos lo cuentan en animada tertulia.

Gracias.

Profesor: Francisco Murillo (Departamento de Geografía e Historia)

 

EL PADRINO (Francis Ford Coppola, 1972)

Abrimos de negro.

“I believe in America.”

Gordon Willis pinta en tono caoba a Edward Hopper. Mural en movimiento con sabor a madera añeja, a coñac con poso de melancolía.

Coppola reescribe en planos la novela de Mario Puzzo. Poema épico “made in Hollywood”. La tradición se moderniza. Es un coctail de Shakespeare con Capote. El medievo visto anteayer. La Antigüedad Clásica hecha vanguardia.

Brando. Pacino. Cazale. Caan. Duvall. Keaton. Shire. El personaje interpreta al actor.

Balada triste de trompeta. Elegía en Nino Rota mayor.

Cerramos en negro tras la puerta que separa mundos, al final del pasillo, al final del recorrido, al final del metraje.

El padrino. Quizás, la mejor película de la Historia del Cine.

Profesor: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

300 (Zack Snyder, 2006)

Fíjate en la imagen. Ejemplo de anacronismo. Impacta ver a todo un espartano hablando, libreta en mano, al equipo de producción de la película. Se trata del actor Gerard Butler que interpreta al general espartano Leónidas. Sólo con su escultural cuerpo, su capa y esa amenazante barba provoca tremendo respeto.

 

Esa era la grandeza de los espartanos: la imagen de seres inmortales, invulnerables, que plantaron batalla a todo un ejército persa encabezado por Jerjes.

La historia:

Estamos en plena invasión persa por toda Grecia. En una de esas batallas, estrecho de las Termópilas (Puertas Calientes: lugar donde había manantiales de agua cálida), una alianza de polis  griegas lideradas por Esparta (por tierra), y Atenas (por mar), se unieron para detener la invasión del Imperio persa de Jerjes I. Enormemente superados en número, los griegos detuvieron el avance persa, situándose estratégicamente en la parte más angosta del desfiladero (se estima 10 a 30 metros), por donde no pasaría la totalidad del poderío persa. La invasión persa fue una respuesta tardía a la derrota sufrida en Maratón (recuerda al mensajero Fidípides gritando “hemos ganado”, que muere tras recorrer los 42 kilómetros que hay de Maratón a Atenas).

Jerjes reunió un ejército y una armada inmensas para conquistar la totalidad de Grecia, que conforme a las estimaciones modernas estaría compuesto por unos 250 000 hombres (más de 2 millones, según Heródoto). Durante una semana (tres días completos de combate), la pequeña fuerza comandada por el rey Leónidas I de Esparta bloqueó el único camino que el inmenso ejército persa podía utilizar para acceder a Grecia, en un ancho que no superaba los veinte metros. Las bajas persas fueron considerables, no así el ejército espartano. Al sexto día, un residente local llamado Efialtes traicionó a los griegos mostrando a los invasores un pequeño camino que podían usar para acceder a la retaguardia de las líneas griegas. Sabiendo que sus líneas iban a ser sobrepasadas, Leónidas despidió a la mayoría del ejército griego, permaneciendo allí para proteger su retirada junto con 300 espartanos. Cuando al final los espartanos fueron derrotados, éstos mismos habían conseguido retrasar tanto la llegada de la infantería persa, que el enfrentamiento naval en Salamina fue fundamental para conseguir la victoria ateniense, y más tarde la expulsión de los persas de Grecia.

La película:

Hasta aquí la historia relatada por historiadores como Heródoto. Hay que decir primero que la película está basada en el cómic de Frank Miller, es más, se rodó en una técnica cromática que imitaba las viñetas.

Recordaréis como Jerjes envía un emisario para negociar con Leónidas. Éste ofreció a los aliados su libertad, indicándoles que serían asentados en tierras más fértiles que las que ocupaban en ese momento. Cuando Leónidas rechazó los términos, el embajador le volvió a solicitar que depusiera las armas, a lo que Leónidas respondió con la famosa frase «Ven a buscarlas tú mismo». Heródoto cuenta de la batalla, a propósito del gran tamaño del ejército persa, es famosa la anécdota según la cual, en palabras del autor, el más valiente de los griegos fue el espartano Dienekes, pues antes de entablarse el combate dijo a los suyos que le habían dado buenas noticias, que le habían dicho que los arqueros de los persas eran tantos que «sus flechas cubrían el sol y volvían el día en noche, teniendo entonces que luchar a la sombra ». Dienekes, y los espartanos en general, consideraban el arco como un arma poco honorable, ya que evadía el enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

Conclusiones:

Debemos recordar, ante todo, que estamos ante una película que se basa en el cómic, de ahí que nos aparece un “Jerjes” poco convencional. Incluso hay escenas que rozan el esperpento y la fantasía pura y dura, llevando al paroxismo la frase “ars gratia artis”.

La idea que se repite hasta la saciedad es la fuerza del colectivo, del grupo, de ese equipo que individualmente no gana nada (quién no ha escuchado el grito de guerra de los espartanos en los campos de fútbol). También es de destacar ese aroma a la búsqueda de soldados perfectos, casi inmortales, que recuerda desgraciadamente a la eugenesia del ejército hitleriano. Hoy en día se rinde en Esparta culto a Leónidas con una estatua que recuerda a una Grecia victoriosa que salvó a Europa de la invasión persa. Ahora es Europa quién salva a Grecia de sus problemas económicos.

Profesor: Javier Alcutén (Departamento de Lengua Española y Literatura)

UNA NOCHE EN LA ÓPERA (Sam Wood, 1935)

El hecho de que Una noche en la ópera sea una de las más populares comedias de la Historia del Cine se debe, sin duda, a la presencia de un grupo de comediantes irrepetibles llamado Los Hermanos Marx.

De origen neoyorkino y pertenecientes a una familia de tradición artística, cultivaron su talento en el mundo del espectáculo teatral, ligados al vodevil dadas sus dotes especiales para el humor y para tocar instrumentos como el arpa o el piano (no en vano, sus películas suelen incluir algún número musical), llegando a ser estrellas de Broadway con obras como I’ll Say She Is o The Cocoanuts, cuya adaptación a la gran pantalla supuso su debut cinematográfico.

Aunque son tres los hermanos que han pasado a formar parte del imaginario colectivo (Groucho, Chico y Harpo), no debemos olvidar que Zeppo (especializado en papeles de galán) y Gummo también formaron parte de la compañía (si bien este último no llegó a participar en las películas, dejando el mundo de la actuación durante la etapa del vodevil).

Los hermanos Marx resultaban tremendamente carismáticos por la singularidad de sus caracterizaciones. Harpo, el mudo atado a su bocina a quien solo entendía Chico, virtuoso del piano que imitaba el acento italiano en las versiones originales de las películas; y Groucho, con su rápido e infatigable hablar, su ocurrente humor, pintado bigote y extravagantes zancadas al caminar. Zeppo los acompañó en sus seis primeras aventuras cinematográficas, siendo la emblemática Sopa de ganso el último trabajo del cuarteto. Así las cosas, Una noche en la ópera supuso el primer título protagonizado por el recordado trío; una obra maestra a la que seguirían títulos no menos importantes como Un día en las carreras, Los hermanos Marx en el Oeste o Una noche en Casablanca.

Los hermanos Marx trabajaron con directores como Charles Reisner, Leo Mac Carey o Sam Wood, pero, al parecer, el iconoclasta humor y la marcada personalidad de los Marx hizo factible la arrolladora originalidad de sus películas, ocasionando en los rodajes un ambiente de broma y diversión en el que la improvisación podía llegar en cualquier momento; de ahí esa irrepetible sensación de peculiar surrealismo y deslavazada inverosimilitud que hace del cine de los Marx un particular universo artístico, con marcadas señas de identidad.

 

La trama de sus películas puede entenderse como excusa para desarrollar una serie de “gags” irrepetibles y de escenas antológicas que todos recordamos. Subid al carrusel de los Marx y entrad en su famoso camarote (si es que cabéis), intentad entender “la parte contratante de la primera parte”, sujetad la pared con Harpo o miraos con Groucho en ese falso espejo… ¡Más madera, es la guerra!

 

Disfrutad de Una noche en la ópera ( o de cualquier otra) y descubrid, si no lo habéis hecho ya, a los Hermanos Marx. Un género en sí mismos.

Profesor: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

 

LA NOCHE DE LOS MUERTOS VIVIENTES (George A. Romero, 1968)

En 1968 George A. Romero rodó una de las películas más convulsas y rompedoras de la Historia del Cine. Los parámetros de producción desde los que se hizo posible La noche de los muertos vivientes ayudaron a su estilo libre y desenfadado, a su atmósfera cruda, apoyada en un blanco y negro de tono documentalista. Alejándose del clasicismo de otros autores cultivadores del género como Alfred Hitchcok, Jacques Tourneur o Jack Clayton, George A. Romero gestó una de las primeras películas modernas del cine de terror (abriendo el camino que seguirían otras brillantes propuestas como La matanza de Texas o La última casa a la izquierda).

Desde Norteamérica, Romero cogía el testigo de la “nouvelle vague” para vestir al género fantástico de “cinema verité”, introduciendo dos elementos clave: el “gore” y el personaje del zombi (cuyo gusto por el canibalismo lo alejaba de la poética visión que del mismo diera el ya citado Tourneur en Yo anduve con un zombi). Así las cosas, La noche de los muertos vivientes supuso una reformulación genérica a diversos niveles (estéticos y conceptuales), introduciendo una doble lectura que ponía de manifiesto los fantasmas de una sociedad en crisis; propósito en el que redundaría Romero en la magistral Zombi, ambientando la acción en ese centro comercial que va a ligar para siempre la sociedad de consumo a la figura del muerto resucitado.

El éxito de este par de películas (Zombi fue rodada en color, con un mayor presupuesto y unos antológicos efectos de maquillaje de Tom Savini) conllevó la aparición de otro magnífico título, El día de los muertos, que cerró la trilogía (si bien el propio Romero, bastantes años más tarde y a la vista de que su creación, el zombi carnívoro, era utilizado hasta la saciedad por el cine, la televisión, la literatura, el cómic y los videojuegos volvió a abrirla con títulos tan interesantes como La tierra de los muertos vivientes, El diario de los muertos vivientes o la ya inferior La isla de los muertos vivientes).

En efecto, La noche de los muertos vivientes supuso la primera piedra de un subgénero, el cine de zombis, que llega hasta nuestros días, con fenómenos tales como The Walking Dead (cómic y serie de televisión), Guerra Mundial Z (novela y película) o sagas de videojuegos tan populares como Resident Evil, Dead Rising o Left 4 Dead.

Antes de esta eclosión actual (en la que nos encontramos incluso brillantes “remakes” de las películas del propio Romero como la espectacular Amanecer de los muertos, de Zack Snyder), infinidad de directores, desde los parámetros del cine de serie b, siguieron los pasos de Romero, aportando al cine de terror películas que seguían el éxito de La noche de los muertos vivientes, aunque de desigual calidad artística. De entre el espeso caldo de cultivo en el que todo aficionado debería bucear, podemos rescatar títulos emblemáticos como Nueva York bajo el terror de los zombis, del carismático Lucio Fulci, Muertos y enterrados (del elegante Gary Sherman) o la espléndida No profanar el sueño de los muertos (una de las más terroríficas películas de zombis, dirigida por el español Jorge Grau).

Profesor: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

EL ACORAZADO POTEMKIN (Serguéi M. Eisenstein, 1925)

El acorazado Potemkin es una de esas películas míticas de la Historia del Cine, referenciales y seminales del hecho cinematográfico en sí, citada sistemáticamente por los grandes especialistas, estudiada en todas las escuelas de cine y que siempre ocupa un puesto de honor en toda enciclopedia. La película, desde un punto de vista político, constituyó un alegato de la importancia que el Potemkin tuvo en el proceso revolucionario de 1905, antecedente de la Rebelión de Octubre de 1917.

Si con el permiso de los hermanos Lumière, George Méliès y Segundo de Chomón, David Wark Griffith fue el creador de la gramática cinematográfica clásica en la incipiente industria cinematográfica norteamericana, no menor importancia tuvo Serguéi M. Eisenstein en la Europa del Este. Su cine, ligado a la propaganda soviética, alumbró obras maestras del calibre de Octubre (gran producción que narraba con expresionista rigor los hechos acaecidos durante la Revolución Rusa) o la Línea general, pero es El acorazado Potemkin su más popularizada película, gracias a la perfección de escenas como la de la escalera de Odesa, de tremenda innovación técnica para la época y con una eficacia dramática envidiable incluso hoy en día; una escena antológica que ha sido capaz de inspirar y alentar obras de directores del calibre de Brian de Palma (quien homenajeó este gran clásico de la Historia del Cine en Los intocables de Eliot Ness).

Sergei M. Eisenstein comenzó su carrera en el mundo del teatro, necesitando el incipiente fenómeno cinematográfico para desarrollar sus innovadoras ideas relacionadas tanto con el montaje como con la puesta en escena (los encuadres de El acorazado Potemkin continúan siendo un hermoso paradigma digno de contemplación). El enlace de planos y el uso del tiempo constituyen un insólito, para la época, ejemplo de progresión narrativa, integrando suspense y drama con la sencillez característica de los grandes maestros posteriores: John Ford, Orson Welles, Alfred Hitchcock… Además, el uso de un contrastado blanco y negro aporta una acusada fuerza a los hechos narrados (acaecidos en el puerto de Odesa durante la semana del 26 de junio de 1905, cuando los marineros del acorazado Potemkin, hartos de malos tratos y de verse obligados a comer alimentos en mal estado, se rebelaron), constituyendo una película conmovedora de obligada visión para todo cinéfilo que se precie.

Profesor: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

O, BROTHER (Joel y Ethan Cohen, 2000 ) 

O Brother, where art thou? (¿Dónde estás, hermano?) es una película de los hermanos Coen, directores de películas conocidas como Fargo, No es país para viejos o Muerte entre las flores. En esta ocasión han querido trasladar las aventuras de la Odisea de Homero a la América de la depresión de los años 30. Son tres los fugitivos que, huyendo de la cárcel, desean encontrar una gran cantidad de dinero que escondieron antes de su reclusión. El protagonista, interpretado por George Clooney, se hace llamar Ulysses Everett, igual que aquel mítico héroe homérico que debe volver a su Ítaca después de la guerra de Troya. Pero el símil con Homero no queda ahí.

Nada más comenzar su huída, los fugitivos se encuentran con un ciego en un vehículo ferroviaro que les predice el futuro, lo mismo que ese Tiresias homérico que vaticina a Ulises en el inframundo. También la película ofrece el país de los lotófagos (los comedores de loto, brebaje hipnotizador que hace olvidar todo el pasado) cuando llegan a una congregación bautismal cuyos miembros caminan sonámbulos hacia un río.

Las sirenas de Ulises aparecen en la película disfrazadas de unas mujeres que lavan sus ropas en un río y cantan para seducir a sus presas, Ulysses Everett y sus compañeros de fuga. Hasta el mismísimo cíclope aparece “metamorfoseado” en un malévolo vendedor de biblias que además es, como no, ciego de un ojo. Los héroes se disfrazan de miembros del ku klux klan como aquellos héroes homéricos que se pusieron pieles de ovejas para escapar de la cueva del cíclope Polifemo.

Incluso la mujer de Ulysses Everet se llama Penny, la Penélope de Homero que espera desesperadamente la llegada de su marido. Existen todavía más similitudes, pero te las dejo a ti, lector, para que las descubras por tu cuenta. Eso sí, léete primero la Odisea de Homero, aunque sea una adaptación.

Profesor: Javier Alcutén (Departamento de Latín).

LAS HURDES: TIERRA SIN PAN  (Luis Buñuel, 1932)

Durante estos días, nuestros alumnos de 1º de ESO han podido disfrutar durante las clases de una de las obras más célebres de la Historia del Cine: Un perro andaluz. Una película sin par, de exquisita singularidad, de una originalidad rabiosa que, tras unos noventa años después de su momento de gestación (por dos jóvenes Buñuel y Dalí), ha influido en infinidad de cineastas, inaugurando además tendencias transgresoras que, incluso hoy por hoy, resultan molestas para las audiencias de gusto convencional.

No menos rotundidad la de otra de las más directas propuestas de don Luis (Las Hurdes: tierra sin pan), anterior a otros títulos no menos controvertidos como Viridiana, Simón del Desierto, pero, sobre todo, Los olvidados (una de sus más impactantes películas, coincidente en varios aspectos con este documental que centraba su mirada en los aspectos más crudos de la realidad de la España interior de hace cuatro días).

Se ha hablado mucho de la posible manipulación existente tras las impactantes imágenes de esta película de Buñuel; quizás menos de la función social que, poco a poco, el surrealismo fue integrando. Obras literarias como la lorquista Poeta en Nueva York (que tanto entusiasmó al cineasta calandino) o pictóricas como el cubista Guernica picassiano supieron abrir caminos de fantasía partiendo de una realidad deformada por condicionamientos sociales tales como el capitalismo o la guerra.

El genio de Buñuel, amparándose en el hambre, la ignorancia y la pobreza (ejes vertebradores de buena parte de su cine) gestó una pesadilla que entronca directamente con ese surrealismo descarnado que se aparta del juego intelectual de Un perro andaluz o La edad de oro; Las hurdes es la otra cara de la moneda, el lado oscuro de la luna, en esta ocasión no cortada por la poética navaja, sino por la desesperación más absoluta.

La posible manipulación que han señalado algunos estudiosos no desmerece el resultado final, sino que, si nos acercamos al hecho desde cierta perspectiva, entronca a Buñuel con cineastas más actuales. Así las cosas, Las hurdes sería un título seminal, visionario, adelantándose en más de cuatro décadas a géneros tales como el “mondo” (cuyo nacimiento suele cifrarse en los años 60, en la película de Gualtiero Jacopetti, Mondo Cane) o, más recientemente, el “found footage” (en el que encontramos clásicos tales como Holocausto caníbal, Ocurrió cerca de su casa, The blair witch project, Rec o Retacted).

Profesor: Alberto Jiménez Liste (Departamento de Lengua Española y Literatura)

KING KONG (Ernest B. Shoedsack y Merian C. Cooper, 1933)

King Kong (Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, 1933) marcó un antes y un después en la Historia del Cine. Los rudimentarios efectos especiales de pioneros como Georges Méliès o Segundo de Chomón fueron ampliamente superados por el virtuosismo técnico logrado por Willis O’Brien, creador de las imágenes, en 1925, de El mundo perdido (célebre adaptación de la homónima novela de Arthur Conan Doyle), cuyas técnicas fueron magistralmente utilizadas por los dos artífices de esta joya en blanco y negro protagonizada por un simio gigante.

Desde los inicios del cinematógrafo, el cine queda ligado al espectáculo y al trucaje con ánimo de sorprender; no en vano, las primeras películas eran exhibidas, como si fueran exóticas atracciones, en barracas de feria. El cine como arte narrativo es una idea posterior a la de los primeros cineastas. Las filmaciones de los Hermanos Lumiêre o de Thomas Alba Edison estaban destinadas a impactar, a crear asombro en los patios de butacas; no contaban ninguna historia. Sin embargo, King Kong ya pertenece por derecho propio a ese tipo de películas de Hollywood que intentan imitar al teatro, aunque resultan obvias las relaciones de esta película con el ilusionismo (recuérdese, a manera de insigne ejemplo, que el ya citado cineasta, George Méliès, era mago).

KING KONG: UN MITO ROMÁNTICO

King Kong toma como base el mito de la bella y la bestia (al que se hace referencia explícita tanto al comienzo como al final de la película). El monstruo fatalmente enamorado es además uno de los temas de algunas de las grandes novelas góticas como Frankenstein (Mary Shelley, 1818) o Nuestra Señora de París (Victor Hugo, 1831), si bien el tema tiene obvias reminiscencias cercanas a la vida del común de los mortales: la imposibilidad de lograr los deseos. La bestia, cautivada por la hermosura de la dama, utilizará su fiereza para hacerse con ella; si bien su relación, abocada al fracaso, conducirá al monstruo a un lugar que le es ajeno, la ciudad de Nueva York, donde encontrará la muerte.

HACIA UNA INTERPRETACIÓN EN CLAVE SOCIOECONÓMICA DE LA PELÍCULA

De esta película se han hecho muchas interpretaciones. Una de las más acertadas tiene que ver con la crisis económica norteamericana (el famoso Crack del 29), fenómeno muy cercano al año de producción de esta obra maestra del cine. Las connotaciones entre la inhumana ciudad de Nueva York (con cuyo plano general se abre la película) y la peligrosa jungla de King Kong son evidentes. El sistema capitalista es para Ann Darrow (Fay Wray), su protagonista, tanto o más peligroso que los monstruos voraces que acechan en la exótica Isla de la Calavera. Ann, durante el metraje, es salvada en dos ocasiones: en primer lugar, de la miseria a la que la sociedad en la que vive la ha condenado; en segundo lugar, de las peligrosas garras de King Kong. Ahondando un poco más en el asunto, resulta obvio que el resultado del desarrollo industrial (esos vertiginosos rascacielos y esos potentes aviones) es mucho más nocivo para King Kong que cuantas bestias se tope en su primitivo y romántico entorno. La civilización es capaz de aplastar la belleza de lo natural, aunque ésta se encuentre absolutamente distorsionada. La civilización, capacitada para destruir al monstruo, se antoja mucho más monstruosa que el propio King Kong y, por ende, peligrosa e inadecuada para el propio ser humano.

KING KONG Y EL CINE

Las fantasías de mi infancia iban ligadas a enormes monstruos, gigantescas bestias, rebosantes de magia y poesía, que me fascinaban. Si el poder del cine jugó un papel imprescindible en mi afición por lo fantástico, no menos importancia tuvo el ámbito de lo libresco, aquellas fabulosas ilustraciones al carbón que adornaban una maravillosa edición de Las mil y una noches que mi padre aún conserva en su casa. En una de las páginas, Simbad y sus intrépidos marinos luchaban contra un horrendo cíclope, un monstruo de proporciones descomunales.

Posiblemente, la psicología dispondrá de jugosas explicaciones acerca de la atracción que el hombre siempre ha sentido por bestias enormes y peligrosas. Dragones, gigantes, monstruos de diversa especie y condición aparecen en numerosas manifestaciones, prácticamente, desde los orígenes de la representación artística. La fantasía siempre se ha dejado seducir por la belleza de lo descomunal. La larga estirpe de legendarios héroes que la literatura ha alumbrado ha tenido que enfrentarse, destino inexorable, a la bestia colosal. Desde el Poema de Gilgamesh hasta las correrías de Harry Potter, el terrible monstruo que nos supera en tamaño ha supuesto un peligro tan recurrente como atractivo; de hecho, la aparición de estos fenómenos de la naturaleza es lo que, al fin y al cabo, más nos seduce a la hora de disfrutar de ciertas historias, ya en papel o en celuloide.

En 1975 una película con monstruo marino impactaba a todo el mundo: Tiburón (Steven Spielberg). Estrenada en el cine Fleta de Zaragoza, aquella enorme boca dentada que devoraba a la gente me llegó a fascinar tanto como poco tiempo después lo hizo otro de los grandes monstruos del cinematógrafo: King Kong. En efecto, en 1976, John Guillermin se encargó de dirigir una nueva versión del clásico, que me dejó absolutamente anonadado. Aquella aparición del gran mono, de entre los árboles, en plena noche y a todo color, golpeándose el pecho frente a una Jessica Lange aterrada me enseñó, para siempre, lo que era el cine: la fantasía hecha realidad. El cine ofrecía todo aquello que nos negaba nuestro entorno inmediato. El cine era el mundo en el que vivían esas bestias gigantes, esos monstruos imposibles que tanto me gustaban y que ya había yo vislumbrado en las ilustraciones de algunos libros. Pero, caramba, en la pantalla se movían, rugían, existían.

Cuando mi padre me decía que íbamos a ir al cine, yo me ponía la mar de contento, pues era casi seguro que algo extraño iba a aparecer en la película que fuéramos a ver. Daba igual la trama, el argumento, la cuestión era estar muy atento porque, de un momento a otro, lo imposible cobraría vida. ¡Qué bien lo pasé viendo las avispas gigantes, la gallina descomunal y las ratas enormes de ese pequeño clásico que lleva por título El alimento de los dioses! (Bert I. Gordon, 1976)

Años después, investigando por placer, descubrí que el cine nació ligado a las barracas de feria, a las atracciones, sustituto del espectáculo de prestidigitación, émulo sofisticado del “freakshow” y de la caseta del terror. El curioso pagaba su entrada por asomarse a una ventana abierta a un mundo imposible, a una realidad alternativa. Todo lo del cine social y lo del compromiso artístico vendría tiempo después. A pesar de que el invento de los Lumière ha ido mutando su naturaleza, ésta siempre ha estado ligada a lo mágico, a lo fascinante, al artificio maravilloso que consigue, desde los tiempos de Georges Méliès y de Segundo de Chomón, el truco y el efecto especial.

Cuando escribo estas líneas, ya se han estrenado otras grandes películas ligadas al mito de Kong, así, en el 2005, el King Kong de Peter Jackson, o, más recientemente (el pasado verano), la espectacular King Kong y la Isla de la Calavera. Por el gran gorila en cuestión, siempre he tenido una especial simpatía, pues era uno de mis personajes favoritos de la infancia, ya que hasta los Reyes Magos me regalaron un King Kong precioso, cuyas articulaciones quedaron fatalmente oxidadas tras su paso por la costa mediterránea, en las estivales vacaciones del año 77. Para mí, King Kong no era, ni es, un clásico en blanco y negro del que se han hecho varias versiones. King Kong es un personaje popular, al alcance de todos, con el que se puede jugar y que, a estas alturas, se ha colado de rondón en numerosas películas, teniendo una importante filmografía, casi un género propio, que yo denomino “películas kingkoneras”.

¿Sabíais que el clásico de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack tuvo, en 1933, una continuación, muy curiosa, que se tituló El hijo de Kong, dirigida por Schoedsack? Sí. En aquella isla remota había quedado un vástago de lo más simpático y que, casualmente, resultaba tan albino como nuestro ya fallecido Copito de Nieve. Sí, amigos, el hijo de King Kong tenía el pelo blanco y hacía unas carantoñas, en “stop-motion”, dignas de ver.

Posteriormente, King Kong cambió su nombre y Ernest B. Schoedsack, una vez más, llevó al cine todo un clásico: El gran gorila (1949). La película, tal que el King Kong original, también conoció un estupendo “remake”, que llegó a nuestras pantallas hace pocos años, titulado Mi gran amigo Joe (Ron Underwood, 1998). ¡King Kong vive!

Pero las andanzas del mono gigante no quedaron ahí. ¡Estamos hablando de toda una estrella del cinematógrafo! Japón y sus películas de bestias poderosas (los famosos “kaiju eiga”) van a tomar la figura del gran simio como protagonista de títulos cuyo visionado les recomiendo encarecidamente. Mi favorito es King Kong se escapa, una joya dirigida por Ishiro Honda en 1967 en la que el bueno de Kong debe enfrentarse a una réplica mecánica ingeniada por un perverso científico que planea dominar el mundo. Por otro lado, todo “kingkongmaníaco” no debería dejar pasar la ocasión de disfrutar de esa lucha de titanes que tiene lugar en King Kong contra Godzilla (Ishiro Honda, 1962). Ya se sabe, Dios los cría y ellos…). Además, pueden ser testigos, si se atreven con La batalla de los simios gigantes (Ishiro Honda, 1966), de que, en ocasiones, el bueno de Kong no ha luchado solo, parece haberse multiplicado para protagonizar epopeyas de tal calibre.

No terminan ahí las películas “kingkoneras” que os recomiendo (aunque existen muchos más títulos que los que yo cito). Si conseguís una copia, os invito a disfrutar de El gorila ataca (Paul Leder, 1976). En esta ocasión estamos ante un King Kong en tres dimensiones, que lanzaba unas enormes rocas desde lo alto de una montaña, que salían de la pantalla gracias a las gafas que se entregaban con la compra de la entrada. Es una película que vi hace muchos años, en el cine Torrero, si mal no recuerdo (King Kong se atrevía a salir, aunque fuera un poquillo, de la pantalla, gracias a aquellas gafas de cartón con un plástico rojo y otro azul para cada ojo).

Pero, posiblemente, la aparición de King Kong que más me gusta es la que tiene lugar en una película que, por otra parte, poco tiene que ver con King Kong: el Viaje al centro de la Tierra de Juan Piquer Simón (1976). ¡Cuál no fue mi sorpresa cuando, en esta ocasión en el cine Fleta de Zaragoza, de repente, el beso de los dos protagonistas fue interrumpido por un tremendo rugido que venía nada más y nada menos que de parte del rey gorila! Antológica escena que todo cinéfilo debería contemplar.

Ya sabéis, si tras ver el King Kong del año 33, os habéis quedado con ganas de más, investigad. Las películas “kingkoneras” abundan por doquier y, en líneas generales, son maravillosas, como el propio cine, capaces de abrirnos nuevos horizontes.

Profesor: Alberto Jiménez Liste. (Departamento de Lengua Española y Literatura).

VOLVER A EMPEZAR (José Luis Garci, 1981)

INTRODUCCIÓN

Desde que el hombre es hombre, el amor ha sido un misterio inaprensible, si bien presente como tema fundamental de todas las artes: El beso de Klimt, la Para Elisa de Beethoven, el Werther de Goethe o La dama boba de Lope de Vega pueden servir como excelsos ejemplos de lo expuesto (pintura, música, novela y teatro respectivamente), dejando la poesía al margen de este paradigma, pues la siguiente cita de Cervantes nos va a servir de perfecta apertura para abordar el tema de nuestra propuesta cinematográfica:

Es amor un no sé qué

que viene no sé por dónde

que se va no sé por qué.

Tres versos precisos que definen lo indefinible. Tres versos de un español célebre, nuestro Miguel de Cervantes Saavedra, el creador de la novela moderna, que nos sirven para tender un puente hasta otro de los insignes nombres que ha alumbrado nuestra patria: José Luis Garci.

Si el amor es la fuerza que mueve las creaciones del genio cervantino (motor fundamental de La Galatea, Los trabajos de Persiles y Sigismunda e incluso el mismo Quijote), también el amor es uno de los temas fundamentales de la carrera cinematográfica de José Luis Garci: amor como sentimiento liberador en Asignatura pendiente, amor “negro” en las dos entregas de El crack, amor como vertebrador de pasiones encontradas en El abuelo, amor perverso, vengativo y redentor en Luz de domingo. Si algo une las propuestas audiovisuales del director de Las verdes praderas es este poderoso sentimiento. Si en conversación relajada alguien me preguntara “de qué son las películas de Garci” contestaría que “son películas de amor, porque tratan de los hombres, de lo que les suele pasar a los hombres; y los hombres, afortunadamente, se enamoran.”

Quien esto escribe confiesa ser un enamorado de las películas de amor, confiesa ser un enamorado de la belleza, de la vida… del amor por el amor, como sentimiento ennoblecedor, necesario para perfeccionar todo aquello que nos concierne; como imparable fuerza curativa disipadora de sombras. Las más grandes películas de todos los tiempos (a vuela pluma podríamos citar Luces de la ciudad, Lo que el viento se llevó, Casablanca, Vértigo o El padrino) son de amor; pero, si tuviera que elegir aquí y ahora cuál es mi película de amor preferida me quedaría con Volver a empezar.

Volver a empezar, ya desde su mismo título, me parece una de las historias más conmovedoras y profundas, que no complejas, jamás contadas en una pantalla. Vamos a ir discerniendo algunos de los aspectos de esta película que me interesan especialmente.

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

El título de la película, como todos sabemos, es una perífrasis. Como ocurre en algunas construcciones perifrásticas tremendamente significativas de nuestra bienamada lengua española (repárese en la paradójica expresión “vamos yendo”, que solemos emplear cuando todavía no hemos empezado ni tan siquiera a movernos), hay un ambiguo principio de contradicción en la expresión: retornar hacia un comienzo, como si existiera la posibilidad de que, cuales dioses, pudiéramos jugar con el paso del tiempo. Aunque lo que estoy exponiendo pueda parecer ambiguo, chocantemente metafísico, quizás se acerque mucho a una de las claves conceptuales de la película: la poética idea de que el amor rejuvenece, de que toda experiencia intensa corrobora en un nivel no científico la célebre Teoría de la Relatividad. En efecto, el tiempo, como concepto creado por la razón humana, no existe; la “experiencia del tiempo” es siempre subjetiva. Lo apriorísticamente breve puede resultar insufriblemente extenso, mientras que lo temporalmente extenso puede parecernos tremendamente breve. Así las cosas, la “experiencia del amor” en la película hace que los ancianos amantes recuperen ese pasado que ya se fue, enlacen el otoño de sus vidas con una primavera rescatada de la nostalgia.

Ya lo expresó magistralmente Francisco de Quevedo en tan solo un verso (“soy un fui, un será, y un es cansado”); es decir, los seres humanos somos tiempo. El hombre desaparece como reconocible entidad espiritual cuando su memoria borra su vida. Cada paso importante supone una acumulación de experiencia que forma parte de la película de su propia vida. Existir es afirmar lo que se ha sido, pero también negarse o traicionarse. En este sentido, la película de José Luis Garci plantea la posibilidad de recuperar aquello que pudimos ser, dar la vuelta para experimentar lo que en su momento dejamos escapar. En efecto, volver a empezar. De ahí que, tras el aprendizaje de la escuela de la vida, tras (quizás) el desengaño, los personajes vivan la más pasional e intensa de las historias de amor; reconozcan la necesidad de ser sinceros consigo mismos, tras haber degustado las trampas de un entorno que como (casi) siempre, impuso su dictadura, condicionando sus vidas, frustrando posibilidades de felicidad. En este sentido, puede interpretarse la película como un canto a la libertad, a la necesidad de hacer buen uso del albedrío en el momento adecuado, pues no siempre se nos presentan las segundas ocasiones, no todos vamos a poder volver a empezar.

LA DIMENSIÓN TRÁGICA DE LA PELÍCULA

Lo dicho en el apartado anterior puede llevarnos a una lectura parcialmente equivocada de la película. ¿Es Volver a empezar alegre y vitalista? Creo que sí; pero si degustamos con atención esta propuesta melodramática de José Luis Garci, observaremos que el tema de la muerte ensombrece el optimismo que emana de la misma. Volver a empezar propone una vuelta ilusoria a un punto de inicio, un encuentro falso con quienes éramos, dado que, biológicamente, esa juventud se ha evaporado, y la fatal enfermedad acosa al personaje de Antonio Ferrandis. Los otoñales enamorados de Volver a empezar viven una nueva primavera que, en la parte final, se antoja lluviosa. La luz se disipa al morir el personaje de Ferrandis, el ciclo vital impone su yugo de inexorable manera, destrozando la ilusión, otorgando a la película un último halo de amargura que hace de ella una experiencia más verosímil, intensa, dramáticamente humana.

JOSÉ LUIS GARCI, ICONOCLASTIA CLÁSICA

“Alfredo, tómate tu tiempo”. Podemos imaginar a Garci, en el set de rodaje de El crack, transformando el dictatorial “luces, cámara, acción” en esa expresión mucho más relajada. “Tómate tu tiempo”. Sin prisas, con mesura, con amor, en estos días en los que vivimos vertiginosamente, donde todo debe ser hecho con precisión, rapidez, donde lo inmediato adquiere estima casi sacra y donde perder el tiempo se ha transformado en el mayor de los pecados (hemos olvidado que estar ocioso, dedicar el tiempo a lo que nos complace, es herramienta imprescindible para nuestra formación y enriquecimiento personal).

El cine parece haberse contagiado de esa premura (que suele ir ligada a la superficialidad); hoy por hoy, las películas tienen que tener endiablado ritmo, fluido montaje, dinámicos movimientos de cámara… En este sentido, un cineasta que rueda como John Ford, Howard Hawks, Anthony Man, resulta transgresor. Tal que ocurre en propuestas cinematográficas minoritarias, que a nosotros, espectadores europeos, pueden parecernos exóticas (películas iraníes de Abbas Kiarostami, Samira Makhmalbaf o Jafar Panahi), la cámara de Garci se limita a contemplar la acción, es una ventana a través de la cual el espectador se asoma a las vidas de unos personajes en dramático conflicto. Garci nunca impone, siempre muestra. Quizás por ello, propuestas tan arriesgadas como Holmes & Watson: Madrid Days (su última película) han sido injustamente menospreciadas por la crítica. Las historias que Garci nos cuenta se desarrollan con la intensa calma de lo vital, invitando al espectador a entrar en la trama sin prisas, tal que se lee una novela de Zola, Dostoyeskiev o Galdós (autor, por cierto, adaptado por el propio Garci en una de sus más célebres películas: El abuelo).

Los escritores susodichos pertenecen al Realismo, y los he citado intencionadamente, pues si existe un movimiento literario equiparable al cine de Garci sería éste. Como aconsejaban hacer los grandes maestros decimonónicos, Garci pinta no sólo las almas sino también los ambientes. Sus personajes siempre pertenecen a una época concreta, fielmente retratada, que otorga un verosímil sabor a la película. Repárese en la atmósfera de Historia de un beso (rendido homenaje a la España que vivieron los autores del 98) o téngase en cuenta el Madrid de los 80 en las dos partes de El crack (que reconocible esa Gran Vía, ese parque del Retiro, esa sintonía de Antena 3, que dotan a la película de un sabor único, perfectamente reconocible para quienes vivimos aquella década), por no hablar de la evocación nostálgica de la España de Franco, que casi resulta tangible en una de las obras maestras del director: Tiovivo 1950. En este sentido, Volver a empezar es un canto a la ciudad de Gijón; los personajes, sus sentimientos, quedan ligados tras el visionado (en la memoria del espectador) a la citada ciudad. Como en todas sus propuestas, Garci elige el entorno perfecto (me atrevería a hablar de nostalgia de grises amenazas de lluvia) para que melancolía y nostalgia se desarrollen.

Algunos dicen que el cine de Garci es “para abuelos y desfasados”, como si tuvieran la vana ilusión de quedarse para siempre en la vibrante y dinámica, hipervitaminada, edad juvenil, como si obviaran el hecho de que todos somos un anciano en potencia o un niño ya pasado.

Profesor: Alberto Jiménez Liste. (Departamento de Lengua Española y Literatura).

 

CANTANDO BAJO LA LLUVIA (Stanley Donen, 1952)

Si tuviéramos que hablar del musical, de la película quintaesencial de uno de los géneros más populares del Hollywood clásico (y no vamos a entrar a tratar de la importancia que dicho género tiene en Bollywood, la mayor factoría de películas del mundo) quizás Cantando bajo la lluvia no sería una mala elección. Gene Kelly agarrado a esa farola, paraguas en mano, con cara de felicidad, pletórico de amor, es por derecho propio uno de los iconos de la cultura popular. Stanley Donen y el propio Gene Kelly dirigieron mano a mano esta comedia romántica que, como telón de fondo, nos planetaba los problemas que en la industria cinematográfica se derivaron del paso del cine mudo al cine sonoro. Humor, amor, cine dentro del cine, números musicales absolutamente espectaculares, irrepetibles (¿quién da más?) configuraron un cóctel perfecto que funciona como una bomba de relojería; una de esas películas que gusta a todo el mundo y que, la veas cuando la veas, te alegrará el día. Singing in the rain. Alegría, aun cuando llueva. Ya se sabe que quien canta su mal espanta, y Gene Kelly dejó patente el hecho en el número musical, quizás por antonomasia, de los ciento y pico años que llevamos de cine.

No haríamos justicia si no destacaramos la importancia de  Debbie Reynolds y  Donald O´Connor (acrobático y memorable como contrapunto cómico), que generan una química perfecta, que hace de esta joya un fresco vivo, a pesar de los cerca de setenta años que ya han pasado. Cine en clave de fantasmagoría vitalista musical.

La dirección de Kelly y Donen (dos de los grandes) es impecable, con un magistral uso de la grúa en algunos de los más célebres momentos y una concepción de la puesta en escena envidiable tanto para las escenas más íntimas como para las más ampulosas (recuérdese al respecto el grandioso número final).

No menos importancia tiene el uso que la película hace del color. Harold Rosson logró unos perfectos tonos apastelados, vivos (ligeramente saturados) para transmitir esa sensación de fuerza y energía que palpita en la película.

En fin, todo un clasicazo para que os pongáis a cantar durante estos días en los que, la lluvia, parece querer hacernos compañía.

Profesor: Alberto Jiménez. (Departamento de Lengua Española y Literatura)

INVASION OF THE BODY SNATCHERS ( DON SIEGEL, 1956)

La invasión de los ladrones de cuerpos” es una película americana de serie B de Ciencia-ficción y de terror.

Narra una invasión extraterrestre en la que esporas provenientes del espacio exterior dan origen a vainas, de las que surgen copias idénticas de seres humanos. La intención de estos extraterrestres es reemplazar a toda la raza humana por copias carentes de cualquier tipo de sentimiento.

Con una tensión creciente, se descubre que los habitantes del pequeño pueblo de Santa Mira están siendo sustituidos por réplicas que nacen en unas misteriosas vainas, sin procedencia verificable; una invasión implacable e invisible.

Se debe tener en cuenta que está rodada en plena Guerra Fría. En esta época muchas de las películas de invasiones extraterrestres eran, en realidad, propaganda anticomunista: los invasores provenían de Marte, el planeta rojo, carecían de individualidad y golpeaban a los Estados Unidos con una manifiesta maldad.

Posteriormente se hicieron tres versiones más de esta película.

TRAILER DE LA PELÍCULA: https://www.youtube.com/watch?v=x3cZJ3iURzk

DONALD «DON» SIEGEL (1912-1991)

Fue un montadordirector y productor estadounidense. Destacado por su colaboración con el actor  Clint Eastwood.

Su filmografía es muy extensa y entre sus películas, las más conocidas son “El seductor “ (1970), “Harry el sucio” (1971) y la “Fuga de Alcatraz” (1979).

Profesora: Elena Galay (Departamento de tecnología)

 

ÁGORA (ALEJANDRO AMENÁBAR, 2009)

“Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar” (Hipatia de Alejandría)

Siglo IV. Egipto está bajo el Imperio Romano. Las violentas revueltas religiosas en las calles de Alejandría alcanzan a su legendaria Biblioteca. Atrapada tras sus muros, la brillante astrónoma Hipatia lucha por salvar la sabiduría del Mundo Antiguo con la ayuda de sus discípulos. Entre ellos, los dos hombres que se disputan su corazón: Orestes y el joven esclavo Davo, que se debate entre el amor que le profesa en secreto y la libertad que podría alcanzar uniéndose al imparable ascenso de los cristianos.

Alejandro Amenábar, un ateo confeso.

El famoso director de “Tesis”, ópera prima, le puso ese nombre porque nuestro mundo es una plaza, traducción griega del título de la película, donde todos pueden debatir sin usar la violencia.  Realmente Hipatia no murió a la edad tan bella y deseada de la actriz Rachel Weisz. Fue pagana y neoplatónica hasta los sesenta años que fue asesinada por una turba descontrolada a favor de la facción política liderada por el obispo Cirilo. Hipatia se había puesto del lado de un nuevo gobernador que llegó a Alejandría, Orestes, provocando la animadversión de los seguidores de Cirilo, los cristianos. Por tanto, y así lo confirmó Amenábar, no se trató realmente de un crimen por motivos religiosos, sino por motivos políticos. Incluso el director utilizó la fuente del físico Carl Sagan cuando la astrónoma fue atacada con conchas de moluscos, cuando históricamente fue perseguida y asesinada con cascotes de tejas de construcción. Con esto el director quiso reforzar la idea del dogma contra la ciencia, la fe contra la razón.

Profesor: Javier Alcutén (Departamento de Latín)

 

LOS PÁJAROS (ALFRED HITCHCOCK, 1963)

Alfred Hitchcock es uno de los cineastas más importantes de todos los tiempos. Su nombre va ligado a títulos tremendamente populares, por todos conocidos, en los que destaca un sofisticado uso del suspense (lo que le valió el título de maestro del género). Además, Hitchcock, preocupado por una narrativa que atrapara al espectador desde el comienzo y no lo soltara hasta el final, lo estaba también por el alarde técnico; y muchos de sus títulos más recordados hicieron avanzar al cine en diferentes aspectos: montaje, planificación, efectos especiales…

La sombra de una duda, La soga, Psicosis, Con la muerte en los talones, Vértigo o Frenesí son, por derecho propio, clásicos del cine a los que podríamos unir Rebeca, Recuerda, Crimen perfecto, Encadenados o Marnie la ladrona. Leyendo el interesante libro, que desde aquí os recomendamos, El cine según Hitchcock, consistente en una extensa entrevista que el cineasta François Truffaut realizó al genio inglés (Hitchcock fue nacido en Leytonstone, Londres, desarrollando su carrera en Inglaterra, antes de transformare en el cineasta más prestigioso e importante de Hollywood), se tiene la sensación de que la grandeza de sus películas se debe a la tremenda ambición y afán de superación y perfeccionismo que tenía este creador, tremendamente crítico y analítico para con su propia obra y con un profundo respeto hacia ese público que solía llenar las salas para disfrutar de las fascinantes y sorprendentes historias que contaba el artífice de El hombre que sabía demasiado.

De su extensa filmografía, La sombra de una duda, Psicosis y Los pájaros (película que hemos seleccionado en esta ocasión) son quizás las películas que él mismo consideraba más perfectas (lo que no deja de ser un asombroso ejercicio de modestia dado el nivel de otros títulos como, por ejemplo, Cortina rasgada).

Hitchcock eligió una novela breve escrita por Daphne du Maurier en 1952 para crear una de las películas más influyentes de la Historia del Cine: Los pájaros. La primera genialidad de Los pájaros radica en su ambigüedad genérica, en ese tono propio de una amable comedia romántica que, repentinamente, derivará hacia los terrenos del cine de terror en su vertiente más catastrofista; si bien los elementos melodramáticos tendrán una constante presencia, perfectamente ensamblada en la trama, a lo largo del metraje. A partir de Hitchcock, esta diversidad genérica de la que hablamos va a ser perfectamente rastreable en creadores tan innovadores como David Lynch (Blue Velvet), Takashi Miike (Audition) o, más recientemente, Christopher Nolan (Dunquerke), pero en una película como Los pájaros, estrenada a finales de la década de los 60, la mezcolanza de tono resultaba tremendamente rompedora.

Técnicamente, Los pájaros también marcó un antes y un después. La idea de una apacible población que, repentinamente, padece el masivo ataque de bandadas de pájaros asesinos, ocasionando desastres de tamaña espectacularidad (recuérdese, a manera de ejemplo, la famosa escena en la que estalla la gasolinera) está sustentada en una serie de efectos especiales (maquetas, sofisticados muñecos, transparencias…) que adelantaron la concepción del cine moderno, que algunos cifran en la obra de George Lucas y Steven Spielberg (de hecho, Tiburón fue una película tremendamente influida por este gran clásico del cine de Hitchcock).  Además, la conjunción del uso de tomas largas (Hitchcock fue un innovador respecto al uso del plano secuencia, tal y como dejó claro en títulos clave como La soga, Encadenados o Psicosis) y frenético montaje, necesaria para lograr la espectacularidad de sus escenas, que contribuyen de decisiva manera a hacer de este título una película perfectamente disfrutable hoy por hoy, por un uso de la narrativa audiovisual y una concepción de la puesta en escena decididamente actual.

La violencia explícita (manifiesta en los ataques de las aves) y el tan manido “gore” (recuérdese el plano detalle del cadáver sin ojos al fondo del pasillo) , también están presentes en la película, siendo un elemento arriesgado en aquel entonces, pues el cine destinado al gran público estaba todavía lejos de parámetros que comenzaban a ser explorados por películas de bajo presupuesto, procedentes del cine más independiente, como La noche de los muertos vivientes (del mismo año de producción que la película de Hitchcock).

Además de todo lo dicho, Los pájaros planteó un novedoso uso del sonido, optando por la ausencia total de música orquestal (el habitual Bernard Hermann descansó en esta ocasión). El diseño y la edición de sonido se centró, sobre todo, en la recreación del canto de los pájaros, que en algunos momentos llega a encrespar al espectador, contribuyendo a la creación de una atmósfera de angustia y tensión extrema.

Hitchcock fue también genial a la hora de concebir su propuesta sin entrar a dar explicaciones racionales, respetando así una de las reglas de oro del cine fantástico más actual, y logrando con ello uno de los clímax finales más perturbadores de todos los tiempos, con un último plano mítico, que cierra con broche de oro una de esas películas que nadie debería perderse y que, desde aquí, os proponemos para este fin de semana.

Profesor: Alberto Jiménez. (Departamento de Lengua Española y Literatura)

 

CARTA DE UNA DESCONOCIDA (MAX OPHÜLS, 1948)

Un desfile de negros carruajes bajo una lluvia espectral abre este prodigio narrativo, orquestado por Max Ophüls, que adapta una novela de Stephan Zweig. La cámara de Ophüls (siempre movida con la elegancia de un vals vienés) se inmiscuye en el interior de una lujosa casa en la que un apuesto personaje (Louis Jourdan en el papel del pianista Stephan Brand, uno de los mejores trabajos de su carrera) va a comenzar a leer una sentida misiva que da título a una de las historias de amor más hermosas jamás plasmadas en la gran pantalla.

La belleza de Carta de una desconocida no reside en un juego convencional de pulsiones satisfechas; al contrario, la adaptación que Ophüls hizo de la  novela de Zweig destila esa hermosura conmovedora que se desprende de la derrota y del fracaso: ilusiones frustradas, ansias truncadas, alegrías insatisfechas animan el melancólico blanco y negro de unos impecables 86 minutos de metraje.

Pocas veces el cine ha retratado tan bien el misterio del amor. Nunca una película ha reflejado de manera tan acertada el mundo de las pasiones ocultas, los sentires que no manifestamos (prodigiosa esa Joan Fontaine, encarnando el personaje de Lisa, que vive en secreto su tormento emocional), porque, ante todo, Carta de una desconocida es una película de silencios, acorde con su estética clásica, de contenida discreción. Ophüls expone lo terrible desde esa elegancia que siempre otorga el dominio de lo clásico, conduciendo al espectador (atrapado, sin poder desviar el interés ni un ápice) hasta uno de los finales más desoladoramente hermosos de la Historia del Cine (de nuevo los carruajes negros, otorgando a la película una cierta estructura circular, de historia que se repite, eterno retorno de lo inefable, “deja vu”).

Max Ophüls, cineasta de origen alemán que desarrolló su carrera entre su país de origen, Francia (país al que se exilió tras el ascenso del nazismo al poder) y Estados Unidos (Carta de una desconocida es una producción norteamericana), empezó su carrera en el mundo del teatro (fue actor); de ahí el mimo y la importancia que siempre otorgó a los personajes de sus películas. Sin embargo, consciente de las diferencias existentes entre cine y teatro, Ophüls siempre estuvo preocupado por lograr un estilo propio, una estética personal, perfectamente reconocible en Carta de una desconocida, configurada por  tomas largas, uso de los planos con grúa y cuidado tanto en la puesta en escena (bellísima en la película que aquí estamos tratando) como en la utilización de la banda sonora (de hecho, para enfatizar dicho aspecto, Ophüls transformó en pianista al escritor de la novela original de Zweig).

Su filmografía cuenta con películas como La tierna enemiga (1936), La conquista del reino (1947), Almas desnudas (1949) o La ronda (1950), otro de sus trabajos más recordados, con el que obtuvo el premio BAFTA a la mejor dirección, siendo Lola Montes (1955) su última película.

Así las cosas, Max Ophüls es uno de esos nombres propios del cine que demuestran con su quehacer que arte e industria, en ocasiones, se unen y obran el prodigio, pues, gracias a una envidiable capacidad para la narración (como ya hemos dicho, Carta de una mujer es un ejemplo impagable de progresión narrativa) gracias a técnicas cinematográficas innovadoras para su época (de ahí que se haya llegado a comparar con Orson Welles) logró transmitir y crear una serie de sensaciones y emociones humanas, profundamente humanas.

Profesor: Alberto Jiménez. (Departamento de Lengua Española y Literatura)

 

AMANECER. (FRIEDRICH WILHELM MURNAU, 1927)

En sus orígenes, el cine era un arte silente. La incorporación del sonido (que va a dotarlo de la actual naturaleza audiovisual) resulta posterior, siendo El cantor de jazz, producción de la Warner estrenada el 6 de octubre del año 1927, la primera película considerada sonora, dado que incluía sonido grabado en directo: las canciones interpretadas por Al Jolson, el protagonista de la película. Tan solo un mes antes era estrenada Amanecer, película dirigida por el alemán Friedrich Wilhelm Murnau que incluía un sistema de sonido denominado Movietone que aportaba música y efectos generados en postproducción. Así las cosas, Amanecer es un estimable ejemplo de los intentos de avance que el cine, desde sus orígenes, siempre ha llevado a cabo; un clásico en blanco y negro (el color sería otro de esos avances) que nos habla de la transición hacia los nuevos cauces de expresión que el cine conoció en la siempre interesante y reveladora década de los 20.

Podemos dividir el cine de Murnau en dos etapas. La primera, ligada a su Europa natal, donde va a dirigir películas de incuestionable calidad como Nosferatu, El último o Fausto, demostrando su talento para la narración cinematográfica (tengamos en cuenta que el cine era un arte joven, en busca de normas y convenciones capaces tanto de emocionar como de hacer avanzar la historia) y para la creación de ambientes.

La segunda etapa, ligada a Estados Unidos, a la incipiente industria del cine norteamericano, en la que va a dirigir cuatro interesantes películas (cerrando su carrera con la ambiciosa y espléndida Tabú) de las que la elegida en esta ocasión, Amanecer, es la primera de ellas (con la que, por cierto, consiguió el reconocimiento que siempre otorga el Oscar).

Técnicamente, Amanecer es un prodigio: tengamos en cuenta que, en su época de producción, el uso de maquetas, los trucos de montaje, la iluminación y los movimientos de cámara (la película cuenta con algunos de los travellings más bonitos de la Historia del Cine) eran riesgos artísticos que el genio alemán supo manejar y solventar estupendamente, creando, sobre todo en sus primeros e inolvidables minutos de metraje, una de las atmósferas más inquietantes, hermosas y perturbadoras de su filmografía (Romanticismo traducido en imágenes, con esa imponente luna como telón de fondo de una aventura erótica que parece inversión del lorquista Romance de la casada infiel).

Amanecer arranca recordándonos el cine de ese Murnau tenebrista, gracias al tratamiento que hace tanto del tema de la mujer fatal como del tema del doble, pero, poco a poco, la película adquiere el tono festivo, divertido, entrañable, de las comedias románticas de Hollywood, para concluir con un retorno a la gris desesperación de la que, finalmente, volveremos a salir con uno de los “happy ends” más bonitos de la Historia del Cine, dando sentido al título de la película: ese amanecer que disipa las sombras. Así las cosas, Amanecer está concebida como un viaje de ida y vuelta hacia el horror, pudiéndose interpretar como una reflexión acerca de la vida: ese don que disfrutamos a lo largo de un camino bordeado por abismos. La sombra que siempre acecha, tal que esa hermosa mujer, seductora pero vestida de negro, que parece abandonar, en la parte final del metraje (¡qué bonito plano, por cierto!), poco antes del rayo de luz, sus propósitos frustrados, buscando ya nuevos fines.

Amanecer es como la vida. Tragicómica. Una hora y cuarenta y cinco minutos de sonrisas y lágrimas, de luz y oscuridad. Murnau “made in Hollywood”.

Profesor: Alberto Jiménez. Departamento de Lengua Española y Literatura.

 

EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE. (JOHN FORD, 1962)

Iniciamos este apartado de nuestra página web dedicado al cine otorgando el honor de inaugurar la sección al, por muchos, considerado mejor director de todos los tiempos: John Ford.

“La diligencia”, “El hombre tranquilo” (película que en España también se estrenó y se conoce como “La taberna del Irlandés”), “¡Qué verde era mi valle!” o “Centauros del desierto” se encuentran entre algunos de los más célebres trabajos de este gran artista nacido en una granja de Cape Elizabeth (Maine) y que tenía la discreción como principio estético.

    

En efecto, John Ford pertenece a esa cada vez más singular estirpe de cineastas que no utilizan la cámara para llamar la atención sino que entienden el encuadre como un vehículo perfecto para llevar a cabo un ejercicio de contemplación de la acción, de donde se desprende una emotiva naturalidad. Así las cosas, su cine sabe a pedazo sincero de vida, la pantalla cinematográfica desaparece, se transforma en una ventana a través de la cual nos asomamos para ser testigos mudos de lo que acaece. La mirada de John Ford es la de un enamorado de lo cotidiano, con sus alegrías y sinsabores, sin necesidad de adornos innecesarios. Mímesis en movimiento, ya sea en color o en blanco y negro.

  

Él mismo, en obvio ejercicio de modestia, se reconocía como un director de películas del oeste; y quizás en este ejercicio de humildad radique la clave de su fascinación por lo inmediato, por esa paisajística norteamericana que supo plasmar en una larga catarata de títulos. “Fort Apache”, “Río Grande”, “El gran combate”, “Las uvas de la ira”, “Mogambo” son algunas de sus muchas creaciones, pero, por la originalidad de su propuesta y por la sencillez con la que mezcla los géneros, elegimos la estupenda “El hombre que mató a Liberty Valance” como recomendación cinematográfica para esta semana.

Si algo sorprende en este clásico de Ford es su naturaleza impredecible, al ser una película del oeste que se transforma en película de suspense; un “western” que es todo un policiaco o, lo que es lo mismo, aunque al revés, cine negro viajando al oeste (mezcla curiosa que, quizás, tuviera presente Ridley Scott al combinar el “noir” y la Ciencia Ficción en otra película mítica, “Blade Runner”).

Pero, claro, esta inusual combinación tiene su lógica de ser, pues el universo cinematográfico de Ford, al retratar la vida, escapa de los límites de los géneros. Así las cosas, la mezcla no sólo se antoja posible sino que se antoja necesaria, disfrutando de la misma como siempre se hace de una historia bien planteada y bien contada, con sus dosis de claros y de oscuros, con su mezcla de humor y de tragedia: es decir, fórmula perfecta, como esa vida que siempre retrata Ford, con un James Stewart y un John Wayne impecables en sus estelares papeles (Stewart y Wayne, quienes aparecen en la siguiente fotografía, fueron dos grandes actores, con unos caracteres muy marcados, ideales para los roles que en esta película desempeñaron).

Ya sabéis que no es de recibo desvelar la trama y las sorpresas de una película (hoy en día se utiliza una palabra horrenda, “spoiler”) y, obviamente, no lo vamos a hacer aquí. Nos limitaremos a decir que en “El hombre que mató a Liberty Valance” os vais a encontrar un crimen, un misterio, un pueblo que encierra secretos y, sobre todo, un elaborado juego de espejos y perspectivas en el que, como años después ocurriera en “Twin Peaks” (la fantástica serie de David Lynch) las cosas no son lo que parecen.

“El hombre que mató a Liberty Balance”. Gran clásico de Ford, obra maestra del maestro, película diferente, original, inigualable, para disfrutar a solas o en compañía, para comenzar a asomarnos (en caso de no haberlo hecho ya) al universo de Ford, de la mano de Stewart y Wayne, con una fotografía y una partitura maravillosas que otorgan un envoltorio de oro a este emocionante canto a la hermosura de la cotidiano.

Profesor: Alberto Jiménez. Departamento de Lengua Española y Literatura.   

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