IES LA PUEBLA DE ALFINDÉN

Inicio » Tutores » El libro de la semana

El libro de la semana

octubre 2018
L M X J V S D
« Sep    
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
293031  

Contacta con nosotros en:

Blog del AMPA

Semana 3. No digas que fue un sueño (Terence Moix, 1986).

Si eres un apasionado de la novela histórica y del Antiguo Egipto no te puedes perder esta novela ganadora del Premio Planeta en 1986 que convirtió a su autor en uno de los más leídos de la literatura española contemporánea. Una barca remonta el Nilo. En ella, la reina Cleopatra muestra al mundo su dolor tras ser abandonada por su amante Marco Antonio, que ha acudido a Roma a contraer matrimonio con Octavia, hermana de su colega y amigo Octavio, que en el futuro se convertirá en su principal rival político.

“Y dijo la mujer: Maldito sea Amor, que me asesina. Teñid de muerte el Nilo. Poned luto a las nubes. Convertid Egipto en un sepulcro”.

Terenci Moix, escritor nacido en Barcelona en 1942 (aunque a él le gustaba decir que en Alejandría) y fallecido en 2003 (¡maldito tabaco!), enamorado del cine y del Antiguo Egipto, nos dejó en esta obra un ejemplo de sus grandes pasiones. Los personajes históricos (Cleopatra, Marco Antonio, Julio César, Octavio…) desfilan ante el lector a lo largo de sus páginas y cobran vida de una manera excepcional con el telón de fondo de una época histórica apasionante que marca la decadencia final del Antiguo Egipto con el nacimiento de la Roma Imperial como dominadora del mundo.

¿Por qué lo he elegido?

Este libro cayó en mis manos hace mucho tiempo, en una época en la que las cajas de ahorros, para conmemorar el día del libro, regalaban ejemplares a cambio de un ingreso en la cuenta. Un familiar me lo regaló y lo que me atrajo inmediatamente fue el tema. Todo lo relacionado con Egipto me llamaba ya poderosamente la atención y Cleopatra era uno de esos personajes que me parecía fascinante. Lo que yo por aquel entonces conocía de ella era lo que circulaba en el imaginario popular (es curioso cómo a día de hoy siguen los mismos tópicos) y la imagen proyectada por el cine encarnada en Liz Taylor, dorada y majestuosa, en su entrada a Roma.

Sin embargo no os voy a engañar. No fue fácil. Yo era muy joven y no estaba preparada para lo que me iba a encontrar. La prosa de Moix, con ese ritmo poético, calificada de sutil y casi lírica, supuso para mí un hándicap importante. El ritmo lento con el que empieza la novela, las minuciosas descripciones… hacían que la lectura se me hiciera larga y tediosa, hasta un punto que hice algo que hasta entonces era impensable para mí: abandoné su lectura.

Llegados a este punto, tengo que agradecer a mi cabezonería y a mi amor por la Historia el que finalmente lo retomara, y no solo eso: se convirtió en uno de mis libros favoritos. Finalmente quedé atrapada en esta novela cuyo tema principal es el amor en todas sus fases y manifestaciones y donde se alza, reivindicada por el autor, la figura de Cleopatra VII. Junto con Totmés, joven sacerdote de Isis que instruye y acompaña al príncipe Cesarión, fui recorriendo sus páginas. Además, me abrió la puerta a otras obras de Moix, como son “El sueño de Alejandría”, que puede considerarse su continuación al retomar la acción y los personajes de esta novela, o “Mundo macho” y deja pendiente la lectura de muchas otras obras de este reconocido y galardonado autor.

Selección y reseña: Ana Belén Arnauda Acero (Departamento de Geografía e Historia)

Semana 2. Sicario (Alberto Vázquez-Figueroa, 1991).

Alberto Vázquez Figueroa es uno de los autores más leídos de nuestra bonita lengua. Sus novelas suelen colocarse en los primeros puestos de las listas de ventas, habiendo llegado a ser incluso algunas de ellas adaptadas al cine. Si es reseñable su tremenda popularidad también lo es su disidencia de las filas de los cenáculos literarios y culturales habituales, obviando con cierto humor socarrón las quimeras relacionadas con la pragmática literaria. A él se debe la mordaz observación de que la literatura consiste en escribir una palabra tras otra colocando el punto o la coma donde sea menester.

Afincado en su querido archipiélago canario, su periplo vital no sólo se liga al quehacer novelesco sino también a la aventura, siendo uno de esos reporteros intrépidos (tal que Pérez-Reverte o De la Cuadra Salcedo) que, tras patearse medio mundo, tiene a bien transformar su experiencia en vibrantes líneas, confluyendo lo autobiográfico y lo fantasioso.

Tuve la suerte de conocer su labor gracias a uno de esos regalos que llegan como quien no quiere la cosa pero que acaban marcando: Tuareg, quizás su más conocida novela. Su lectura me subyugó inmediatamente, leyendo el texto, prácticamente, de tirón. Las descripciones de las costumbres de la tribu que da título a la novela, perfectamente integradas en una trama que dosificaba suspense y acción de manera magistral, dotaban de trascendencia a las inolvidables aventuras del personaje protagonista. Diversión y antropología perfectamente mezcladas, combinación constante en la novelística de su autor.

No tardé en adquirir otra novela de Vázquez – Figueroa: Sicario, de la que, entre otras, hablaré hoy aquí. Si la lectura de Tuareg me resultó entusiasmante, todavía lo fue más la de ésta que, para mí, es uno de los más logrados títulos del escritor. Al igual que me ocurriera con Tuareg, no pude dejar la lectura de Sicario. En esta ocasión, el autor cambiaba la difícil vida en el desierto por la no menos peligrosa supervivencia en las calles de Bogotá. Tras Tuareg, Sicario comenzaba a configurar en mi experiencia lectora una de las constantes de la literatura de Vázquez-Figueroa: la adaptación del ser humano al entorno que le ha tocado vivir. En este caso, la novela se antoja justificación de una situación final de existencia despiadada: la de un asesino a sueldo. Así las cosas, el arranque de la novela, uno de los más electrizantes que yo haya disfrutado, expone sin demasiadas reservas la descarnada vida de uno de esos gamines que malvive en una Bogotá deshumanizada, absoluta pesadilla urbana en la que los temibles Ángeles de la Muerte segan vidas inocentes. En este sentido, podríamos decir que Sicario pertenece a esa literatura dura y directa donde se inscribirían títulos como La Virgen de los sicarios o El desbarrancadero (ambos del colombiano Fernando Vallejo); pero la habilidad y el olfato comercial (que lo tiene, y mucho) de Vázquez-Figueroa hacen que Sicario, poco a poco, se vaya transformando en un relato policiaco, en una novela negra con unas señas de identidad tremendamente personales, donde, una vez más, el uso del suspense va a vertebrar una tensión siempre creciente.

Tanto por sus implicaciones sociales como por su filiación genérica, Sicario es una de esas novelas a las que todo aficionado debería asomarse, pues es posible que, tras ello, el complacido lector se interese por otros textos del autor no menos significativos. Ébano, La iguana, Marfil, Manaos, Bora Bora… son lecturas inolvidables, de esas de las que uno recuerda, sobre todo, la sensación de disfrute; ese pasar de páginas embebido en una trama que aísla de la noción del paso del tiempo.

Quizás considerado de importancia menor por la crítica literaria especializada, desde estas líneas rompemos una lanza a su favor. Con más de cincuenta novelas publicadas y más de ocho décadas de intensa vida a la espalda, reivindicamos a Vázquez-Figueroa como nuestro Salgari, nuestro Burroughs, nuestro Verne…

Si tenéis curiosidad no ya sólo en su labor como novelista sino en su propia biografía, tremendamente recomendable resulta Anaconda, texto de fuerte contenido autobiográfico que contribuye de decisiva manera a completar la experiencia lectora.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

 

Semana 1. El resplandor (Stephen King, 1977).

Tengo el placer de inaugurar esta sección con un título muy especial, no ya por la calidad de la novela en sí, sino por los muchos recuerdos que la lectura de sus hojas me traen. Toda una experiencia vital que quizás haya contribuido a mi dedicación actual a tratar de enseñar un poco de literatura.
A Stephen King, a quien jamás he conocido en persona (es un tipo que no se presta a viajar demasiado fuera de su Nortamérica natal) lo tengo como a uno de esos buenos amigos que te acompañan a lo largo del camino de la vida. Me interesé por él no gracias a la literatura, sino gracias al cine, puesto que en 1981 Stanley Kubrick rodó una de las más terroríficas películas de aquella época, basada en la novela de la que aquí hoy trataremos.


Pero no adelantemos acontecimientos. Tendría yo unos nueve años cuando una serie de televisión de tan solo tres capítulos nos tuvo aterrorizados a todos los compañeros de clase: “El misterior de Salem’s Lot”, basada en, también, una novela de Stephen King. La espectral imagen del niño flotando en la bruma, ante la ventana de su hermano, rasgando con sus afiladas uñas el cristal de la ventana forma ya parte del imaginario de toda una generación que íbamos entendiendo que King y el terror eran sinónimos.


La curiosidad y el video me hicieron descubrir “Carrie”, “Miedo azul”, “Christine”… pero yo quería conocer más, llegar al fondo del asunto, conocer de primera mano el material original del que nacían aquellas películas tan especiales.

Durante el verano de 1984 (tengo la suerte de cumplir años en julio, por lo que yo estaba de vacaciones escolares) mis padres me preguntaron por el regalo que yo quería.

-“El resplandor”, la novela de Stephen King -respondí yo.

La librería Pérez era un típico lugar de mi ciudad, hoy ya desaparecido, en donde uno podía encontrar libros de ocasión, tebeos baratos y, cómo no, las novelas de Stephen King. Olía a madera y su suelo crujía a cada paso. Mis padres estuvieron la mar de generosos, pues no sólo me regalaron “El resplandor”, sino que añadieron la edición de “Cujo” en Grijalbo, cuya portada es una de mis favoritas.


Aquella noche la recuerdo de manera especial. De los libros que más me gustan tengo presente, más que su contenido, las situaciones que rodearon el acto de lectura. La luz de la lamparilla de noche de la habitación, la ventana abierta hacia una noche de julio no demasiado cálida con una luna brillante en el cielo, las suaves sábanas bajo las que me iba sumergiendo en el Overlook hotel.


“El resplandor” es un cuento de miedo de unas quinientas páginas, y es a la vez la radiografía de uno de los pilares de la sociedad norteamericana: la familia (en proceso de fatídica descomposición). En este sentido, es un King clásico; una puesta al día del relato de miedo tradicional y, a la par, una descripción de una Norteamérica al borde de la esquizofrenia que se antoja espejo del mundo que nos ha tocado vivir. Eso es siempre (o casi siempre) King: literatura de género que va más allá de sus típicos límites.


Stephen King, a diferencia de lo que creen algunos (quizás quienes no lo han leído o lo conocen tan solo de oídas), es uno de los más intensos cronistas de la América actual. Quienes se asomen a su literatura descubrirán que sus novelas no son espectrales relatos al uso, sino verdaderas instantáneas de la inmediata realidad que conoce. “Dolores Claiborne”, “La tienda”, “La milla verde”, “La cúpula” o la magistral “22/11/63” parecen continuar la labor emprendida por los grandes maestros del realismo “made in USA”. Los elementos fantásticos que acreditan el sello identitario de King, prescindibles en algunas de sus narraciones más radicales (así en “Rabia” o en “Carretera maldita”), pueden interpretarse como elementos naturales dentro del proceso de esperpentización con el que King describe la pesadilla americana (en efecto, nos encontramos ante el reverso tenebroso del mito del sueño americano). Novelas desesperanzadas como “Apocaplypsis”, por las que vagabundean personajes perdidos (el mismo Jack Torrance de “El resplandor”), subrayadas por esa melancólica belleza de la que “It” (uno de sus mejores textos) hace gala.

En “Mientras escribo”, Stephen King nos confesó su hoy por hoy superada adicción al alcohol (uno de los temas recurrentes de su literatura), explicando como “Carrie”, su primera novela, fue milagrosamente rescatada de la papelera por su esposa, Tabita King, quien la envió a una editorial que tuvo a bien publicarla pasando a ser un fenómeno de ventas que dio al escritor ánimos para superar su grave problema. Tras “El misterio de Salem’s Lot” (una de las mejores novelas de vampiros jamás escritas), llegó “El resplandor” (quizás su novela más célebre), posiblemente uno de los tres textos más personales de King (junto con “Misery” y “La mitad oscura”). “El resplandor” parece un ajuste de cuentas de King consigo mismo. El carismático protagonista, Jack Torrance (uno de los personajes más intensos y logrados de la literatura en lengua inglesa de las últimas décadas), en constante proceso de desquiciamiento, se antoja por momentos alter ego del amigo Stephen.


La acción de la novela se ubica en un vetusto aunque elegante y enorme hotel, el Overlook, sito en una zona montañosa que queda completamente aislada, a causa de la nieve, durante el crudo invierno. Allí acudirá Jack Torrance, quien ha conseguido trabajo de guarda para los fríos meses que se avecinan, junto a su esposa Wendy y el hijo de ambos, el pequeño Danny. Iremos descubriendo que Torrance, al igual que King, trabajó de profesor de literatura; iremos descubriendo que Torrance, al igual que King, está intentando abrirse camino en el complicado mundo de la literatura (otro de los temas característicos de la obra del autor); e iremos descubriendo que Torrance, al igual que King, tuvo graves problemas con el alcohol.


El hotel Overlook es un personaje más de la novela; quizás el verdadero protagonista. Sus largos pasillos y sus sombríos misterios van conformando, desde el primer capítulo, una de esas irrepetibles atmósferas que de vez en cuando nos regala la literatura de género. “El resplandor” es una actualización del tema de la casa maldita, uno de los elementos más recurrentes de la novela de terror, presente en las narraciones de los grandes autores clásicos: Poe, Conan Doyle, Lovecraft o, más recientemente, Richard Matheson. Pero las ambiciones de la novela superan la previsible simplicidad, convirtiéndose sus páginas en un fascinante estudio de la paulatina disolución del núcleo familiar, de como la insatisfacción humana conduce a, parfraseando a Oscar Wilde “destruir lo que más amamos”.

Jack Torrance, una de las grandes creaciones kingianas, se antoja persona en inexorable y paulatino proceso de descomposición, sirviendo para introducir la ambigüedad en un relato que juega con mesura con los mecanismos de lo abiertamente fantástico. ¿Está el Overlook realmente maldito? ¿No será todo una alucinación producto de la febril imaginación de Torrance, alentada por su recaída en el alcoholismo? Frente a Jack, la débil figura del niño, Danny, y su madre, Wendy, otros dos personajes creados por la fantasía del amigo Stephen que dejarán imborrable huella en el lector.


Danny, el niño, también funciona como tópico actualizado, introduciendo la vinculación con el mundo fantasmal, gracias al don, el resplandor, que da título a la novela. Inolvidable la primera conversación del pequeño Danny con Dick Halloran (de nuevo, otro de los grandes personajes de la literatura de King), explicándole en que consiste el poder en cuestión y advirtiéndole que, ante todo, no entre, jamás, en la habitación 237, elemento que constituirá uno de los clímax más impactantes de este texto inolvidable.


Si habéis oído hablar de Stephen King (¿quién no?) y tenéis curiosidad por adentraros en su irrepetible universo literario, creedme; al igual que yo hice, El resplandor es una de las mejores maneras de comenzar. Uno de esos textos que, mágicamente te enreda, te atrapa y no te suelta hasta el final. Recuerdo haber leído, en la noche antes descrita, sus primeras 150 páginas de un plumazo, como ese enorme vaso de agua que se bebe de golpe para saciar la sed.

Como ya os he indicado al comienzo de esta reseña, Kubrick adaptó la novela, si bien posteriormente Mick Garris, amigo personal de King, se encargó de adaptarla de nuevo para la pequeña pantalla.

La fama y el éxito de este clásico de la literatura actual llevó al propio King a volver sobre el personaje de Dany, ya adulto, en “Doctor sueño, pero esa es ya otra historia”.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

PLATAFORMAS EDUCATIVAS INNOVADORAS

Estadísticas del blog

  • 301.177 visitas
A %d blogueros les gusta esto: