IES LA PUEBLA DE ALFINDÉN

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El libro de la semana

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Semana 9. Último deseo (Fernando Lalana y José Videgaín)

Dado que, durante la próxima semana, nos visitarán Fernando Lalana y José Videgaín, tenemos a bien reseñar Último deseo, trepidante novela resultado de la colaboración del célebre novelista (Lalana) y popular guionista (Videgaín).

La novela en cuestión, de la que tenemos que comenzar destacando su trepidante ritmo, sustentado en una serie de tramas paralelas que juegan con el ayer y el ahora, es, entre otras cosas, un homenaje a la amena literatura juliovernesca (Miguel Strogoff, De la tierra a la luna, 20000 leguas de viaje submarino, El rayo verde…), con artefactos imposibles también presentes, tal y como era del gusto del célebre autor francés.

Novela de su tiempo, las referencias cinematográficas también resultan obvias, en tanto en cuanto la búsqueda de un artefacto mítico (motivo central del relato) nos recuerda de manera inmediata las andanzas de Indiana Jones tras arcas divinas y santos griales, con plaza de San Marcos también incluída.

En esta ocasión, es nada más y nada menos la lámpara maravillosa de Aladino, lámpara de los deseos (de ahí el título del libro) la que los jóvenes protagonistas del libro deberán encontrar, siguiendo los pasos de su padre y tío, dos hermanos coleccionistas de rarezas, entre otras cosas (las conexiones con otras películas como La búsqueda o incluso videojuegos del calibre de Tomb Raider o Uncharted son más que apetecibles).

Ello llevará al lector a acompañarles en una odisea a través de la cual no sólo viviremos de intensa manera la aventura, sino que conoceremos mucho más de cerca personajes como Marco Polo, Guttenberg o Iván el Terrible.

La ficción y la historia, la fantasía y la realidad se saludan a lo lago de unas páginas escritas con la llana precisión que requiere la buena novela de aventuras, esa de la que tanto gustaba el citado Verne, pero también Emilio Salgari, Edgar R. Burrougs, Robert E. Howard o nuestro Alberto Vázquez Figueroa.

¡No os la perdáis!

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

Semana 8. Novecientos (Alessandro Baricco, 1994)

 Novecientos es, quizás, una de las historias más bonitas del mundo, la historia de un hombre que no existió, que nunca llegó a pisar la tierra, pero poseedor de uno de los mayores talentos que el mundo conoció. La historia de Danny Boodman T.D. Lemon Mil Novecientos.

El mago o ilusionista al que debemos esta creación es Alessandro Baricco, un escritor italiano nacido en Turín, la ciudad del chocolate, y al que tenemos que agradecer un buen número de historias fabulosas. De su obra literaria me quedo con Océano mar (1993), una sugestiva historia que te deja literalmente pasmado, y Seda (1996), una relato pequeñito y absolutamente envolvente. Entre ambas creaciones, publica Baricco Novecientos, que unos años después fue llevada a la gran pantalla por Giuseppe Tornatore (director de Cinema Paradiso) bajo el título La leggenda del pianista sull’oceano  con música compuesta por Ennio Morricone.

El propio Baricco dice que pensó este texto como un monólogo teatral que le habían encargado unos amigos, un director y un actor de teatro. Sin embargo, al terminarlo y revisarlo le pareció más una novela dialogada en primera persona o quizás un monólogo exterior… En cualquier caso, logra un relato emocionante y conmovedor en el que las pequeñas cosas y los detalles adquieren una enorme importancia y son capaces de definir una vida.

Conocemos a Danny Boodman T.D. Lemon Mil Novecientos a través de la voz de un trompetista de jazz que lo había perdido todo. Todo menos una maravillosa historia que contar y que conoció mientras trabajaba en la Atlantic Jazz Band, una banda que tocaba todas las noches en el Virginian, una especia de barco gigante a lo Titanic que unía Europa con América varias veces al año. El pianista de la Atlantic Jazz Band era Danny Boodman T.D. Lemon Mil Novecentos.

En el Virginian de principios del siglo XX viajaban miles y miles de hombres con sus ilusiones y sus sueños de una vida mejor en América. A veces viajaban sin mirar atrás, en busca de una nueva vida y olvidando todo. Incluido un bebé. Ese bebé era Danny Boodman T.D. Lemon Mil Novecientos. Con los años mostró un talento al piano sin igual en tierra firme. Porque Danny Boodman T.D. Lemon Mil Novecientos nació en el Virginian y nunca quiso salir de él. Pero hasta los barcos, y también el Virginian, con el paso del tiempo mueren. En el caso de este barco con la ayuda de seis toneladas y media de dinámicta. Tal vez, este sea el momento adecuado para que Danny Boodman T.D. Lemon Mil Novecientos pise tierra firme o quizás su destino sea desaparecer con el Virginian… y tú, ¿qué harías?…

Selección y reseña: Sebastián Solana.

 

Semana 7. El camino (Miguel Delibes, 1950)

La melancolía tiñe las páginas de esta novela que Miguel Delibes compuso en un arrebato sincero de genio creativo. Hay textos que son fruto de una meditada elaboración (pensemos, por ejemplo, en la Madame Bovary de Flaubert), otros surgen del placer que el escritor encuentra al contar una de esas historias que lleva dentro; es el caso, ni más ni menos, de clásicos de la literatura del tamaño de La Celestina (escrito, al parecer, durante una vacacional quincena durante la que Fernando de Rojas estuvo liberado de sus obligaciones profesionales ligadas al Derecho). Al parecer, también Delibes disfrutó mientras echaba fuera, en, según cuentan, tantos días como capítulos, las vicisitudes que conforman el corpus textual de esta hermosa obra maestra de nuestra narrativa.

La nostalgia es el eje vertebrador de un relato marcado por la concisión, en el que la voz del protagonista, un niño que pasa desvelado su última noche en el pueblo que lo vio nacer, y crecer, logra la magia del juego con el tiempo. Así las cosas, el aquí y el ahora, las horas puntuales de sueño interrumpido por la angustia y los nervios de ese mañana que se acerca, se transforman, mágicamente, en recuerdo evocador de los acaecimientos del pasado, conformándose una catarata de anécdotas que plasman con poética mesura la vida en un pueblo durante la España de la posguerra. La memoria como narración. El recuerdo hecho novela.

Pero, a diferencia de lo que puede parecer, no es El camino una novela lacrimógena. Sus páginas, ricas en divertidas eutrapelias, contienen vitalidad y humor a raudales, configurando una tan inolvidable como amena personajística. Esa melancolía y esa nostalgia de la que antes hablábamos no otorgan a la novela un tono apesadumbrado, sino esa contenida tristeza que ha sabido embellecer la prosa de uno de los más grandes autores de nuestras letras. Y es que, el estilo de Delibes, como buen cervantista, siempre ha estado marcado por la discreción, esa inimitable llaneza de la que nos hablaba y que recomendaba el autor del Quijote y que está presente en otras obras maestras del autor que hoy nos ocupa, como Cinco horas con Mario, Cartas de un sexagenario voluptuoso o la impagable Señora de rojo sobre fondo gris.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

 

Semana 6. El guardián entre el centeno (J. D. Salinger, 1951).


¿Qué puede haber más inquietante que descubrir que algunos de los asesinos más conocidos del siglo XX han sentido especial predilección por esta novelita?

En 1980, a las puertas del edificio Dakota,  Mark David Chapman acabó con la vida de John Lennon de cinco disparos. No huyó: se limitó a sentarse en las escaleras, junto al cadáver del ídolo, y esperó a la policía mientras hojeaba El guardián entre el centeno. En él había escrito “esta es mi declaración”. Al ser interrogado, se sinceró: “Estoy seguro de que la mayor parte de mí es Holden Caulfield, el personaje principal del libro. El resto de mí debe de ser el Diablo”.

Un  año más tarde, John Hinckley Jr. Intentó matar al presidente Reagan. Su bala quedó a pocos centímetros del corazón. Declaró que “estaba obsesionado con el libro”. Aunque, también había visto quince veces seguidas Taxi driver… Vaya usted a saber.

En 1989, Robert John Bardó asesinó a la actriz Rebecca Lucile Schaeffer en la puerta de su apartamento. La había estado acosando durante tres días. Mientras huía de la policía, tuvo tiempo de sacar un ejemplar de El guardián entre el centeno de su bolsillo y arrojarlo a un tejado.

No fueron los únicos a quienes se intentó relacionar con esta novela: Charles Manson;  Lee Harvey Oswald, presunto asesino de John F. Kennedy y Sirhan B. Sirhan, que fue arrestado por el asesinato de Robert F. Kennedy, confesaron haber sido influenciados fuertemente por El guardián entre el centeno. Al menos, eso dice la leyenda.

Con estos precedentes, quizá alguien se sienta tentado a pensar que esta breve ficción tiene una influencia directa en alguno de estos crímenes, que su lectura es peligrosa, o que incita a la violencia, pero nada de ello es cierto. Todo es pura coincidencia, en una obra que cosechó de inmediato un éxito sin precedentes. J. D. Salinger ya la había publicado como serie entre los años 1945 y 1946, pero su triunfal despegue editorial parte de la edición en 1951.

Esta breve novela narra en primera persona las aventuras del adolescente Holden Caulfield en la Nueva York conservadora de los años 50, que todavía se recupera de la guerra.

El joven Holden, de diecisiete años, acaba de ser expulsado de la escuela, y no es la primera vez. Ante la amenaza de ser enviado a una escuela militar, decide escaparse. Viaja a Nueva York  para no enfrentarse a la violencia familiar, pero también para ver a su hermana Phoebe, de 10 años (también la voz de la conciencia) y tratar de descubrir un camino propio. Mediante algún que otro flashback, asistimos a la relación tensa que mantiene con su familia, y conoceremos a sus otros hermanos.

Es un relato sobre el fracaso escolar, la rebelión ante las rígidas normas familiares y el descubrimiento de la sexualidad en sus más torpes inicios. En la ciudad, se enfrenta a una sociedad hipócrita y falsa. Para este joven rebelde, Nueva York es un escaparate sugerente donde la prostitución, el tabaco y el alcohol están al alcance de la mano.

Escrito con un lenguaje sencillo, a veces repetitivo y barriobajero, muestra la personalidad de un adolescente inadaptado. Un  chico incomprendido, y que, en ocasiones, cuando se enfrenta a la realidad más sórdida, se obstina en no comprender. Un libro que engancha fácilmente al lector al hilo de las reflexiones más agudas o más absurdas y que plantea más preguntas que respuestas.

¿Será Holden capaz de proteger a su hermana Phoebe y a los demás, sobre todo a los niños, para que  la sociedad no los devore?

(…) me imagino a muchos niños pequeños jugando en un gran campo de centeno y todo. Miles de niños y nadie allí para cuidarlos, nadie grande, eso es, excepto yo. Y yo estoy al borde de un profundo precipicio. Mi misión es agarrar a todo niño que vaya a caer en el precipicio. Quiero decir, si algún niño echa a correr y no mira por dónde va, tengo que hacerme presente y agarrarlo. Eso es lo que haría todo el día. Sería el encargado de agarrar a los niños en el centeno. Sé que es una locura; pero es lo único que verdaderamente me gustaría ser. Reconozco que es una locura”.

Selección y reseña: Miguel Ángel Aragüés (Departamento de Lengua Española y Literatura)

 

Semana 5. El rey recibe (Eduardo Mendoza, 2018)

El libro relata una parte de la biografía del autor; en realidad es una autobiografía desde sus comienzos como periodista desde finales de los sesenta hasta finales de los setenta.

Su autor, Eduardo Mendoza (Barcelona 1943) ha escrito tanto obras consideradas “serias” como: La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios, El año del diluvio, etc…como las de entretenimiento como: El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas o Sin noticias de Gurb .

Tiene varios premios entre los que se encuentran el premio Planeta y el Cervantes

El protagonista de esta obra, Rufo Batalla, es el alter ego del autor, que representa al antihéroe de características barojianas, muchas de las cuales se repiten en varios libros de Mendoza.

Se cuentan en primera persona las andanzas como periodista del joven Rufo Batalla, empezando por un reportaje de crónica rosa sobre un matrimonio de alta alcurnia que se celebra en Mallorca. A partir de esta circunstancia se establece una relación continua entre el protagonista y el príncipe Tukuulo, heredero del trono inexistente de Livonia y cuya existencia se empeña en recuperar.

Tras un tiempo, recibe una oferta de trabajo que le lleva a instalarse en Nueva York, lugar en el que le suceden muchas cosas, pero ninguna trascendente: conoce gente muy diversa, realiza viajes, tiene relaciones que no llegan a cuajar de forma satisfactoria… Finalmente su trayectoria acaba cuando ocupa una plaza provisional en la delegación de la Cámara de Comercio española en Nueva York.

La obra está pensada para ser la primera de una trilogía que se titulará “Las tres leyes del movimiento”.

A lo largo del libro están diseminadas citas ajenas en las que no se señalan los nombres de los autores y asimismo hay también varios episodios en los que se deja constancia de la relación cordial que se prolonga en el tiempo entre el protagonista y el príncipe Tukuulo, que aparece ya al principio de la novela y con el cual colabora fielmente Rufo Batalla, hasta el punto de llevar a cabo empresas realmente peculiares, salpicadas a veces de anécdotas incluso estrambóticas que nos recuerdan a personajes de otras obras de Mendoza, donde desgrana su sentido del humor característico con tintes irónicos e incluso caricaturescos.

Eduardo Mendoza es uno de mis autores favoritos, y en este caso tampoco me ha decepcionado, porque no sólo ofrece una lectura agradable y fluida, sino que a medida que conocemos la vida del protagonista, reconocemos y recordamos la España de los sesenta y setenta, aprendiendo no sólo estructuras de la macro-historia, sino la enseñanza de forma sutil pero evidente de facetas de la intrahistoria: el movimiento gay, la cultura hippy, los cambios en las relaciones entre sexos etc… Y mezclado con todo ello, la convivencia de distintas clases sociales, modos de vida y pensamiento.

Es en definitiva un libro que nos hace retroceder a los últimos años de la dictadura franquista y a los primeros de la democracia española que se asoman tímidamente y en los que vemos a través de los ojos de su autor que no es oro todo lo que reluce y que algunos de los personajes que conocimos en la España demócrata tienen en muchas ocasiones un pasado –como mínimo- poco claro. Y descubrimos de nuevo la mezcla de historia e intrahistoria, de la misma manera que se superponen los personajes reales con los ficticios o que la mirada de una España anticuada se mezcla también con la visión que el autor tiene de una ciudad tan cosmopolita y moderna como Nueva York, para descubrirnos que la realidad no es monocolor, sino que tiene muchos ángulos, muchos colores para mirarla de muy diversas maneras.

Es éste el libro que podemos leer con deleite en estas jornadas otoñales, al caer la tarde, y con el cual no nos vamos a sentir ni aburridos ni defraudados, porque está narrado de forma clara, elegante y ágil, haciendo una mezcla perfecta entre la seriedad y el humor, señas inequívocas de un autor inconfundible.

Selección y reseña: Avelina Pablo (Departamento de Lengua Castellana y Literatura).

Semana 4. Inés y la alegría (Almudena Grandes, 2010)

 

Almudena Grandes es la autora del libro titulado Inés y la alegría, primer tomo de una serie que lleva por nombre “Episodios de una Guerra Interminable” mediante la cual narra la Guerra Civil española y la posguerra realizando un guiño a los “Episodios Nacionales” de Benito Pérez Galdós.

El libro llegó a mis manos hace poco más de dos años, así, por casualidad. Nunca había leído nada de Almudena Grandes y tampoco sabía muy bien de qué trataba el libro, por aquel entonces ni siquiera sabía que formaba parte de algo mucho más grande. Me puse a leerlo y a los cinco minutos ya era plenamente consciente de que no podría parar hasta que lo acabara. Es un libro que engancha no sólo por la manera de escribir de su autora, que cautiva, sino también porque cuenta un acontecimiento poco conocido de la Guerra Civil Española, la invasión del valle de Arán (1944) por las fuerzas republicanas en un último intento de expulsar a Franco del poder.

La historia gira en torno a una mujer, Inés, personaje ficticio que, poco a poco acaba convirtiéndose en una de las figuras claves de la denominada “Reconquista de España”, término con el que se hacía referencia a la invasión. No proporciona una visión general sino particular, la visión antifranquista. Inés es una mujer de clase acomodada que, seducida por el socialismo representado en Galán (que ha luchado en la Agrupación de Guerrilleros Españoles) va introduciéndose poco a poco en ese mundo. En torno a ella, Almudena Grandes va describiendo a los personajes más importantes que colaboraron en la invasión, habla de Jesús Monzón, cabeza del Partido Comunista Español en Francia y encargado de dirigir la resistencia española en Francia y describe las luces y  las sombras de la Pasionaria, entre otros. Al mismo tiempo, describe con claridad los principales problemas con los que se encontró el Comunismo en concreto, aunque podría extrapolarse a las diferencias y dificultades que los partidos de izquierdas encontraron para lograr la unidad con la que hubieran podido ganar la guerra. La autora consigue tratar el tema con gran imparcialidad gracias a los previos estudios y análisis de documentos con los que plantea tanto los intereses personales como los falseamientos ideológicos que perjudicaron al intento de invasión.

Leyendo lo anterior puede parecer que el libro es un manual de historia, pero no es así. Si bien es cierto que hay pasajes en los que la narración histórica es larga y a veces un poco enrevesada u otros en los que los saltos en el tiempo complican la lectura, también lo es que la parte más vinculada con la novela, en la que se desarrolla la acción, lo compensa con creces. No consiste sólo en conocer un hecho tan importante en la historia de nuestro país sino también en sumergirse en la forma de vida y las diferencias ideológicas de la época, aún presentes en la actualidad. En él podemos reconocer la vida de nuestros abuelos, tanto de un bando como de otro, las ideologías de ambos, aunque centrada en la comunista, y la forma de vida de gente anónima que sin ser adepta a ninguno de los dos bandos, se vio obligada a inclinarse por aquellos que conquistaron más rápidamente las localidades en las que vivían.

La novela es larga, no voy a engañar a nadie, pero sólo se necesita concentración, tranquilidad, un buen sofá y muchas ganas de dejarse seducir por una historia que, estoy segura, no va a defraudar a nadie.

Selección y reseña: Paula Sebastián

Semana 3. No digas que fue un sueño (Terenci Moix, 1986).

Si eres un apasionado de la novela histórica y del Antiguo Egipto no te puedes perder esta novela ganadora del Premio Planeta en 1986 que convirtió a su autor en uno de los más leídos de la literatura española contemporánea. Una barca remonta el Nilo. En ella, la reina Cleopatra muestra al mundo su dolor tras ser abandonada por su amante Marco Antonio, que ha acudido a Roma a contraer matrimonio con Octavia, hermana de su colega y amigo Octavio, que en el futuro se convertirá en su principal rival político.

“Y dijo la mujer: Maldito sea Amor, que me asesina. Teñid de muerte el Nilo. Poned luto a las nubes. Convertid Egipto en un sepulcro”.

Terenci Moix, escritor nacido en Barcelona en 1942 (aunque a él le gustaba decir que en Alejandría) y fallecido en 2003 (¡maldito tabaco!), enamorado del cine y del Antiguo Egipto, nos dejó en esta obra un ejemplo de sus grandes pasiones. Los personajes históricos (Cleopatra, Marco Antonio, Julio César, Octavio…) desfilan ante el lector a lo largo de sus páginas y cobran vida de una manera excepcional con el telón de fondo de una época histórica apasionante que marca la decadencia final del Antiguo Egipto con el nacimiento de la Roma Imperial como dominadora del mundo.

¿Por qué lo he elegido?

Este libro cayó en mis manos hace mucho tiempo, en una época en la que las cajas de ahorros, para conmemorar el día del libro, regalaban ejemplares a cambio de un ingreso en la cuenta. Un familiar me lo regaló y lo que me atrajo inmediatamente fue el tema. Todo lo relacionado con Egipto me llamaba ya poderosamente la atención y Cleopatra era uno de esos personajes que me parecía fascinante. Lo que yo por aquel entonces conocía de ella era lo que circulaba en el imaginario popular (es curioso cómo a día de hoy siguen los mismos tópicos) y la imagen proyectada por el cine encarnada en Liz Taylor, dorada y majestuosa, en su entrada a Roma.

Sin embargo no os voy a engañar. No fue fácil. Yo era muy joven y no estaba preparada para lo que me iba a encontrar. La prosa de Moix, con ese ritmo poético, calificada de sutil y casi lírica, supuso para mí un hándicap importante. El ritmo lento con el que empieza la novela, las minuciosas descripciones… hacían que la lectura se me hiciera larga y tediosa, hasta un punto que hice algo que hasta entonces era impensable para mí: abandoné su lectura.

Llegados a este punto, tengo que agradecer a mi cabezonería y a mi amor por la Historia el que finalmente lo retomara, y no solo eso: se convirtió en uno de mis libros favoritos. Finalmente quedé atrapada en esta novela cuyo tema principal es el amor en todas sus fases y manifestaciones y donde se alza, reivindicada por el autor, la figura de Cleopatra VII. Junto con Totmés, joven sacerdote de Isis que instruye y acompaña al príncipe Cesarión, fui recorriendo sus páginas. Además, me abrió la puerta a otras obras de Moix, como son “El sueño de Alejandría”, que puede considerarse su continuación al retomar la acción y los personajes de esta novela, o “Mundo macho” y deja pendiente la lectura de muchas otras obras de este reconocido y galardonado autor.

Selección y reseña: Ana Belén Arnauda Acero (Departamento de Geografía e Historia)

Semana 2. Sicario (Alberto Vázquez-Figueroa, 1991).

Alberto Vázquez Figueroa es uno de los autores más leídos de nuestra bonita lengua. Sus novelas suelen colocarse en los primeros puestos de las listas de ventas, habiendo llegado a ser incluso algunas de ellas adaptadas al cine. Si es reseñable su tremenda popularidad también lo es su disidencia de las filas de los cenáculos literarios y culturales habituales, obviando con cierto humor socarrón las quimeras relacionadas con la pragmática literaria. A él se debe la mordaz observación de que la literatura consiste en escribir una palabra tras otra colocando el punto o la coma donde sea menester.

Afincado en su querido archipiélago canario, su periplo vital no sólo se liga al quehacer novelesco sino también a la aventura, siendo uno de esos reporteros intrépidos (tal que Pérez-Reverte o De la Cuadra Salcedo) que, tras patearse medio mundo, tiene a bien transformar su experiencia en vibrantes líneas, confluyendo lo autobiográfico y lo fantasioso.

Tuve la suerte de conocer su labor gracias a uno de esos regalos que llegan como quien no quiere la cosa pero que acaban marcando: Tuareg, quizás su más conocida novela. Su lectura me subyugó inmediatamente, leyendo el texto, prácticamente, de tirón. Las descripciones de las costumbres de la tribu que da título a la novela, perfectamente integradas en una trama que dosificaba suspense y acción de manera magistral, dotaban de trascendencia a las inolvidables aventuras del personaje protagonista. Diversión y antropología perfectamente mezcladas, combinación constante en la novelística de su autor.

No tardé en adquirir otra novela de Vázquez – Figueroa: Sicario, de la que, entre otras, hablaré hoy aquí. Si la lectura de Tuareg me resultó entusiasmante, todavía lo fue más la de ésta que, para mí, es uno de los más logrados títulos del escritor. Al igual que me ocurriera con Tuareg, no pude dejar la lectura de Sicario. En esta ocasión, el autor cambiaba la difícil vida en el desierto por la no menos peligrosa supervivencia en las calles de Bogotá. Tras Tuareg, Sicario comenzaba a configurar en mi experiencia lectora una de las constantes de la literatura de Vázquez-Figueroa: la adaptación del ser humano al entorno que le ha tocado vivir. En este caso, la novela se antoja justificación de una situación final de existencia despiadada: la de un asesino a sueldo. Así las cosas, el arranque de la novela, uno de los más electrizantes que yo haya disfrutado, expone sin demasiadas reservas la descarnada vida de uno de esos gamines que malvive en una Bogotá deshumanizada, absoluta pesadilla urbana en la que los temibles Ángeles de la Muerte segan vidas inocentes. En este sentido, podríamos decir que Sicario pertenece a esa literatura dura y directa donde se inscribirían títulos como La Virgen de los sicarios o El desbarrancadero (ambos del colombiano Fernando Vallejo); pero la habilidad y el olfato comercial (que lo tiene, y mucho) de Vázquez-Figueroa hacen que Sicario, poco a poco, se vaya transformando en un relato policiaco, en una novela negra con unas señas de identidad tremendamente personales, donde, una vez más, el uso del suspense va a vertebrar una tensión siempre creciente.

Tanto por sus implicaciones sociales como por su filiación genérica, Sicario es una de esas novelas a las que todo aficionado debería asomarse, pues es posible que, tras ello, el complacido lector se interese por otros textos del autor no menos significativos. Ébano, La iguana, Marfil, Manaos, Bora Bora… son lecturas inolvidables, de esas de las que uno recuerda, sobre todo, la sensación de disfrute; ese pasar de páginas embebido en una trama que aísla de la noción del paso del tiempo.

Quizás considerado de importancia menor por la crítica literaria especializada, desde estas líneas rompemos una lanza a su favor. Con más de cincuenta novelas publicadas y más de ocho décadas de intensa vida a la espalda, reivindicamos a Vázquez-Figueroa como nuestro Salgari, nuestro Burroughs, nuestro Verne…

Si tenéis curiosidad no ya sólo en su labor como novelista sino en su propia biografía, tremendamente recomendable resulta Anaconda, texto de fuerte contenido autobiográfico que contribuye de decisiva manera a completar la experiencia lectora.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

 

Semana 1. El resplandor (Stephen King, 1977).

Tengo el placer de inaugurar esta sección con un título muy especial, no ya por la calidad de la novela en sí, sino por los muchos recuerdos que la lectura de sus hojas me traen. Toda una experiencia vital que quizás haya contribuido a mi dedicación actual a tratar de enseñar un poco de literatura.
A Stephen King, a quien jamás he conocido en persona (es un tipo que no se presta a viajar demasiado fuera de su Nortamérica natal) lo tengo como a uno de esos buenos amigos que te acompañan a lo largo del camino de la vida. Me interesé por él no gracias a la literatura, sino gracias al cine, puesto que en 1981 Stanley Kubrick rodó una de las más terroríficas películas de aquella época, basada en la novela de la que aquí hoy trataremos.


Pero no adelantemos acontecimientos. Tendría yo unos nueve años cuando una serie de televisión de tan solo tres capítulos nos tuvo aterrorizados a todos los compañeros de clase: “El misterior de Salem’s Lot”, basada en, también, una novela de Stephen King. La espectral imagen del niño flotando en la bruma, ante la ventana de su hermano, rasgando con sus afiladas uñas el cristal de la ventana forma ya parte del imaginario de toda una generación que íbamos entendiendo que King y el terror eran sinónimos.


La curiosidad y el video me hicieron descubrir “Carrie”, “Miedo azul”, “Christine”… pero yo quería conocer más, llegar al fondo del asunto, conocer de primera mano el material original del que nacían aquellas películas tan especiales.

Durante el verano de 1984 (tengo la suerte de cumplir años en julio, por lo que yo estaba de vacaciones escolares) mis padres me preguntaron por el regalo que yo quería.

-“El resplandor”, la novela de Stephen King -respondí yo.

La librería Pérez era un típico lugar de mi ciudad, hoy ya desaparecido, en donde uno podía encontrar libros de ocasión, tebeos baratos y, cómo no, las novelas de Stephen King. Olía a madera y su suelo crujía a cada paso. Mis padres estuvieron la mar de generosos, pues no sólo me regalaron “El resplandor”, sino que añadieron la edición de “Cujo” en Grijalbo, cuya portada es una de mis favoritas.


Aquella noche la recuerdo de manera especial. De los libros que más me gustan tengo presente, más que su contenido, las situaciones que rodearon el acto de lectura. La luz de la lamparilla de noche de la habitación, la ventana abierta hacia una noche de julio no demasiado cálida con una luna brillante en el cielo, las suaves sábanas bajo las que me iba sumergiendo en el Overlook hotel.


“El resplandor” es un cuento de miedo de unas quinientas páginas, y es a la vez la radiografía de uno de los pilares de la sociedad norteamericana: la familia (en proceso de fatídica descomposición). En este sentido, es un King clásico; una puesta al día del relato de miedo tradicional y, a la par, una descripción de una Norteamérica al borde de la esquizofrenia que se antoja espejo del mundo que nos ha tocado vivir. Eso es siempre (o casi siempre) King: literatura de género que va más allá de sus típicos límites.


Stephen King, a diferencia de lo que creen algunos (quizás quienes no lo han leído o lo conocen tan solo de oídas), es uno de los más intensos cronistas de la América actual. Quienes se asomen a su literatura descubrirán que sus novelas no son espectrales relatos al uso, sino verdaderas instantáneas de la inmediata realidad que conoce. “Dolores Claiborne”, “La tienda”, “La milla verde”, “La cúpula” o la magistral “22/11/63” parecen continuar la labor emprendida por los grandes maestros del realismo “made in USA”. Los elementos fantásticos que acreditan el sello identitario de King, prescindibles en algunas de sus narraciones más radicales (así en “Rabia” o en “Carretera maldita”), pueden interpretarse como elementos naturales dentro del proceso de esperpentización con el que King describe la pesadilla americana (en efecto, nos encontramos ante el reverso tenebroso del mito del sueño americano). Novelas desesperanzadas como “Apocaplypsis”, por las que vagabundean personajes perdidos (el mismo Jack Torrance de “El resplandor”), subrayadas por esa melancólica belleza de la que “It” (uno de sus mejores textos) hace gala.

En “Mientras escribo”, Stephen King nos confesó su hoy por hoy superada adicción al alcohol (uno de los temas recurrentes de su literatura), explicando como “Carrie”, su primera novela, fue milagrosamente rescatada de la papelera por su esposa, Tabita King, quien la envió a una editorial que tuvo a bien publicarla pasando a ser un fenómeno de ventas que dio al escritor ánimos para superar su grave problema. Tras “El misterio de Salem’s Lot” (una de las mejores novelas de vampiros jamás escritas), llegó “El resplandor” (quizás su novela más célebre), posiblemente uno de los tres textos más personales de King (junto con “Misery” y “La mitad oscura”). “El resplandor” parece un ajuste de cuentas de King consigo mismo. El carismático protagonista, Jack Torrance (uno de los personajes más intensos y logrados de la literatura en lengua inglesa de las últimas décadas), en constante proceso de desquiciamiento, se antoja por momentos alter ego del amigo Stephen.


La acción de la novela se ubica en un vetusto aunque elegante y enorme hotel, el Overlook, sito en una zona montañosa que queda completamente aislada, a causa de la nieve, durante el crudo invierno. Allí acudirá Jack Torrance, quien ha conseguido trabajo de guarda para los fríos meses que se avecinan, junto a su esposa Wendy y el hijo de ambos, el pequeño Danny. Iremos descubriendo que Torrance, al igual que King, trabajó de profesor de literatura; iremos descubriendo que Torrance, al igual que King, está intentando abrirse camino en el complicado mundo de la literatura (otro de los temas característicos de la obra del autor); e iremos descubriendo que Torrance, al igual que King, tuvo graves problemas con el alcohol.


El hotel Overlook es un personaje más de la novela; quizás el verdadero protagonista. Sus largos pasillos y sus sombríos misterios van conformando, desde el primer capítulo, una de esas irrepetibles atmósferas que de vez en cuando nos regala la literatura de género. “El resplandor” es una actualización del tema de la casa maldita, uno de los elementos más recurrentes de la novela de terror, presente en las narraciones de los grandes autores clásicos: Poe, Conan Doyle, Lovecraft o, más recientemente, Richard Matheson. Pero las ambiciones de la novela superan la previsible simplicidad, convirtiéndose sus páginas en un fascinante estudio de la paulatina disolución del núcleo familiar, de como la insatisfacción humana conduce a, parfraseando a Oscar Wilde “destruir lo que más amamos”.

Jack Torrance, una de las grandes creaciones kingianas, se antoja persona en inexorable y paulatino proceso de descomposición, sirviendo para introducir la ambigüedad en un relato que juega con mesura con los mecanismos de lo abiertamente fantástico. ¿Está el Overlook realmente maldito? ¿No será todo una alucinación producto de la febril imaginación de Torrance, alentada por su recaída en el alcoholismo? Frente a Jack, la débil figura del niño, Danny, y su madre, Wendy, otros dos personajes creados por la fantasía del amigo Stephen que dejarán imborrable huella en el lector.


Danny, el niño, también funciona como tópico actualizado, introduciendo la vinculación con el mundo fantasmal, gracias al don, el resplandor, que da título a la novela. Inolvidable la primera conversación del pequeño Danny con Dick Halloran (de nuevo, otro de los grandes personajes de la literatura de King), explicándole en que consiste el poder en cuestión y advirtiéndole que, ante todo, no entre, jamás, en la habitación 237, elemento que constituirá uno de los clímax más impactantes de este texto inolvidable.


Si habéis oído hablar de Stephen King (¿quién no?) y tenéis curiosidad por adentraros en su irrepetible universo literario, creedme; al igual que yo hice, El resplandor es una de las mejores maneras de comenzar. Uno de esos textos que, mágicamente te enreda, te atrapa y no te suelta hasta el final. Recuerdo haber leído, en la noche antes descrita, sus primeras 150 páginas de un plumazo, como ese enorme vaso de agua que se bebe de golpe para saciar la sed.

Como ya os he indicado al comienzo de esta reseña, Kubrick adaptó la novela, si bien posteriormente Mick Garris, amigo personal de King, se encargó de adaptarla de nuevo para la pequeña pantalla.

La fama y el éxito de este clásico de la literatura actual llevó al propio King a volver sobre el personaje de Dany, ya adulto, en “Doctor sueño, pero esa es ya otra historia”.

Selección y reseña: Alberto Jiménez (Departamento de Lengua Española y Literatura)

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